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Irán descarta la bomba pero no el uranio: el acuerdo que no cierra.

Escrito por Gustavo

Irán promete no hacer la bomba. Pero sigue enriqueciendo el uranio para hacerla.

El presidente iraní Masud Pezeshkian anunció este domingo que su gobierno está dispuesto a poner por escrito que no fabricará armas nucleares. Lo dijo mientras se abría una nueva ronda de negociaciones en Suiza, con JD Vance por el lado norteamericano y el presidente del Parlamento iraní Mohamad Baqer Qalibaf por el lado persa. De fondo, casi sin que nadie lo subrayara demasiado, Irán ya cobró 6.000 millones de dólares de fondos descongelados en Qatar. Primero la plata, después las promesas. Buen orden de prioridades.

Ahora bien. Una central nuclear que genera electricidad para una ciudad del tamaño de Nueva York, París, Berlín o Moscú funciona con uranio enriquecido entre el 3 y el 5 por ciento. Hay tecnologías que llegan al 20, pero ese es el techo del uso civil que reconoce cualquier manual serio. A partir del 20 por ciento, el uranio no tiene destino pacífico posible. Y a partir del 90 por ciento, estamos hablando de grado armamentístico. De material para bomba.

Irán tiene uranio enriquecido a niveles que casi alcanzan el 90 por ciento.

No lo dice Israel. Lo documentó el Organismo Internacional de Energía Atómica, ese mismo organismo que Occidente cita con devoción cada vez que quiere parecer objetivo. Esos niveles no tienen explicación técnica dentro del mundo civil. Ninguna. Es física elemental, no geopolítica. Es algo que se puede entender antes de aprender a sumar.

Y entonces uno se pregunta, con toda la paciencia del mundo, por qué seguimos sentados a la misma mesa negociando garantías escritas con un régimen que lleva años haciendo exactamente lo contrario de lo que firma.

¿No lo ven o no quieren verlo?

Porque hay una diferencia. Y la diferencia importa.

Me viene a la mente una pregunta que en el Río de la Plata tiene una sola respuesta posible: ¿sos o te hacés? Dicen que Trump, de chiquito, se hacía. De grande, bueno, cada uno que saque sus conclusiones. Lo que está claro es que algo se hace, y no es el inocente.

La segunda jugada de este domingo llegó desde el portavoz iraní Esmaeil Baqaei, que condicionó cualquier avance del acuerdo al cese de los ataques israelíes en Líbano. Israel como el malo de la película, otra vez. Nadie en la sala tuvo el detalle de mencionar que Hezbollah, que es una organización terrorista financiada, armada y teledirigida desde Teherán, lleva años lanzando cohetes sobre población civil israelí. Culpar a Israel de atacar el Líbano sin mencionar a Hezbollah es como culpar al bombero de mojar los muebles.

Lo que está pasando no es un malentendido diplomático. No es falta de información. Es una decisión. Irán firmó el JCPOA en 2015, siguió enriqueciendo, siguió exportando terrorismo por toda la región, siguió comprando tiempo con cada ronda de negociaciones. Este memorando huele igual. El régimen necesita que el proceso exista, no que llegue a ningún lado.

Occidente lo sabe o debería saberlo. Y si no lo sabe, el problema es peor de lo que parece. Porque el que paga la factura es Israel. Y el que mira para otro lado es el mismo que después va a hablar de comunidad internacional, de derecho humanitario y de soluciones de dos estados.

Mientras tanto, Irán sigue enriqueciendo. Y el mundo sigue negociando. Y a nadie parece incomodarle demasiado la contradicción.

Gustavo Beitler | historiaynoticias.com | Con asistencia de inteligencia artificial.

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