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La guerra del relato — Segunda parte: lo que siento cuando me llaman genocida

Escrito por Gustavo

La primera parte de esta nota explicó, con datos y nombres, por qué el titular de El País era técnicamente falso. Era necesario hacerlo. Pero había algo que ese artículo no podía decir, porque los datos no alcanzan para decirlo. Lo que sigue es diferente. Es lo que siento yo, como judío, cuando un medio de comunicación masivo me acusa de pertenecer a un pueblo genocida.

Porque eso es lo que ocurre. Que nadie se confunda. La acusación de genocidio no va dirigida al Estado de Israel solamente. No va dirigida únicamente al primer ministro Netanyahu, ni al ejército israelí, ni a los votantes israelíes. Va dirigida a todos nosotros. A cada judío que existe en cualquier rincón del mundo. Cuando El País titula que Israel ejecuta un “plan genocida”, está construyendo el andamiaje ideológico para que cualquier judío, en cualquier ciudad, en cualquier barrio, sea señalado como cómplice de un crimen contra la humanidad. Eso no es periodismo. Eso es la primera página del manual de persecución.

Lo sé porque la historia me lo enseñó. Y la historia de los judíos no admite muchas interpretaciones.

Pero no hablo solo de la historia que se lee en los libros. Hablo de la historia que me contó mi abuelo materno, sentado frente a mí, con esa voz que tienen los que cargan algo demasiado pesado para ponerlo en palabras del todo. Sus padres murieron en Lituania durante el Holocausto. Sus hermanos también. De toda su familia, solo una hermana logró escapar — hacia Moscú — y fue ella quien le fue enviando las cartas. Las cartas en las que mi abuelo se enteró, una por una, de que su familia había sido asesinada por el nazismo. No en un documental. No en un museo. En cartas. Escritas a mano. Con nombres y apellidos que yo llevo en la sangre.

Eso es lo que queremos evitar que vuelva a suceder. No como consigna. Como imperativo personal, familiar, biológico. Y por eso esta página se llama Historia y Noticias: porque creemos, con una convicción que no nos abandonó ni un solo día, que las noticias sin contexto histórico son ciegas, y que el contexto histórico de lo que llevamos vivido en este siglo es, lamentablemente, el reflejo demasiado preciso de lo que ocurrió en la primera mitad del siglo veinte. Los mismos mecanismos. Las mismas palabras. El mismo proceso de deshumanización que siempre precede a la violencia. Primero te llaman monstruo. Después, lo que viene es más fácil de justificar.

Hay algo que me resulta especialmente doloroso en todo esto, y que tiene que ver con algunos de mis propios hermanos. Pienso en Bernie Sanders. Pienso en todos los judíos de burbuja que hoy marchan con pancartas contra Israel, que firman cartas abiertas, que prestan su apellido judío para legitimar la narrativa del genocidio. No los acuso de mala fe. Los acuso de algo que en cierto modo es más grave: de no comprender lo que están haciendo. Sanders cree que actúa desde la superioridad moral. Cree que separarse de Israel lo coloca en el lado correcto de la historia. No entiende — o no quiere entender — que el odio que ayuda a alimentar no distingue entre judíos buenos y judíos malos, entre judíos sionistas y judíos progresistas, entre judíos que apoyan a Netanyahu y judíos que lo detestan.

El antisemita no lee los matices. El antisemita lee “judío.”

Si estuviéramos en 1940, Bernie Sanders y yo iríamos en el mismo vagón. Eso no es una metáfora. Es la lección más brutal y más clara que dejó el siglo veinte. Y sin embargo, hay judíos que siguen sin aprenderla. Siguen creyendo que la burbuja los protege. Siguen creyendo que la distancia moral de Israel los hace intocables. Siguen siendo, sin saberlo, colaboradores de quienes los odian a ellos también. Eso me duele más que cualquier titular de El País.

Pero volvamos a El País. Y a la BBC. Y a Radio Televisión Española. Y a las decenas de medios internacionales seguidos cada día por miles de millones de personas que hacen exactamente lo mismo. Porque lo que estamos viendo no es un error periodístico. No es impericia. No es falta de contexto. Es un método. Y el método tiene antecedentes que vale la pena recordar, porque la memoria corta es la mejor aliada de quienes repiten la historia.

Antes de que Joseph Goebbels sistematizara la propaganda industrial del Tercer Reich, existieron los Protocolos de los Sabios de Sión. Un texto fabricado a principios del siglo veinte por la policía secreta del Zar de Rusia, una falsificación grosera que pretendía demostrar la existencia de una conspiración judía mundial para dominar la economía, la prensa y los gobiernos. Era mentira de principio a fin. Fue desmentido públicamente, documentado como fraude, expuesto en tribunales. No importó. El texto circuló por Europa, llegó a América, fue reproducido por Henry Ford en su periódico, y fue uno de los insumos ideológicos que el nazismo utilizó para construir el clima que hizo posible el Holocausto. La mentira no necesita ser verdad para matar. Necesita ser repetida por suficientes voces con suficiente autoridad.

