Afuera de Uruguay, Óscar Andrade no existe. Nadie sabe quién es. Pero acá, este senador y mandamás del Partido Comunista maneja los hilos con una prepotencia que asusta. Es el comisario político de una moral obrera de cotillón, un tipo congelado en un dogma prehistórico que quiere empujar al país cien años para atrás, en busca de una utopía marxista que fracasó con sangre en cada rincón del mapa donde se intentó.
Hace unos días, a este guardián de la pureza ideológica casi le da un patatús. ¿El pecado? El presidente Yamandú Orsi se subió a un portaaviones norteamericano. Para la liturgia del comité de base, eso es alta traición y sumisión al imperio. Claro que el berrinche le duró un suspiro. A las pocas horas, el hombre se metió en el auto, arrancó para Maldonado y presentó un libro para explicar por qué el mundo tiene que arrodillarse ante el rumbo de China. Occidente está muerto y el futuro es rojo y asiático, te explica con los ojos desorbitados de un converso.

Hay que tener la cara de piedra o una ignorancia enciclopédica para vender a la dictadura de Beijing como el ejemplo a seguir. Proponer eso es mearse en la historia y borrar de un plumazo los más de 40 millones de muertos que Mao Zedong tuvo que apilar para sostener su revolución. Andrade te milita el modelo chino como si fuera un vendedor de feria: te muestra los trenes bala relucientes, pero te esconde las fosas comunes. Le encanta esa parodia de justicia donde limpian a cien generales en una tarde si no aplauden con ganas, o donde al mismísimo expresidente Hu Jintao lo levantan del forro del saco en pleno congreso, en vivo para la televisión mundial, porque estorbaba en la foto. Esa es la pedagogía que le fascina al secretario comunista.
Foto 2

Lo más gracioso de este delirio de la Guerra Fría en pleno 2026 es el ridículo que hacen en tiempo real. Mientras Andrade lagrimea en Montevideo contra el imperialismo, en Beijing el menú tiene gusto a dólares. La semana pasada, Xi Jinping le armó un recibimiento de rey a Donald Trump y brindó por el patriotismo de los trescientos millones de estadounidenses con copas de cristal. El colmo del cinismo fue cuando el jefe supremo del comunismo global le copió el eslogan al magnate y le dijo en la cara que hacer a China grande y hacer a Estados Unidos grande de nuevo es, básicamente, el mismo negocio. Y Trump, que vive de los mimos al ego, le contestó chocho que era un tipo brillante. El Papa del marxismo y el rey del capitalismo transando marcas registradas entre faisanes. Allá arriba facturan juntos; acá abajo, la militancia todavía juega a la revolución de escritorio.
La escena es de una crueldad hermosa. El principal senador comunista de Uruguay arrodillado ante una tiranía salvaje que se sostiene gracias a la explotación capitalista más feroz. Mientras a los muchachos del comité les enseñan a odiar a los yanquis, en Beijing hacen caja con ellos y se reparten el tablero entre risas. Ese es el faro oriental de Andrade. Un paraíso totalitario divino para aplaudir de pie, siempre y cuando lo mires de lejos y cobres un sueldazo del Estado desde la comodidad burguesa de una banca democrática.
.

