Medio Oriente

Jerusalén: la línea que separa la fe del miedo

Escrito por Gustavo

La religión no es un detalle decorativo en la historia del pueblo judío. Es, en buena medida, la razón por la que ese pueblo sigue existiendo. Sin el peso que tuvo la fe, sin lo que la Torá y sus preceptos significaron para generaciones enteras dispersas por el mundo durante dos mil años sin territorio propio, hoy probablemente no habría judaísmo reconocible como tal. Ahí está la prueba: los judíos volvieron del exilio después de dos milenios, y no importó si volvían de América, de Europa, de África o de Asia — volvieron con las mismas costumbres, los mismos ritos, la misma identidad, con variantes menores que se explican por dos mil años de historias distintas. Comparen eso con cualquier otro pueblo que haya migrado hace apenas dos siglos: sus descendientes de hoy no tienen casi nada en común con lo que fueron sus bisabuelos. La religión es lo que hizo esa diferencia. Eso hay que decirlo primero, y en serio, porque es lo que vuelve tan grave lo que pasó el sábado en Jerusalén.

Un café llamado Basimta, que abrió hace apenas un mes en un callejón cerca de la calle Agripas, en el centro de la ciudad, decidió atender también los sábados. No tiene parlantes en la calle. No pone música. Está metido en un pasaje, lejos de cualquier sinagoga, en una zona de mayoría laica donde ya hay otros comercios abiertos ese día. Su dueño, Yoel Ben David, lo resumió en una frase que debería haber sido suficiente para cerrar cualquier discusión: “No molestamos a nadie”.

No lo fue. A lo largo del sábado llegaron cuatro oleadas sucesivas de manifestantes hasta la puerta del local. Golpearon las vitrinas. Gritaron. Alguien volcó una mesa. Tiraron piedras. Y en algún momento, según contó el propio Ben David, empezaron a empujar hacia adelante a chicos de trece años para que fueran ellos los que golpearan los vidrios y voltearan el mobiliario. “Fue perturbador y bastante triste ver a niños pequeños que mandan a golpear ventanas y a volcar mesas”, dijo.

Ahí hay una pregunta que no tiene vuelta. ¿Qué hacían esos chicos tirando piedras un sábado, en lugar de estar respetando el shabat en sus casas? Porque tirar piedras está mal un sábado, un martes, un jueves o un domingo — no hay día de la semana que lo vuelva aceptable. Lo que agrava esto es que quienes lo hicieron decían estar defendiendo el shabat, y en ese mismo acto lo profanaron con sus propias manos. El shabat, si de verdad hace falta defenderlo, se defiende rezando. Se defiende con estudio, con carteles, con una oración colectiva frente a la puerta de un local. Nada de eso ocurrió en Basimta. Lo que ocurrió fue lo opuesto exacto de lo que el shabat representa, ejecutado en su nombre.

La respuesta llegó rápido. Apenas circularon los primeros videos, empezaron a acercarse decenas de vecinos desde todos los rincones de Jerusalén. Armaron una cadena humana en la entrada para proteger a los clientes y al personal. Le devolvieron a los manifestantes su propio grito —”Shabbos”— entre la ironía y el desafío. El vicealcalde Adir Schwartz se hizo presente y fue directo: Jerusalén es de todos, dijo, y ningún sector puede imponerle su forma de vida a otro. La violencia no los va a intimidar.

Conviene ser preciso con las palabras, porque acá importan. Esto no es un problema con los religiosos. No es un problema con los rabinos, ni con los estudiantes de yeshivá, ni con los ortodoxos en su conjunto, que ya son una minoría dentro del judaísmo y que en su enorme mayoría no salió a la calle ese sábado y no lo hará nunca. Lo de ayer lo protagonizó una minoría dentro de esa minoría: un sector puntual, extremista, que la propia prensa israelí —Ynet, N12, Walla, Israel Hayom— nombró con una palabra precisa: extremistas. No ortodoxos en general. Extremistas. Es la palabra correcta, y es la que hay que sostener.

Porque lo que se le enseña a un chico de trece años cuando se lo empuja a golpear una vidriera no es judaísmo. Es algo más eficaz y más grave que la obligación: es convencerlo de que lo que está haciendo es lo correcto, para que actúe sin culpa. No hace falta arrastrar a nadie de un brazo cuando el chico cree que tirar esa piedra es cumplir con la voluntad de Dios. Ese es el mecanismo real, y es más peligroso que la violencia misma: un adolescente que actúa convencido de estar haciendo el bien no tiene freno moral que lo detenga, porque no siente que esté haciendo daño.

Y hay que llamar a esa violencia por lo que es: terrorismo. No hace falta una interpretación forzada de la palabra ni el permiso de ningún abogado penalista. La propia Real Academia Española lo define, en su acepción más simple, como “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. Eso es exactamente lo que pasó en Basimta: cuatro oleadas de violencia a lo largo de un mismo día, dirigidas a infundir miedo en la gente que estaba adentro tomando un café. Quien vio piedras volando a centímetros de su cabeza, quien estaba sentado con su hijo y temió por él, sabe lo que sintió, y ese sentimiento tiene nombre. Eso es terror. Y quienes lo provocaron, según la definición de la lengua española, son terroristas.

Y ahí queda una pregunta que ningún medio contestó todavía. Esos chicos de trece años no se organizaron solos ni decidieron por su cuenta salir a tirar piedras un sábado a la mañana. Alguien los formó para creer que eso estaba bien, y ese alguien no tiene trece años. Los responsables de esa enseñanza —maestros, directores, quien haya sido— tienen una responsabilidad directa, y deberían ser investigados por usar a menores para cometer un delito. Y si los padres de esos chicos no sabían lo que estaba pasando, ahora lo saben: les queda sacar a sus hijos de ese lugar, o denunciar a quienes los formaron para hacer lo que hicieron. Silencio, a esta altura, ya no es una opción neutral.

Y hay que decir también por qué eligen a chicos de trece años para esto y no salen ellos mismos a tirar la primera piedra. Porque un menor es inimputable, y un adulto no. Es el mismo cálculo que hace cualquier banda de delincuentes que manda a un pibe de trece años a robar mientras los mayores esperan a la vuelta de la esquina: si lo agarran, no va preso. Cualquiera que haya vivido en América Latina —yo lo he visto en Uruguay— conoce este método de memoria. No hace falta que ningún medio lo confirme con nombre y apellido: es una lógica que se repite todos los días, en todos los continentes, cada vez que un adulto necesita manos que no puedan ser castigadas.

Y dentro de esa minoría extremista hay otro dato que conviene no perder de vista: es, en gran parte, la misma que rechaza el servicio militar, la que ha salido a manifestarse con violencia contra su propio reclutamiento, y la que a la vez busca peso político —presentándose a elecciones, sumando diputados, negociando con el primer ministro— para seguir viviendo de los impuestos que pagan, entre otros, los mismos laicos a los que le tiran piedras un sábado. No defienden a Jerusalén. La ponen en riesgo.

El dueño de Basimta ya dijo que no va a cerrar. Los vecinos que armaron la cadena humana tampoco parecen dispuestos a retroceder. Pero conviene no quedarse solo con esa foto de resistencia, porque hay una pregunta pesando debajo de todo esto. Ya probaron con los gritos. Ya probaron con las piedras. Ya probaron con la mesa volcada. Ninguno de esos pasos consiguió cerrar el café.

¿Cuál es el paso siguiente?

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