Eso lo entendió Joseph Goebbels mejor que nadie. El ministro de Propaganda del Tercer Reich construyó sobre esa base un sistema perfecto: la mentira grande, lanzada con solemnidad, respaldada por el peso del Estado, repetida hasta que la realidad pareciera menos creíble que la propaganda. Una mentira pequeña genera desconfianza. Una mentira monumental produce parálisis. La gente no sabe cómo desmentirla porque no puede creer que algo tan grande sea completamente falso.

Goebbels llamó a eso la mentira grande. Y funcionó. Funcionó hasta llegar a las cartas que le llegaban a mi abuelo desde Lituania.

Lo que hacen hoy El País, la BBC, RTVE y sus pares es exactamente ese método. Toman una fuente corrupta — una comisión cuyos integrantes fueron repudiados por antisemitas por el propio sistema que los nombró — la llaman “la ONU”, construyen el titular más devastador posible, y lo lanzan a millones de lectores que no tienen ni el tiempo ni las herramientas para desarmarlo. El desmentido, cuando existe, llega tarde, llega chico y llega en letra pequeña. La acusación queda. Eso no es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

Joseph Goebbels con redes sociales hubiera sido un monstruo sin fronteras. No necesito imaginar cómo hubiera operado. Me alcanza con mirar la pantalla.

Y no estoy hablando solo de periodistas. Estoy hablando de jefes de Estado. De presidentes y primeros ministros que abrazan esta narrativa, la amplifican y le dan cobertura diplomática. Y que comparten, casualmente, algo más que su odio hacia Israel: comparten las manos manchadas de barro propio.

Gustavo Petro gobernó Colombia durante cuatro años agitando la bandera del “genocidio israelí” mientras su país se hundía. Su candidato perdió la segunda vuelta el 21 de junio. Como despedida, Petro acusó a Israel de hackear las elecciones colombianas para favorecer al ganador — una acusación sin una sola prueba, lanzada por un hombre que durante años señaló a Israel con el dedo índice mientras escondía la mano. Pedro Sánchez en España, cuyo gobierno ha sido uno de los más estridentes en la campaña contra Israel, gobierna en medio de un escándalo judicial que ya alcanzó la sede de su propio partido: la Guardia Civil registró las oficinas del PSOE, su hermano enfrenta juicio por prevaricación y tráfico de influencias, y su mentor José Luis Rodríguez Zapatero está citado a declarar ante la justicia. Lula en Brasil, que se sumó al coro de acusadores de Israel con voz de estadista, tiene un expediente judicial que no desapareció — fue liberado por tecnicismos procesales, no por inocencia. Gabriel Boric en Chile ya entregó el poder. Y Keir Starmer, el primer ministro británico cuyo gobierno fue uno de los más hostiles hacia Israel en Europa, renunció ayer mismo, 22 de junio de 2026, derrotado por su propio partido.

Resulta llamativo. Los que más fuerte gritan “genocidio” parecen tener siempre algo urgente que ocultar en casa.

No tengo miedo en decir sus nombres. Y me pregunto, con una angustia que no logro sacudir del todo, si dentro de algunos años los portaaviones que hoy dicen defender la democracia no estarán bombardeando el Estado de Israel. Porque ese es el camino que el mundo, lamentablemente, parece estar siguiendo. El mismo camino. Con las mismas señales. Con la misma música de fondo que mi abuelo escuchó desde lejos, leyendo cartas que llegaban de Lituania.

Yo no pido que no se critique a Israel. Israel es una democracia y como toda democracia debe estar sujeta al escrutinio más riguroso. Lo que pido — lo que exijo — es que se aplique el mismo rasero a todos. Que los medios que dedican portadas al “genocidio” israelí dediquen la misma energía a documentar las ejecuciones de Hamas en las calles de Gaza, a investigar el uso de hospitales como bases militares, a preguntar por qué los niños palestinos mueren con frecuencia cerca de posiciones militares de la organización terrorista que dice representarlos.

Pero eso no ocurre. Y la asimetría no es accidental.

Cuando un pueblo es sometido sistemáticamente a un estándar diferente al que se aplica a todos los demás, cuando sus actos de defensa son presentados como crímenes mientras los crímenes de sus atacantes son explicados como resistencia, cuando su sola existencia se convierte en objeto de debate moral permanente, estamos ante algo que tiene nombre. No es crítica. Es persecución con subtítulos académicos.

Yo llevo ese nombre con orgullo y con rabia. Con orgullo porque soy parte de un pueblo que sobrevivió a todo lo que le tiraron encima y que tiene un Estado propio por primera vez en dos mil años. Con rabia porque en pleno siglo veintiuno, con todo lo que la humanidad dice haber aprendido, seguimos teniendo que explicar por qué tenemos derecho a existir.

Tenemos la posibilidad de cambiar el final de la película. Y lo vamos a hacer. Como venimos haciéndolo hace más de tres mil quinientos años.

Y seguiremos explicándolo. Con datos cuando haga falta. Con indignación cuando corresponda. Y con la certeza de que la historia — que ya nos juzgó varias veces y que llegó a la barbarie del Holocausto — sabe perfectamente distinguir entre el verdugo y quien sobrevive para contarlo.

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Gustavo

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