Milovan Jovanovic tenía 37 años y una familia que lo esperaba en Serbia. La madrugada del jueves, su vida terminó en un instante en el sur del Líbano. Un mortero impactó su posición cerca de Marjayoun. Es extraño pensar cómo un hombre viaja miles de kilómetros con un casco azul, supuestamente para garantizar la paz, y termina siendo una baja más en una guerra ajena. Las Fuerzas de Defensa de Israel confirmaron lo evidente tras analizar las trayectorias. El proyectil salió de al-Qatrani, zona controlada por Hezbollah. La tragedia personal es inmensa. La reacción que siguió en los despachos diplomáticos es un espectáculo fascinante y doloroso a la vez.

Cuando ocurre un incidente militar y el error recae del lado israelí, los comunicados internacionales brotan con una velocidad asombrosa. Se usan nombres, apellidos y acusaciones directas. Sin embargo, cuando el mortero es disparado por la milicia libanesa, el lenguaje diplomático sufre una mutación. La ONU describió el hecho como un impacto por fuego indirecto. El Secretario General pidió a todos los actores que respeten la paz. Es un uso casi mágico de la ambigüedad. Se exige moderación a las partes, equiparando un ejército regular con un grupo terrorista que financia Teherán y que utiliza sistemáticamente el territorio libanés como escudo táctico. La Resolución 1701, diseñada para mantener esta frontera libre de armas no estatales, se ha convertido en un documento inerte.

Pero el cinismo internacional siempre guarda espacio para una sorpresa adicional. Representantes militares israelíes acaban de denunciar ante la Knéset que integrantes de la propia fuerza de paz estarían documentando posiciones de sus tropas, información que terminaría en manos de Hezbollah. Una fuerza internacional, con mandato extendido hasta 2026, financiada para estabilizar la región, convertida en un blanco inerte o, peor, en un aparato de inteligencia al servicio del Eje de la Resistencia. Llorar a un soldado caído evitando nombrar a su asesino es cobardía. Pagarle a una organización para que espíe a una democracia es la definición exacta de la derrota moral de Occidente.
.

