Cada iraní que marcha pacíficamente en Berlín, París o Washington representa a muchos otros en Teherán, Shiraz, Mashhad, Tabriz e Isfahán que no pueden protestar sin correr el riesgo de morir. Opinión.
Este domingo, iraníes de todo el mundo se reunirán en las principales ciudades, incluidas Los Ángeles, Berlín, Toronto, París, Estocolmo, Dallas, Ámsterdam, Ginebra, Viena, Bruselas, Tokio, Dublín y Seúl, para alzar la voz por una nación que ha sido silenciada dentro de sus propias fronteras. Estas reuniones no son manifestaciones ceremoniales ni actos simbólicos alejados de la realidad. Son la continuación política y moral de una lucha nacional que tiene lugar dentro del propio Irán, una lucha entre una dictadura religiosa brutal y una nación herida que busca supervivencia, dignidad y libertad.
En momentos en que la República Islámica ha transformado a Irán en una de las sociedades más reprimidas del mundo, estas manifestaciones tienen un significado extraordinario. Durante casi tres meses, el régimen ha gobernado el país como una prisión oscura. El acceso a Internet ha sido severamente restringido, los periodistas han sido silenciados, los disidentes políticos han desaparecido en las cárceles y las ejecuciones continúan a una velocidad aterradora. El establishment gobernante no gobierna a través de la legitimidad, la confianza nacional o el consentimiento público. Gobierna a través del miedo, la intimidación, la tortura, la censura y la violencia.
El mundo debe comprender una realidad esencial: millones de iraníes dentro del país ya no pueden expresarse libremente. Hablar abiertamente contra el régimen conduce al arresto, la tortura o la ejecución. Las familias susurran dentro de sus propios hogares. Las madres temen las llamadas telefónicas en mitad de la noche. Los jóvenes viven bajo la vigilancia constante de un estado paranoico que considera a toda mente independiente como un enemigo potencial. En tales condiciones, la responsabilidad de hablar en nombre de Irán ha recaído cada vez más en los iraníes que viven en el extranjero.
Por eso las manifestaciones globales son tan importantes. Cada iraní que marcha pacíficamente en Berlín, París o Washington representa a muchos otros en Teherán, Shiraz, Mashhad, Tabriz e Isfahán que no pueden protestar sin correr el riesgo de morir. Las manifestaciones en el extranjero no están separadas de la resistencia dentro de Irán; ellos son su voz internacional.
Los acontecimientos de enero de 2026 expusieron la verdadera naturaleza de la República Islámica más claramente que en cualquier otro momento de la historia reciente. Las manifestaciones pacíficas que exigían la dignidad humana básica fueron respondidas con balas, detenciones masivas y matanzas sistemáticas. Según informes, las fuerzas de seguridad y bandas armadas leales a Ali Jamenei mataron a decenas de miles de civiles inocentes.
Las calles se convirtieron en campos de batalla. Las universidades se convirtieron en zonas militarizadas. Los hospitales fueron vigilados por agentes de inteligencia en busca de manifestantes heridos. El régimen no se comportó como un gobierno que enfrenta disturbios civiles, sino como una fuerza de ocupación que libra una guerra contra su propio pueblo.
Este trauma nacional ha transformado fundamentalmente la sociedad iraní. En todo el país, muchos ciudadanos han llegado a un punto psicológico de agotamiento y desesperación sin precedentes en la historia moderna de Irán. Una de las realidades más dolorosas que surgen de las conversaciones privadas y de las redes sociales es que muchos iraníes dicen abiertamente que preferirían soportar la inestabilidad, el conflicto y la incertidumbre que seguir viviendo bajo el gobierno de la República Islámica. Semejante sentimiento revela el catastrófico colapso de la legitimidad que enfrenta el establishment gobernante.
Ninguna sociedad normal llega a esa conclusión a menos que haya sufrido una humillación, represión, corrupción, pobreza y desesperanza insoportables durante décadas. Millones de iraníes ven ahora al régimen no sólo como un gobierno ineficaz, sino como la fuente central de destrucción nacional. Un sistema gobernante que obliga a su propio pueblo a orar por su colapso a cualquier precio ya ha perdido su fundamento moral.
La República Islámica ha pasado más de cuatro décadas exportando extremismo al extranjero mientras destruyeba sistemáticamente los fundamentos sociales, económicos y culturales del propio Irán. Se han desperdiciado miles de millones de dólares en milicias proxy, expansionismo ideológico, ambiciones nucleares y redes terroristas en todo el Medio Oriente, mientras los iraníes comunes y corrientes luchan contra la inflación, el desempleo, la adicción, el colapso de la infraestructura y la desesperación. Generaciones enteras han visto desaparecer su futuro bajo el gobierno de una oligarquía religiosa corrupta que habla sin cesar de moralidad mientras gobierna mediante la violencia y el miedo.
La tragedia que se desarrolla hoy en Irán no es sólo política; es civilizacional. Una de las culturas más antiguas y ricas del mundo ha quedado reducida a un estado de seguridad asfixiante controlado por ideólogos envejecidos, aterrorizados por su propia población. El régimen teme a las mujeres que rechazan el hiyab obligatorio, a los estudiantes que exigen libertad, a los trabajadores que exigen salarios impagos, a los periodistas que llevan cámaras y a los padres afligidos que preguntan por qué sus hijos fueron asesinados en las calles.
Ese miedo explica las ejecuciones. Ese miedo explica los apagones de Internet. Ese miedo explica las interminables detenciones. Y ese miedo explica por qué el régimen responde a las manifestaciones pacíficas con balas en lugar de diálogo.
Al mismo tiempo, la creciente unidad entre los iraníes en el extranjero ha comenzado a crear un nuevo impulso político centrado en la solidaridad nacional y el rechazo del extremismo ideológico. En los últimos años, el príncipe heredero Reza Pahlavi se ha convertido cada vez más en una figura unificadora para muchos iraníes que buscan un futuro democrático y secular más allá de la República Islámica. Ya sea dentro de Irán o en la diáspora, muchos ciudadanos lo ven ahora no simplemente como una personalidad política, sino como un símbolo de continuidad, estabilidad y transición nacional más allá del sistema actual.
Por lo tanto, la importancia de estas manifestaciones globales se extiende mucho más allá de la protesta política ordinaria. Representan la voz colectiva de una nación que exige ser escuchada después de décadas de represión y silencio. También exponen la total bancarrota moral de un régimen que ha perdido no sólo credibilidad internacional, sino cada vez más su propia sociedad.
El mundo libre debe reconocer que el pueblo iraní no pide caridad ni declaraciones simbólicas. Exigen el reconocimiento de una verdad simple: una nación entera ha sido efectivamente tomada como rehén por un régimen ideológico violento que sobrevive únicamente gracias a la represión.
La historia recordará estas manifestaciones. Recordará a los iraníes que marcharon pacíficamente por todo el mundo mientras sus compatriotas sufrían ejecuciones y censura en sus países. Y también recordará qué gobiernos optaron por apoyar al pueblo iraní y cuáles continuaron ofreciendo legitimidad, negociaciones y oxígeno político a uno de los regímenes más represivos de la era moderna.
A pesar de la censura, las prisiones, las ejecuciones y la violencia, la voz de la nación iraní sigue alzándose. De Teherán a Toronto, de Shiraz a Estocolmo, de Isfahán a Los Ángeles, millones de iraníes están enviando el mismo mensaje al mundo:
Irán no pertenece a la República Islámica. Irán pertenece a su pueblo.
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