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El hombre que descubrió Israel

Escrito por Gustavo

JD Vance acaba de descubrir Israel. Lo hizo con la misma audacia con la que Colón descubrió América: llegando tarde, con el mapa equivocado y convencido de que la geografía le debe su existencia por el mero acto de haberla pisado.

El vicepresidente de los Estados Unidos —ese mismo que hace un par de años facturaba vendiendo las miserias de su infancia en Ohio y al que nadie en Washington le fiaba un café— tuvo la magnanimidad de advertirle al Estado de Israel que no muerda la mano del “único aliado poderoso que le queda en el mundo entero”. Lo enunció con la gravedad de un adolescente que acaba de leer a Maquiavelo en Wikipedia y siente la urgencia irrefrenable de patentar la geopolítica.

Es la enternecedora ilusión del burócrata de turno: creer que el reloj de la historia empezó a correr la mañana en que él juró su cargo. Para Vance, la ecuación es rudimentaria: sin Estados Unidos, Israel no existe. Es un poco como si un turista que acaba de alquilar una bicicleta en Ámsterdam decidiera dar una conferencia sobre ingeniería hidráulica a los holandeses. Con PowerPoint incluido.

El mosquito y el roble

Imaginen un mosquito posado sobre un roble de tres mil años.

El mosquito observa el tronco, las raíces, las tormentas que sobrevivió, los imperios que vio caer. Entonces carraspea. Y dice: “Creo que sería bueno que recordaras quién te mantiene vivo.”

Eso, aproximadamente, fue la intervención histórica de JD Vance.

Permítanme ofrecer un apunte que quizás no llegó a los memorandos del vicepresidente. En junio de 1967, Israel peleó la Guerra de los Seis Días. Rodeado, triplicado en enemigos, con el mundo ya redactando los discursos de condolencias. ¿El arsenal enviado por Washington para evitar la masacre? Cero balas. Cero soldados. Cero aviones. Los únicos dólares que cruzaron el Atlántico salieron de los bolsillos de la diáspora judía, sin que ningún gobierno se los exigiera, pidiera ni ordenara. El resultado: en seis días, Israel no solo sobrevivió. Triplicó su territorio.

Israel existía cuando Ohio era una frontera. Existía cuando Washington todavía era un pantano. Existía cuando los antepasados de Vance probablemente estaban ocupados en alguna disputa europea hoy olvidada por todos, incluidos sus descendientes.

La alianza estratégica real entre Estados Unidos e Israel no nació de la generosidad norteamericana. Nació cuando Lyndon Johnson miró el mapa redibujado en seis días y entendió que ese diminuto país era el único portaaviones occidental en Oriente Medio que no se hundía. Negocios son negocios. Es un matrimonio por conveniencia donde los dos ponen y los dos ganan. No una limosna imperial. No una relación donde uno da y el desdichado otro recibe con la gorra en la mano.

Que Vance lo presente de otra manera no es solo inexacto. Es el tipo de ignorancia que, en boca del segundo hombre más poderoso del mundo, tiene consecuencias que van más allá del ridículo.

El congresista que sí leyó el libro

Randy Fine, republicano de Florida, miembro de la Cámara de Representantes, escuchó a Vance y dijo lo que había que decir, sin vaselina diplomática y sin protocolo de cortesía: las declaraciones del vicepresidente fueron “absolutamente inapropiadas y francamente repugnantes.”

Y luego el remate, ese que ningún diplomático se atrevería a pronunciar con esa claridad quirúrgica: “El Estado de Israel no fue creado por los Estados Unidos. No es financiado por los Estados Unidos, salvo en pequeña medida. Fue creado con la sangre, el sudor y las lágrimas del pueblo judío que surgió del Holocausto. Vance haría bien en volver a estudiar historia.”

Las verdades duelen más cuando las dice alguien que no puede permitirse el lujo de ignorarlas.

El padrino de película clase B

El contexto del exabrupto de Vance no es un detalle menor. El vicepresidente defendía el memorándum firmado con Irán en Bürgenstock: levantaron sanciones, abrieron el grifo del petróleo y prometieron trescientos mil millones de dólares al mismo régimen que lleva cuatro décadas financiando el exterminio sistemático de Israel. Cuando Jerusalén, por una pintoresca manía de supervivencia, levantó la mano para señalar que financiar al propio verdugo no parece una idea brillante, Vance sacó el manual del mafioso de cine clase B: silencio, o te quedás solo.

“El único aliado poderoso que le queda.” Qué curiosa amenaza para un pueblo que lleva tres milenios patentando la soledad. En 1948, la ONU les dio un papelito y los árabes les mandaron cinco ejércitos. En 1967, Francia les aplicó un embargo en el peor momento. La soledad no asusta a quien la habita de memoria. Es su ecosistema natural. Su dirección permanente.

Pequeño recordatorio para el final

Los políticos suelen cometer un error de perspectiva clásico: confunden el escenario con la obra. Aparecen en el segundo acto, reciben algunos aplausos y terminan convencidos de que Shakespeare escribió la pieza para ellos.

El faraón creyó que podía administrar la existencia judía. Nabucodonosor también. Torquemada, los zares, Hitler. Todos hicieron la prueba. Todos figuran hoy en los libros de historia con una cosa en común: ya no están. El pueblo judío, en cambio, sigue siendo noticia.

JD Vance, con mucha suerte, será una exótica nota al pie en la biografía de Donald Trump. Israel seguirá ocupando los tomos enteros que viene escribiendo desde mucho antes de que a alguien se le ocurriera la pintoresca idea de fundar los Estados Unidos.

Señor Vance: antes de explicar Israel, convendría leer sobre Israel. No es necesario empezar por tres mil años. Con un libro alcanza.

Aunque, visto lo visto, tampoco conviene hacerse demasiadas ilusiones.

El congresista Fine ya le señaló la bibliografía. El resto es su problema.

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Gustavo

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