Sacramento / Washington D.C. — 25 de marzo de 2026
La política tiene esa costumbre cruel de cobrar factura por los adjetivos. Gavin Newsom, el gobernador que camina con el porte de quien ya se probó el traje presidencial en el espejo, acaba de descubrir que hay palabras que pesan más que las ambiciones. No es un gobernador cualquiera; Newsom administra California, un estado que, si fuera nación, sería la quinta economía del planeta, superando en PBI y población a casi todos los países de América. Su despacho tiene más peso global que muchas cancillerías europeas, y por eso mismo, su ligereza es imperdonable.
Semanas atrás, envuelto en el calor de un discurso para su base más radical, Newsom soltó la palabra prohibida: “apartheid”. Lo hizo con la soltura de quien cree que el lenguaje es un chicle que se estira al gusto del consumidor, haciéndose eco de esa narrativa que hoy dominan los “hijos de Goebbels”. Para un hombre de su talla, ignorar la realidad es una elección, no un descuido. Hablar de apartheid en Israel es ignorar voluntariamente que los ciudadanos árabes israelíes gozan de los mismos derechos, ocupan escaños en el Parlamento y dictan sentencias en la Corte Suprema. Es una mentira diseñada para ser consumida por quienes no quieren ver la verdad.
El Arrepentimiento y el Cálculo de Jerusalén
Hoy, Newsom ha tenido que ensayar el difícil arte de la contorsión retórica. Ha retirado el término, calificándolo como una “referencia desafortunada”. Pero el daño ya estaba hecho. Al usar esa etiqueta, Newsom validó una ficción propagandística que se cae por su propio peso con una sola pregunta: ¿Cuántos árabes viven, progresan y votan en Israel, y cuántos judíos quedan en los países árabes que hoy señalan con el dedo? El silencio de los guetos judíos vacíos en el mundo islámico es la respuesta más contundente a quién practica realmente la segregación.
Sin embargo, el retroceso de Newsom no es un abrazo a la gestión de Jerusalén. El gobernador ha decidido cambiar el hacha por el bisturí, redoblando su puntería contra Benjamin Netanyahu. Es la jugada clásica: intentar salvar la relación con el Estado mientras se intenta demoler al gobierno. Newsom apuesta a que puede ser un “amigo de Israel” mientras flirtea con la retórica de quienes buscan su desaparición.

El Factor 2028: El Peso de una Potencia
Para el jefe de una potencia mundial como California, este paso atrás es un salto hacia adelante en la carrera por la Casa Blanca. Newsom sabe que para ganar una primaria demócrata en 2028 necesita el aplauso de los campus universitarios —donde la propaganda goebbelsiana ha calado hondo—, pero para ganar una elección general necesita el respeto de los moderados que saben que Israel es la única democracia real en un vecindario de tiranías.
Es el equilibrio precario de quien quiere quedar bien con Dios y con el diablo. Newsom le habla a la izquierda radical con guiños, pero le asegura al establishment de Washington que su compromiso con la seguridad de Jerusalén es inquebrantable. Es el “Reino del Revés” de la política californiana, donde el líder de una economía colosal se permite jugar con conceptos incendiarios solo para ver hacia dónde sopla el viento.

La Última Estación del Cinismo
Al final del día, lo de Newsom es un ejercicio de supervivencia táctica. Ha entendido que, en el camino a Washington, las palabras son balas de plata. Haber llamado “apartheid” a la nación que es el refugio de las minorías en Oriente Medio fue un tiro en el pie que ahora intenta vendar con comunicados de prensa.
La diplomacia de Sacramento es hoy el laboratorio del cinismo que veremos en 2028. Newsom acaba de aprender que, para ser presidente, no basta con tener el PBI de una potencia; hace falta la honestidad de no sucumbir a los ecos de una propaganda que, aunque ruidosa, siempre termina por devorar a los que intentan cabalgarla.

