Medio Oriente

Trump negocia con el diablo

Escrito por Gustavo

Hay algo perturbador en ver a Jared Kushner sentado frente a una delegación iraní discutiendo los términos de una paz que Irán no merece. No es solo el escenario. Es la lógica completa. Un hombre que construyó su carrera valuando metros cuadrados en Manhattan intenta ahora valuar hasta dónde puede ceder el régimen que financió décadas de terrorismo regional, que exportó drones a Rusia, que juró destruir a Israel en cada discurso público desde 1979. El resultado es predecible: están negociando.Hay que detenerse un momento en esa palabra. Negociando.El 8 de mayo de 1945, la Alemania nazi no fue a Reims a negociar. Fue a firmar su rendición incondicional. Los aliados no enviaron a un equipo de mediadores a discutir qué parte del inventario de armas conservaría el Tercer Reich como condición para deponer las armas. La guerra había terminado de una sola manera posible: el colapso total del régimen agresor. No hubo flecos técnicos. No hubo fases de implementación. No hubo “compromisos verbales” que Berlín pudiera desmentir al día siguiente.Lo que está ocurriendo hoy con Irán es estructuralmente distinto, y esa diferencia no es menor. Es el argumento completo.

Según el borrador sobre la mesa, Teherán se compromete a reabrir el Estrecho de Ormuz, retirar el minado del Golfo y abrir mesas técnicas sobre su programa nuclear. A cambio, Washington levanta el bloqueo naval, emite exenciones petroleras y devuelve el acceso a miles de millones en activos congelados. El régimen que hace tres meses reorganizaba sus fuerzas armadas tras el golpe militar más significativo de su historia reciente negocia hoy como si hubiera ganado.El punto de quiebre está en el uranio enriquecido. La delegación estadounidense asegura que Irán prometió verbalmente entregar su inventario completo. Irán lo desmiente. Esta discrepancia no es un detalle técnico: es la fotografía exacta de lo que ocurre cuando un equipo entrenado para cerrar contratos inmobiliarios intenta contener a un régimen que lleva décadas perfeccionando el arte de la dilación estratégica. Los ayatolás mienten, postergan y reencuadran como táctica de Estado. Kushner y Rubio llegaron a esa mesa creyendo que el apretón de manos cierra el trato. En Teherán, el apretón de manos es el inicio de la siguiente ronda de engaños.El presidente Pezeshkian, que no tiene poder real pero sí utilidad diplomática, advirtió que las fuerzas armadas iraníes aprovecharon la tregua para reorganizarse. Lo dijo en voz alta. Sin pudor. Y Washington siguió negociando.

Israel observa esto con una claridad que Washington parece haber perdido. Si el régimen de los ayatolás sobrevive a esta guerra, aunque sea herido, aunque sea disminuido, aunque sea bajo un acuerdo de papel, Israel quedará enfrentado en los próximos años a un Irán que habrá aprendido exactamente hasta dónde puede llegar antes de que Occidente lo rescate con una negociación. Esa lección es más peligrosa que cualquier centrifugadora.Y aquí aparece el fantasma que la administración Trump prefiere no nombrar.En 2015, Barack Obama defendió el JCPOA con una lógica similar: mejor un acuerdo imperfecto que ningún acuerdo. La comunidad internacional aplaudió. Irán cobró los fondos desbloqueados, financió a Hezbollah, aceleró su programa de misiles y llegó a 2026 con suficiente músculo militar como para minar el Estrecho de Ormuz. Trump pasó su primer mandato destruyendo ese acuerdo. Lo llamó el peor trato de la historia. Salió del JCPOA con fanfarria. Prometió máxima presión. Y ahora, desde la Casa Blanca, su equipo negocia un nuevo acuerdo con la misma lógica que criticó durante ocho años: ceder activos económicos a cambio de promesas nucleares que Irán no tiene ningún incentivo real para cumplir. Obama 2 no llegó desde la izquierda. Llegó con corbata roja y acento de Queens.

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