El 27 de octubre Israel volverá a las urnas. Salvo un terremoto político de último momento, los israelíes elegirán un nuevo Parlamento y, con él, al próximo gobierno. Las encuestas cambian cada semana, los candidatos se reposicionan y las promesas vuelven a multiplicarse. Pero antes de escuchar lo que dicen hoy, conviene recordar lo que algunos dijeron ayer. Porque en la política israelí la memoria suele durar menos que una campaña electoral.
Marzo de 2021. En los estudios del Canal 20 flota ese aire tan conocido de las campañas electorales. Todos prometen. Todos juran. Todos parecen convencidos de que esta vez hablan en serio. Naftali Bennett pide un papel y una lapicera en plena entrevista. Frente al periodista Boaz Golan firma un compromiso por escrito: no hará Primer Ministro a Yair Lapid y jamás integrará un gobierno sostenido por los votos del partido árabe Ra’am, de Mansour Abbas.
Las promesas siempre lucen mejor cuando se firman frente a una cámara.
Noventa días después, Bennett sube al estrado de la Knéset para jurar como Primer Ministro. ¿La aritmética que hizo posible el milagro? Exactamente la que había prometido evitar: una coalición con Lapid, sostenida por los escaños de Mansour Abbas.
No reinterpretó su palabra. No la matizó. Hizo, punto por punto, aquello que había firmado que nunca haría. La tinta del honor tiene la curiosa costumbre de secarse mucho más rápido cuando llega el momento de repartir ministerios.

La oposición de derecha habló de traición. Argumentó que alcanzar el poder mediante un acuerdo con un partido árabe que no comparte la identidad sionista del Estado equivalía a hipotecar el proyecto nacional. Era una crítica legítima.
Pero basta cruzar el pasillo para descubrir que la coherencia suele durar exactamente lo que dura la oposición.
Benjamin Netanyahu gobierna apoyado en la extrema derecha y en los partidos ultraortodoxos, entre ellos Judaísmo Unido de la Torá. La comparación no es idéntica, pero el mecanismo político sí merece atención. Buena parte del liderazgo haredí mantiene una concepción teológica no sionista: considera que la soberanía judía plena sólo debería restablecerse con la llegada del Mesías. Mientras tanto, participa activamente de las instituciones del Estado, exige recursos públicos para sus comunidades y, en amplios sectores, procura mantener amplias exenciones al servicio militar.
Nadie diría que Ra’am y los partidos haredim son lo mismo. No lo son. Sin embargo, para quienes sostienen que el objetivo central es preservar el carácter sionista y laico del Estado, ambas alianzas terminan exigiendo renuncias profundas. Cambian los socios. Cambia la justificación. La renuncia política conserva un inquietante aire de familia.

Y ahí la política israelí deja de parecer una tragedia para convertirse en una comedia.
Durante años, la oposición de centro construyó buena parte de su identidad alrededor de los procesos judiciales contra Netanyahu. El Caso 4000 era la pieza central del relato. Soborno. Esa era la palabra capaz de resumir todo un proyecto político. Miles de personas salieron a manifestarse en defensa de la independencia judicial frente a las reformas impulsadas por el gobierno. Los tribunales eran presentados como el último dique de contención de la democracia israelí.
Hasta que los jueces hicieron algo que casi nadie esperaba.
El mismo Tribunal de Distrito de Jerusalén convocó a los fiscales a una reunión a puertas cerradas y les transmitió una conclusión difícil de ignorar: el cargo de soborno parecía carecer del sustento probatorio necesario y sería prudente reconsiderarlo. El caso no terminó. No hubo absolución ni sobreseimiento. Pero el tribunal puso en duda precisamente el cargo que durante años había funcionado como la piedra angular del relato político contra Netanyahu.
Nadie habría escrito un guion mejor.
El Estado laico israelí parece avanzar hacia una encrucijada cada vez más estrecha. Si la religión continúa expandiendo su influencia sobre las decisiones fundamentales del Estado, la única democracia de Medio Oriente corre el riesgo de deslizarse, lentamente y sin estridencias, hacia una versión judía del gobierno confesional.
No será una copia de Irán. Ninguna sociedad democrática se transforma de un día para otro en una teocracia. Pero cuando la autoridad religiosa empieza a condicionar cada vez más las decisiones del Estado, las diferencias comienzan a reducirse más rápido de lo que muchos imaginan.

Netanyahu lleva tantos regresos que ya no parecen ciencia política sino biología. Probablemente vuelva a ser el dirigente más votado.
Del otro lado permanecen Lapid, Gantz y el propio Bennett, todos prisioneros de una promesa repetida hasta el cansancio: “Nunca con Bibi”.
Pero la política tiene un sentido del humor particularmente cruel.
Si mantienen intacta esa pureza moral, probablemente terminen empujando a Netanyahu, una vez más, hacia una coalición dependiente de Smotrich, Ben Gvir y los sectores mesiánicos cuya influencia crece elección tras elección mientras otros combaten en el frente.
Si de verdad creen que el mayor peligro para Israel es la creciente influencia del mesianismo religioso sobre el Estado, la salida puede resultar tan simple como incómoda: deberán hacer exactamente aquello por lo que condenaron a Bennett en 2021.
Romper una promesa.
Aceptar una coalición encabezada por Netanyahu para impedir que gobierne dependiendo de quienes consideran más peligrosos que él.
Los números tienen un defecto: no respetan los principios.
Entre un gobierno de coalición laica integrado por Netanyahu, Gantz, Lapid y Bennett, y otro sostenido por la dependencia permanente de los sectores más radicales del nacionalismo religioso y del ultraortodoxismo, la elección debería ser evidente para cualquiera que crea que el Estado de Israel merece seguir siendo, antes que nada, una democracia liberal.
A veces la política exige ensuciarse las manos.
La verdadera pregunta no es quién romperá primero una promesa.
La verdadera pregunta es quién estará dispuesto a hacerlo antes de que las promesas incumplidas terminen convirtiendo al Estado de Israel en algo que sus fundadores jamás imaginaron.

