El pragmatismo es la virtud favorita de los que no tienen memoria. Resulta fascinante, y a la vez bastante repulsivo, ver con qué rapidez los grandes centros de poder archivan las tragedias cuando los números de las planillas financieras empiezan a cuadrar. Hoy, el mundo mira hacia otro lado, los titulares se ocupan de urgencias que dan más clics, y en ese silencio cómplice, una etiqueta cómoda sepulta la realidad de cientos de venezolanos. En las redacciones y los despachos diplomáticos se habla de ellos, casi por compromiso, como un daño colateral. Pero digamos las cosas como son: son los presos políticos olvidados. Personas cuya única falta fue creer que la libertad era un derecho, y no una simple moneda de cambio en una mesa de negociaciones.
Mientras los analistas de salón celebran que los mercados se estabilizan, a pocos kilómetros de los hoteles de lujo de Caracas sigue en pie El Helicoide. Ese laberinto de concreto, que en los años cincuenta iba a ser el símbolo de la modernidad comercial, terminó convertido en el centro de torturas más grande de América Latina. En la actualidad, resulta imposible dar una cifra exacta de cuántos prisioneros quedan en sus sótanos debido a la falta de información oficial y a los repentinos traslados secretos que realizan las autoridades. A principios de 2026, sin embargo, albergaba al menos a 57 detenidos. El panorama a nivel nacional es igual de desolador: hasta el 1 de junio de este año, la ONG Foro Penal contabiliza 404 presos políticos en toda Venezuela. Allí, en esos calabozos, el tiempo no se mide en años electorales, sino en la resistencia diaria contra el aislamiento y la oscuridad.

La trampa de esta amnesia internacional alcanzó su punto máximo con el manual de negocios de Donald Trump. Hubo una época en la que el presidente estadounidense incendiaba sus discursos en Florida prometiendo el fin de la tiranía. Ese lema de “todas las opciones están sobre la mesa” anestesió las esperanzas de una población que pedía justicia. Pero el libre mercado tiene sus propias reglas. En el instante preciso en que los flujos de petróleo y los acuerdos energéticos acomodaron los balances, la retórica libertaria se guardó en un cajón. Trump, un hombre que entiende la geopolítica como una junta de accionistas, cuadró sus cuentas, presumió en público de haber cerrado El Helicoide —algo que las propias familias de las víctimas tuvieron que salir a desmentir— y abandonó la partida. Las opciones desaparecieron de la mesa, y los prisioneros pasaron de ser el emblema de una causa justa a convertirse en un saldo obsoleto en el inventario de Washington.
Seguir confiando en la moralidad de los imperios o en los comunicados tibios de las Naciones Unidas es una auténtica cobardía intelectual. Los 404 presos políticos que quedan en Venezuela no están tras las rejas por un error de cálculo diplomático. Están ahí porque el mundo decidió mirar al techo en cuanto el negocio del crudo volvió a ser rentable. Quienes hoy siguen padeciendo el terror de las cárceles y los traslados clandestinos no son víctimas de una transición incompleta. Son los rehenes de un pacto de silencio. Ya es hora de dejar la ingenuidad, tirar los discursos de campaña a la basura y usar el bisturí para señalar a quienes vendieron la libertad de un pueblo por el precio de un barril.
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