Hay momentos en la historia de la diplomacia internacional que quedan grabados en la memoria colectiva. El apretón de manos entre Rabin y Arafat en el jardín de la Casa Blanca. La firma del armisticio que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Imágenes que condensan, en un gesto, el peso de lo que acaba de ocurrir. Lo que vimos esta semana entre Estados Unidos e Irán fue exactamente lo contrario.
El llamado Memorando de Entendimiento de Islamabad —que no se firmó en Islamabad— quedará en los anales de la diplomacia como uno de los episodios más bizarros de los últimos tiempos. Un acuerdo de paz firmado a distancia, en solitario, cada presidente frente a su propia cámara, en distintos países, sin ceremonia, sin imagen conjunta, sin apretón de manos, sin foto. Trump lo firmó en Versalles, durante una cena. Pezeshkian lo firmó en Teherán. Nadie se vio. Nadie se saludó. Nadie quiso aparecer al lado del otro.

La ceremonia oficial estaba prevista para el 19 de junio en Suiza. Esa ceremonia terminó siendo, según el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, un espacio para “conversaciones técnicas”, porque el documento ya había sido ratificado digitalmente. En la práctica, Suiza quedó reducida a una sala de reuniones sin protagonistas. La foto que el primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif —mediador clave durante meses de negociaciones agotadoras— esperaba con ansias como símbolo de su éxito diplomático nunca existió. Pakistán hizo el trabajo y no se llevó ni el recuerdo.
Esto no es un detalle protocolar. Es la sustancia misma del acuerdo.
Un tratado de paz supone, en algún nivel mínimo, que las partes reconocen que están sentadas en la misma mesa. Que el enemigo de ayer, aunque no sea el amigo de mañana, es al menos el interlocutor de hoy. Irán se negó a eso. Se negó a la foto, se negó al saludo, se negó a la presencia física compartida. Firmó el acuerdo mirando para otro lado, como quien paga una deuda que no reconoce deber. La delegación norteamericana existió, en términos prácticos, como una presencia fantasma al otro lado de una pantalla.
La metáfora que viene sola es la del casamiento donde los novios se niegan a bailar juntos. Donde uno entra por una puerta y el otro por otra. Donde no hay foto de familia porque ninguno de los dos quiere que quede constancia de que estuvo ahí. Eso no es un matrimonio. Es, en el mejor de los casos, un contrato firmado bajo presión, con fecha de vencimiento incorporada de fábrica.
Porque el problema no es solo la forma. Es que la forma revela el fondo. Irán negoció este acuerdo con una pistola en la sien —sus instalaciones nucleares bombardeadas, su economía destruida, el estrecho de Ormuz bloqueado— y lo firmó como lo que era: una rendición que no se puede llamar rendición, un cese del fuego que no se puede celebrar, una concesión que el régimen necesita disfrazar de victoria ante su propia población. El régimen de los ayatolás no puede aparecer sonriendo junto a la delegación del Gran Satán. Eso, internamente, sería su fin.
Y del otro lado, Israel —que peleó junto a Estados Unidos para iniciar esta guerra— no firmó nada. Netanyahu lo dijo con claridad: Israel no es parte del acuerdo, por lo tanto no está comprometido con nadie. Las tropas israelíes permanecerán en el sur del Líbano el tiempo que sea necesario. Si Hezbollah ataca, Israel responderá. Si considera que debe atacar preventivamente, atacará. El acuerdo entre Washington y Teherán, desde la perspectiva de Jerusalem, es un papel firmado por otros que no lo obliga a nada.
El memorando establece el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano. Israel ya dejó en claro que esa cláusula no le aplica. Irán, por su parte, condicionó la implementación del acuerdo —incluyendo la reapertura del estrecho de Ormuz— a que Israel se retire del Líbano. Israel no se va a retirar. El círculo no cierra.

Lo que tenemos, entonces, es un acuerdo de paz que nació condenado. Un documento que no se firmó en el lugar donde lleva el nombre, que no tuvo ceremonia donde estaba previsto, que nadie quiso firmar en presencia del otro, que Israel ignora, que Hezbollah rechaza, que el propio Irán parece haber aceptado a regañadientes como mal menor. Un tratado que, en sus primeras horas de vida, ya acumulaba violaciones, contradicciones y amenazas.
Y Trump eligió Versalles para estampar su firma. Quizás sin saberlo, eligió bien. El Tratado de Versalles de 1919 también se firmó en ese mismo palacio, con toda la pompa del mundo, con delegaciones de decenas de países, con fotos históricas, plumas doradas y apretones de manos solemnes. Fue el acuerdo más formal del siglo XX. Y también uno de los más desastrosos: veinte años después había producido la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es que aquel tardó dos décadas en colapsar. Este, a juzgar por lo que ya está pasando en el sur del Líbano, parece ir bastante más rápido.

