Américas

La fragilidad del peón y los caballeros de la impunidad

Escrito por Gustavo

Cualquiera que entienda cómo funciona el miedo sabe que el coraje no se improvisa en una madrugada de domingo. Imagine la escena: una fiscal ordinaria, acostumbrada a los pasillos grises de la justicia porteña y a tramitar legajos rutinarios de robos menores o crímenes pasionales, llega a las Torres Le Parc pasada la una de la mañana. No tiene que sacar llaves de su cartera ni esperar el auxilio de un cerrajero. La puerta del departamento de Alberto Nisman ya está abierta de par en par. El aire ya está viciado. Adentro no encuentra un perímetro forense inmaculado y protegido, sino la corporización misma del poder político de turno. Sergio Berni, el todopoderoso Secretario de Seguridad del gobierno kirchnerista, se mueve por el lugar con la soltura y la impunidad de un dueño de casa. En la Argentina de enero de 2015, ese sutil pero demoledor orden de llegada explicaba todo lo que vendría después. El teléfono del poder real se había activado una hora y media antes que el de la justicia penal. Frente a ese escenario, cualquier burócrata promedio se habría congelado bajo una pregunta inevitable y puramente humana: si acaban de ejecutar en su propio baño al fiscal más custodiado del país, justo antes de denunciar a la Presidenta por encubrir un pacto con Irán, ¿qué les impide hacer exactamente lo mismo conmigo? No se trata de justificar la genuflexión profesional, sino de entender la escala del terror psicológico que soplaba en ese piso trece.

El reciente procesamiento dictado por el juez Julián Ercolini contra la exfiscal Viviana Fein por el delito de encubrimiento agravado expone la anatomía de una farsa institucional. La versión oficial de aquella noche siempre intentó escudarse en la supuesta premisa humanitaria de que los funcionarios políticos y las cúpulas policiales ingresaron de urgencia para asegurar la escena del crimen. Es una impostura técnica monumental. En la criminalística más básica, asegurar un lugar significa congelarlo de inmediato: prohibir de forma taxativa que se toque una perilla, que se camine sobre los fluidos o que se manipule el entorno forense. Lo que hicieron Berni y sus subordinados fue exactamente lo contrario: pusieron el departamento patas para arriba antes de que la magistrada encargada tomara el control de la situación. Entraron al baño, movieron objetos y alteraron el escenario de un magnicidio cuando el fallecimiento ya había sido constatado y firmado horas antes por un médico privado. El verdadero pecado de Fein no nació de una militancia ideológica o de una conspiración planificada en las sombras; nació de la capitulación absoluta de su carácter. Al ver aquel desfile de más de sesenta personas contaminando el perímetro forense, su obligación legal era desalojar el lugar a los gritos, ordenar la detención de los intrusos y labrar un acta detallando la intromisión ilegal del Poder Ejecutivo. En lugar de plantarse, Fein prefirió la docilidad de quien busca mimetizarse con el caos para salvar el pellejo, validando con su firma posterior una puesta en escena miserable.

Hoy, en mayo de 2026, el tablero geopolítico de la nación ha dado un vuelco radical bajo la administración de Javier Milei, que persigue activamente las ramificaciones del terrorismo de Irán y Hezbolá. En este nuevo escenario de época, los tribunales argentinos ensayan una coreografía de purificación tardía y selectiva. Es sumamente fácil y políticamente cómodo ensañarse hoy con la figura de Viviana Fein. Ya jubilada, aislada de los tribunales y completamente abandonada por el aparato político que alguna vez la arrastró en su marea, la exfiscal enfrenta una posible condena de prisión mientras funciona como el eslabón más fino y prescindible de la cadena. El sistema judicial la entrega como sacrificio para simular que la verdad avanza, aplicando una ironía verdaderamente perversa: el propio Sergio Berni, también imputado en la causa federal, dilata sus tiempos procesales mediante recursos técnicos y presenta escritos donde culpa a la supuesta inacción forense de Fein por el desastre de aquella madrugada. Es el cinismo perfecto del poder real. Los métodos de intimidación y la ocupación territorial aplicados esa noche en Puerto Madero recordaron de forma inquietante a las épocas más oscuras de las dictaduras o a los modales represivos de los altos mandos totalitarios. Viviana Fein fue una cobarde, y su responsabilidad penal es indiscutible, pero señalarla como la mente maestra del encubrimiento es una hipocresía institucional gigantesca. El peón asustado pagará la factura de su debilidad ante los tribunales, mientras los caballeros de la impunidad que prepararon el decorado siguen observando el espectáculo protegidos por las sombras del retiro.

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