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Antisionismo es antisemitismo: un libro que nombra lo que muchos prefieren no ver

Escrito por Gustavo

Hay libros que llegan en el momento exacto. Antisemitismo y antisionismo: dos caras de la misma judeofobia, del uruguayo Alejandro Grobert, es uno de ellos. Setecientas páginas publicadas en medio de una tormenta global donde la palabra “sionismo” se usa como insulto en las universidades, donde las marchas “pro-palestinas” derivan en quema de banderas israelíes y donde el discurso académico y mediático dominante ha logrado instalar la idea de que criticar a Israel no tiene nada que ver con odiar a los judíos. Grobert dedica setecientas páginas a demostrar que esa separación es, en la mayoría de los casos, una mentira conveniente.

La tesis es tan clara como incómoda: el antisionismo contemporáneo no es una posición política legítima sobre el conflicto de Medio Oriente. Es la forma que adoptó la judeofobia en el siglo XXI. Cambiaron los códigos, cambió el lenguaje, pero el objeto del odio es el mismo: el judío. Antes se lo perseguía por su religión o su raza. Hoy se lo persigue por su Estado.

Vale aclarar desde el principio lo que el libro no dice, porque sus detractores van a intentar tergiversarlo: Grobert no sostiene que toda crítica a una política del gobierno israelí sea antisemitismo. Israel es una democracia plena, y sus decisiones de gobierno son tan discutibles como las de cualquier otro. Lo que el libro examina es algo cualitativamente distinto: el cuestionamiento sostenido y obsesivo a la legitimidad misma de la existencia del Estado judío. Esa es la línea que separa la crítica política de la judeofobia.



La trampa del “yo no soy antisemita, soy antisionista”

Grobert identifica con precisión el mecanismo central de este fenómeno. Quien dice “no tengo nada contra los judíos, solo me opongo al sionismo” está, en casi todos los casos, haciendo algo muy específico: cuestionar el derecho del pueblo judío a tener un Estado propio. No una política de ese Estado. No un gobierno. No a Netanyahu. El Estado mismo.

Y aquí aparece uno de los argumentos más filosos del libro: ninguno de esos antisionistas siente la necesidad de definirse como “antifrancés” para criticar a Macron, ni como “antiargentino” para cuestionar a Milei. Solo con Israel ocurre ese salto conceptual, donde la crítica al gobierno se convierte automáticamente en cuestionamiento a la existencia misma del país. Ese salto no es inocente.

El libro también aborda el caso de los judíos antisionistas, que suelen ser citados como prueba de que oponerse al sionismo no tiene nada que ver con el antisemitismo. La respuesta de Grobert es contundente: el hecho de que existan judíos antisionistas no altera la tesis, sino que en cierto modo la refuerza. Porque esos judíos pueden criticar a cualquier gobierno del mundo sin cuestionar el derecho de ese pueblo a existir como nación, excepto cuando se trata de Israel. La obsesión selectiva no es una posición política coherente. Es otra forma del mismo problema. Y la historia tiene una advertencia para quienes la ignoran: quienes persiguieron a los judíos nunca se preocuparon demasiado por distinguir entre los que apoyaban al sionismo y los que no.



El mito de los asentamientos como causa del conflicto

Uno de los capítulos más sólidos del ensayo desmonta el argumento más repetido en los medios occidentales: que los asentamientos israelíes en Cisjordania son el principal obstáculo para la paz. Grobert lo refuta con una pregunta que debería ser obvia pero que el relato dominante ha logrado volver invisible: si los asentamientos son la causa del conflicto, ¿cómo se explican los pogromos de 1920 en Jerusalén y Hebrón, cuando no existía un solo asentamiento, ni el Estado de Israel, ni las FDI? ¿Quién atacó entonces a las comunidades judías ortodoxas desarmadas que llevaban siglos viviendo en esa tierra?

