Irán quiere volver a negociar con Estados Unidos. Al mismo tiempo, intenta preservar bajo tierra una parte esencial del programa nuclear que esas conversaciones deberían limitar.
La inteligencia israelí detectó que el régimen trasladó miles de centrifugadoras para enriquecer uranio a túneles construidos en Pickaxe Mountain, una montaña situada junto al complejo nuclear de Natanz. El movimiento se produjo después de la guerra de doce días de junio de 2025, cuando ataques israelíes y estadounidenses golpearon las tres principales instalaciones nucleares iraníes.
Israel compartió esa evaluación con Washington. Según la información disponible, las centrifugadoras fueron introducidas en galerías construidas a una profundidad que dificulta su vigilancia y reduce la eficacia de un eventual ataque aéreo.
No se trata de equipos accesorios. Las centrifugadoras son las máquinas necesarias para enriquecer uranio. Sin ellas, Irán no puede reconstruir a gran escala la capacidad dañada durante los bombardeos. Llevarlas a una instalación subterránea equivale a proteger uno de los elementos centrales del programa.
La inteligencia no afirma que esas máquinas ya estén operativas ni que Irán haya comenzado a enriquecer uranio dentro de la montaña. Sí indica que Teherán tomó medidas para conservarlas y colocarlas fuera del alcance inmediato de una nueva operación militar.
La diferencia es importante, pero no cambia el sentido del movimiento.
Irán no desmontó las centrifugadoras, no las entregó a inspectores internacionales ni las trasladó a una instalación sometida a supervisión. Las ocultó en túneles profundos después de que sus principales centros nucleares fueran atacados.

Pickaxe Mountain se encuentra al sur de Natanz y forma parte de un complejo subterráneo cuya construcción comenzó años antes de la última guerra. La instalación fue excavada bajo cientos de metros de roca y ofrece una protección mayor que la de otros sitios nucleares iraníes conocidos.
El complejo no fue destruido durante los ataques de junio de 2025. Mientras Natanz, Fordow e Isfahán sufrían daños severos, la montaña permaneció como uno de los pocos lugares donde Irán podía preservar equipos, materiales y conocimientos necesarios para reactivar el programa.
Imágenes satelitales tomadas después de los bombardeos mostraron actividad en los accesos, circulación de vehículos y trabajos alrededor de los túneles. La información israelí ofrece una explicación para esos movimientos: el régimen trasladaba centrifugadoras y acondicionaba el complejo para protegerlas.
La revelación coincide con nuevas señales de que Irán está dispuesto a retomar las conversaciones.
Mediadores paquistaníes intentan recuperar el acuerdo provisional alcanzado con Estados Unidos y proponen una tregua de diez días para reabrir el canal diplomático. Un alto funcionario iraní viajó a Islamabad para reunirse con representantes de Pakistán mientras continuaban los ataques entre Washington y Teherán.
El gobierno estadounidense sostiene que busca un acuerdo efectivo y no una pausa que permita a Irán recuperarse. Teherán afirma estar dispuesto a dialogar, pero sigue rechazando una renuncia definitiva al enriquecimiento de uranio.
Las negociaciones no parten de cero. Estados Unidos e Irán ya alcanzaron acuerdos provisionales, intercambiaron propuestas y discutieron el regreso de inspectores internacionales. También establecieron treguas que terminaron por derrumbarse mientras ambas partes se acusaban de incumplimiento.
El problema no ha sido la falta de conversaciones. Ha sido lo que Irán hizo mientras negociaba.
Durante años, el régimen combinó compromisos parciales y promesas de cooperación con avances técnicos realizados fuera de la vista de los inspectores. Las demoras le permitieron acumular conocimientos, fabricar centrifugadoras más avanzadas y enriquecer uranio a niveles cada vez más altos.
El resultado fue un programa capaz de producir uranio enriquecido al 60 por ciento, muy por encima de lo necesario para usos civiles ordinarios y técnicamente cercano al nivel requerido para fabricar un arma nuclear.
Irán insiste en que su programa tiene fines pacíficos. Pero un programa estrictamente civil no necesita ocultar miles de centrifugadoras bajo una montaña ni restringir el acceso de quienes deberían verificarlo.

El traslado a Pickaxe Mountain no demuestra por sí solo que Irán haya decidido fabricar una bomba. Sí demuestra que quiere conservar la posibilidad de reconstruir con rapidez su capacidad de enriquecimiento.
Ese será uno de los puntos centrales de cualquier nueva negociación.
Washington puede conseguir una tregua, una reducción temporal de los ataques o incluso el regreso parcial de los inspectores. Ninguno de esos resultados resolverá el problema si las centrifugadoras siguen ocultas, si el uranio enriquecido no puede ser contabilizado y si el régimen conserva instalaciones fuera del alcance de una inspección completa.
Cualquier acuerdo deberá juzgarse no por lo que Irán prometa, sino por lo que acepte entregar, destruir y someter a control.
Un acuerdo verificable tendría que incluir acceso irrestricto a Pickaxe Mountain, un inventario completo de las centrifugadoras trasladadas, control sobre el uranio enriquecido y mecanismos capaces de detectar cualquier intento de reconstrucción clandestina.
Sin esas condiciones, una tregua sería apenas una pausa presentada como solución.
Irán necesita negociar porque su infraestructura militar fue golpeada, su economía está bajo presión y Estados Unidos conserva la capacidad de continuar los ataques. Pero también necesita preservar lo que considera una garantía de supervivencia estratégica: la posibilidad de volver a acercarse a un arma nuclear cuando las condiciones le resulten favorables.
Por eso vuelve a la mesa mientras protege sus máquinas bajo tierra.
La diplomacia puede evitar otra guerra. También puede aplazarla mientras una de las partes reconstruye aquello que asegura estar dispuesta a limitar.
Irán ya decidió dónde guardar sus centrifugadoras. La pregunta ahora es si Estados Unidos aceptará negociar sin exigir que la montaña también quede abierta.

