La justicia en Israel se mueve con una parsimonia que ya roza la negligencia institucional. El reciente fallo de la Suprema Corte sobre la formación de una Comisión Estatal de Investigación por el 7 de octubre es, en el mejor de los casos, una victoria pírrica. Tras más de dos años de evasivas, el tribunal finalmente ha marcado la cancha: el Ejecutivo tiene un plazo perentorio de dos meses para dejar de dar vueltas y presentar un plan concreto de investigación.
No estamos ante un simple trámite administrativo, sino ante una crisis de Adar. Debemos entender que el Adar, es el concepto ético de la integridad, el decoro y la caballerosidad que todo judío debe portar como un sello de nobleza. Sef Yabotinski enseñaba que el honor y la integridad de un príncipe deben guiar la conducta judía, especialmente en la adversidad. Sin embargo, lo que vemos hoy es una clase política que se escuda en la burocracia para no tener que mirar a la verdad de frente.

El peso del cargo: Una responsabilidad institucional
Seamos claros: la llave de la comisión la tiene quien sostiene la lapicera. Benjamín Netanyahu, como Primer Ministro y Comandante en Jefe, es el máximo responsable de activar este proceso. Su defensa basada en que “no es momento de investigar” mientras se busca la victoria es un argumento que se devora a sí mismo. Bajo esa lógica, el momento oportuno se desplazará eternamente hacia un horizonte que nunca llega.
Aquí el ideal del Monismo ha sido desplazado. La entrega absoluta a la seguridad del Estado que exigía Jabotinsky hoy parece secundaria frente a la prioridad de mantener unida la coalición de gobierno. Se ha canjeado la integridad nacional por la supervivencia del gabinete.
El mercado de las teorías y el vacío informativo
La ausencia de una comisión oficial y transparente es el caldo de cultivo ideal para la desinformación. Ante el silencio estatal, el vacío se llena con basura: desde teorías que acusan al Gobierno de ignorar advertencias de forma deliberada, hasta versiones sobre supuestos boicots internos en los organismos de seguridad. Sin pruebas documentadas ni procesos judiciales rigurosos, solo queda la especulación. Y en ese caos, los responsables logran lo que más desean: seguir en sus puestos sin rendir cuentas.
Una oposición de conveniencia
No hay que dejarse llevar por los gritos de la oposición. Muchos de sus líderes actuales fueron arquitectos de la doctrina de contención que saltó por los aires aquel sábado negro. Una investigación profunda y estatal no solo los señalaría hoy, sino que removería el polvo de sus propias gestiones en las carteras de defensa. Les resulta más cómodo un ataque mediático superficial que un proceso bajo juramento que pueda salpicarlos.
Los socios del silencio
En este esquema, los partidos religiosos juegan su propio partido. Su apoyo al retraso de la investigación parece ser una transacción de conveniencia: estabilidad para el Gobierno a cambio de asegurar sus partidas presupuestarias. Han priorizado el beneficio de sector sobre el imperativo moral de la soberanía nacional.

La urgencia de aprender del desastre
El riesgo más grave de este inmovilismo es la repetición. Si no se esclarece qué falló exactamente en el Shin Bet, en las FDI y en el Gabinete, el sistema sigue siendo el mismo que no pudo cumplir con su función esencial de proteger a la ciudadanía.
La Corte ha sido clara: el tiempo de las prórrogas se terminó. La historia de Israel, marcada por las agresiones de 1920 y 1929, nos recuerda que la única seguridad real nace de la verdad y la firmeza, no del ocultamiento. Mientras la política se dedica a su propia supervivencia, el país navega a ciegas. Aprender de lo sucedido no es una opción, es la única forma de garantizar que el “Nunca Más” vuelva a tener un significado real.
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