La respuesta histórica es inapelable. Los líderes árabes rechazaron la Comisión Peel en 1937, rechazaron el Plan de Partición de las Naciones Unidas en 1947, y siguieron rechazando cada propuesta de paz que se puso sobre la mesa a lo largo de décadas: las de Rabin, las de Barak, las de Olmert. No se trató de una oportunidad perdida sino de un patrón. Si los árabes palestinos hubieran querido un Estado propio, ese Estado tendría hoy más de setenta años.

El caso de Gaza lo ilustra con una claridad que no admite respuesta. En 2005, Israel se retiró completamente, desmanteló todos los asentamientos y evacuó a su población militar y civil. Gaza quedó sin un solo israelí. El resultado no fue la construcción de un Estado sino la toma del poder por parte de Hamás, una organización cuya carta fundacional llama explícitamente a la destrucción de Israel, y la multiplicación de los ataques contra población civil israelí.



Aquí conviene hacer una pregunta que los defensores del relato anti-Israel nunca responden: Gaza tiene frontera con Egipto, no solo con Israel. El muro que El Cairo construyó en Rafah es tan real como el israelí, y el bloqueo egipcio fue tan efectivo como el israelí durante años. Sin embargo, ninguna marcha universitaria en Londres o Buenos Aires exige que Egipto abra sus fronteras. Ningún militante del BDS convoca boicots contra productos egipcios. El problema, está claro, no es el bloqueo. El problema es Israel. Esa selectividad no es política exterior. Es judeofobia con otra etiqueta.

Y hay otra pregunta que Grobert lanza y que pocos se atreven a responder: la OLP fue fundada en 1964, cuando Cisjordania estaba bajo control jordano y Gaza bajo administración egipcia. ¿Qué se proponía liberar, exactamente, si los territorios que hoy reclama estaban en manos árabes? ¿Por qué no aprovecharon esos diecinueve años para construir el anhelado Estado palestino? ¿Por qué no hubo una intifada contra Jordania o Egipto? Dirán que Oslo cambió el mandato de la OLP. Puede ser. Pero Oslo tampoco derivó en un Estado palestino, porque cada vez que la negociación se acercó a una oferta concreta, el liderazgo palestino la rechazó o la abandonó. La respuesta está en el nombre mismo de la organización tal como fue concebida: el objetivo nunca fue un Estado palestino. Fue la eliminación de Israel.

El BDS y la guerra que no pueden ganar con armas

Grobert dedica una parte importante del libro a analizar el movimiento BDS y la campaña internacional de deslegitimación de Israel. La tesis es que, como no lograron destruir a Israel militarmente, sus enemigos optaron por intentar aislarlo, demonizarlo y someterlo al boicot en todos los ámbitos: político, diplomático, cultural, deportivo. Las consignas de “ocupación”, “apartheid”, “colonialismo” y “genocidio” no son descripciones históricas ni jurídicas. Son armas propagandísticas diseñadas para construir una imagen de Israel como Estado inherentemente criminal, aprovechando prejuicios que llevan siglos circulando en la cultura occidental.

Lo que hace Grobert en este libro es darle al lector las herramientas para desarmar esa propaganda. No desde la emoción sino desde el argumento, la historia y el derecho. Su invitación es simple: contrastar la información, verificar los datos, sacar conclusiones propias. Es el tipo de invitación que solo puede hacer quien confía en que los hechos están de su lado.



Por qué leerlo

En un momento en que el debate sobre Israel y los judíos está dominado por el ruido, la desinformación y la presión del relato hegemónico, Antisemitismo y antisionismo: dos caras de la misma judeofobia ofrece algo cada vez más escaso: rigor. Setecientas páginas que no piden fe sino que invitan a contrastar. Un libro que llega cuando más falta hace, escrito por alguien que lleva toda una vida estudiando estos temas y que tuvo la determinación de ponerlo todo por escrito.

Leerlo es entender mejor lo que está pasando. Y entender mejor lo que está pasando es la única forma de no ser manipulado por quienes han hecho del odio al judío una causa progresista.


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Gustavo

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