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Israel reconoce el genocidio armenio: “Nunca es tarde para hacer lo correcto”

Escrito por Gustavo

El domingo 28 de junio de 2026, el gabinete del gobierno de Benjamin Netanyahu aprobó por unanimidad el reconocimiento oficial del genocidio armenio. La iniciativa fue presentada por el canciller Gideon Sa’ar, quien la definió como “un deber moral e histórico”. “Nunca es tarde para hacer lo correcto”, afirmó. La resolución deberá ser ratificada ahora por la Knéset, el Parlamento israelí, para convertirse en la posición formal del Estado.

El genocidio armenio fue perpetrado por el Imperio Otomano entre 1915 y 1923. Aproximadamente un millón y medio de armenios fueron asesinados en deportaciones masivas, marchas forzadas y persecuciones sistemáticas. Es considerado el primer genocidio de la era moderna y uno de los genocidios más estudiados y documentados de la historia, junto con la Shoá. Uruguay fue el primer país en reconocerlo oficialmente, en 1965. Le siguieron Francia, Alemania, Estados Unidos, Argentina, Chile, Rusia y muchos otros. Con Israel, asciende a 33 el número de Estados que lo han reconocido oficialmente.

Hay un dato que muchos titulares repiten con una insinuación apenas disimulada: Israel “evitó durante décadas” reconocer el genocidio armenio. Es cierto. Pero suelen omitir el otro dato, igual de cierto: Israel nunca sostuvo una política de negación del genocidio armenio. Mucho antes de reconocerlo como posición oficial del Estado, el genocidio armenio ya era estudiado en el sistema educativo israelí como uno de los grandes crímenes del siglo XX. Generaciones de estudiantes israelíes crecieron conociendo lo que el Imperio Otomano hizo al pueblo armenio. La diferencia nunca estuvo en la historia que se enseñaba, sino en la decisión diplomática de reconocerla oficialmente.

En Jerusalén, la comunidad armenia tiene su propio barrio desde hace siglos. Los monjes armenios llegaron a la Ciudad Santa en el siglo IV. Armenia fue la primera nación del mundo en adoptar el cristianismo como religión de Estado, en el año 301. El Barrio Armenio adquirió su configuración actual durante la Edad Media. Desde la creación del Estado de Israel en 1948, esa comunidad ha practicado libremente su fe —la Iglesia Apostólica Armenia, una de las tradiciones cristianas más antiguas del mundo—, ha preservado sus lugares santos y ha mantenido intacta su presencia histórica en Jerusalén. No se trata de un gesto de neutralidad. Es la expresión de una convivencia protegida por el Estado.

Lo que Israel no hacía era reconocer oficialmente el genocidio, porque hacerlo implicaba un costo geopolítico concreto: la relación estratégica con Turquía. Ankara convirtió la negación del genocidio armenio en política de Estado y en un instrumento de presión diplomática. Quien lo reconocía pagaba un precio. Durante décadas, Israel, rodeado de amenazas y necesitado de alianzas regionales, consideró que ese costo era demasiado alto.

Ese cálculo cambió. Tras el 7 de octubre de 2023, Erdoğan pasó a convertirse en uno de los adversarios más agresivos de Israel. Comparó a sus dirigentes con los nazis y acusó al Estado judío de cometer un “genocidio” en Gaza, un término cuya aplicación sigue siendo objeto de una intensa controversia jurídica y política. Netanyahu respondió calificándolo de “dictador antisemita” y recordando la persecución sufrida por el pueblo kurdo bajo el Estado turco. Poco después, Turquía suspendió buena parte del comercio bilateral. La relación que Israel había preservado durante décadas, incluso al precio de no adoptar una posición oficial sobre el genocidio armenio, dejó de existir. Israel no cambió su interpretación de la historia. Cambió la realidad estratégica que había condicionado su política exterior.

La noticia tuvo una repercusión especialmente significativa en Jerusalén. Sa’ar informó al gabinete que recibió una carta de agradecimiento del Patriarcado Armenio y de representantes de la comunidad armenia de la Ciudad Santa. En el Barrio Armenio, la decisión fue recibida con emoción. No deja de ser simbólico que quienes descienden de las víctimas y viven a pocos metros del lugar donde se tomó la decisión hayan querido expresar personalmente su gratitud.

En el plano internacional, el reconocimiento israelí tiene un significado singular. Cuando Alemania reconoció el genocidio armenio, fue un paso importante. También lo fue cuando lo hicieron Francia o Estados Unidos. Pero cuando la decisión proviene del Estado del pueblo que sufrió la Shoá, del país cuya identidad moderna está profundamente vinculada a la memoria del exterminio y al compromiso de que “Nunca Más” sea algo más que una consigna, el peso moral adquiere otra dimensión.

También hubo críticas. Hagop Djernazian, activista de la comunidad armenia de Jerusalén, calificó la decisión de “oportunista” y sostuvo que el mismo Ministerio de Exteriores que durante años bloqueó estas iniciativas ahora recurre a la memoria de las víctimas por conveniencia diplomática.

Es una objeción legítima. Pero deja una pregunta sin responder: ¿cuál habría sido el momento aceptable?

El reconocimiento anunciado por Joe Biden en 2021 también se produjo en medio de un fuerte deterioro de las relaciones entre Washington y Ankara. Francia tomó su decisión en un contexto político propio. Alemania hizo lo mismo condicionada por su historia y por sus responsabilidades internacionales. Ningún Estado actúa al margen de la realidad. Las decisiones diplomáticas siempre responden a circunstancias concretas. Eso no altera la verdad histórica de los hechos que finalmente se reconocen.

De los 193 Estados miembros de la ONU, solo 33 han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Eso significa que 160 gobiernos todavía no lo han hecho.

Cuando cualquiera de esos 160 países decida reconocerlo, probablemente será celebrado. Ocurrió con Uruguay en 1965. Ocurrió con Alemania. Ocurrió con Estados Unidos en 2021.

Cuando lo hace Israel, en cambio, aparecen inmediatamente los “peros”. Se dice que llegó tarde. Se sospecha de sus motivos. Se le exige una pureza de intenciones que rara vez se reclama a otros Estados.

Ahí aparece, una vez más, el doble estándar. No se discute únicamente si Israel hizo lo correcto. Se cuestiona si tenía derecho a hacerlo después de tantos años, o si sus razones eran lo suficientemente nobles. Es una exigencia singular: no basta con adoptar la decisión correcta; además, hay que demostrar que se llegó a ella por motivos considerados moralmente impecables. Ese examen casi nunca se aplica a ningún otro país.

Israel llegó tarde. Es cierto. Pero llegó.

Todavía quedan 160 Estados que no han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Sin embargo, la atención vuelve a concentrarse en Israel. Una vez más, el único Estado al que incluso cuando hace lo correcto se le exige demostrar que también lo hizo por los motivos correctos.

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