Cómo está hoy el frente: territorio, combates y equilibrio militar
Prólogo
La guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado ya en su cuarto año y, con el paso del tiempo, el conflicto se ha vuelto más complejo de entender. Las líneas del frente cambian lentamente, la tecnología militar evoluciona y las consecuencias políticas se sienten mucho más allá del campo de batalla.
Para ayudar a comprender mejor dónde está hoy esta guerra y hacia dónde podría dirigirse, **Historia y Noticias publica esta semana una serie de cinco artículos**. En ellos analizaremos la situación militar del frente, la guerra aérea, el papel de los drones, las diferencias políticas entre Moscú y Kiev y, finalmente, el balance estratégico del conflicto.
Esta primera entrega se detiene en la pregunta más inmediata: cómo está hoy realmente la guerra en el terreno.
Cuatro años después de que los primeros tanques rusos cruzaran la frontera en febrero de 2022, la guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado en una fase que los historiadores militares conocen bien: la de los conflictos que ya no prometen victorias rápidas, sino resistencia prolongada.
Las líneas del frente siguen activas. Los combates continúan casi todos los días. Pero el mapa revela algo más complejo que la narrativa simple de ofensiva y contraofensiva. El conflicto se ha convertido en una guerra de desgaste en la que cada kilómetro de terreno se paga caro.
Hoy Rusia controla aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano, en torno a 110.000 kilómetros cuadrados. Ese espacio incluye Crimea —ocupada desde 2014— y amplias zonas del este y del sur del país. Es una superficie considerable, comparable al tamaño de países enteros. Pero también muestra otra realidad: el objetivo inicial de Moscú, la rápida subordinación del Estado ucraniano, quedó muy lejos de cumplirse.
En las primeras semanas de la invasión, el ejército ruso avanzó con rapidez hacia Kiev, Járkov y el sur del país. Aquella ofensiva inicial buscaba una conclusión política rápida. El plan fracasó. Las fuerzas ucranianas resistieron, reorganizaron sus líneas y obligaron a Rusia a replegarse de amplias zonas del norte.
Desde entonces, el frente se mueve lentamente. Las ofensivas existen, pero rara vez producen cambios espectaculares en el mapa. En muchos sectores, las posiciones se disputan durante semanas para ganar apenas unos kilómetros.
Esta lentitud no significa ausencia de violencia. Al contrario. La guerra en Ucrania se ha convertido en uno de los conflictos más intensos de las últimas décadas en Europa. La artillería sigue teniendo un papel central. A ello se suman los ataques con misiles y, sobre todo, el uso masivo de drones.
Estos pequeños artefactos —baratos, relativamente fáciles de producir y capaces de operar en enjambres— han transformado la forma de combatir. Rusia produce miles de drones de ataque al mes, muchos basados en diseños iraníes, mientras Ucrania ha desarrollado su propia industria de drones militares para reconocimiento y ataque.
La guerra también ha revelado una paradoja militar que pocos anticipaban. Rusia posee una fuerza aérea mucho mayor que la de Ucrania. Sin embargo, no ha logrado establecer superioridad aérea completa.
El resultado es inusual en guerras contemporáneas: ninguno de los dos bandos controla plenamente el espacio aéreo.
Mientras tanto, la guerra también transforma la política en Moscú y en Kiev.
En Rusia, el poder se concentra cada vez más en torno al Kremlin. Vladimir Putin gobierna mediante un sistema fuertemente centralizado, apoyado en los aparatos de seguridad y con escaso espacio para oposición real.
Ucrania vive una situación distinta. El país está bajo ley marcial desde el inicio de la invasión, lo que impide legalmente celebrar elecciones mientras dure la guerra. Sin embargo, el gobierno y los principales partidos de la oposición alcanzaron un acuerdo para posponer los comicios hasta que termine la ley marcial.
Ese contraste refleja dos realidades políticas diferentes. Mientras el poder en Rusia se concentra cada vez más en torno a una figura, Ucrania sigue funcionando como un sistema político que —incluso bajo presión extrema— mantiene espacios de debate y negociación.
Después de cuatro años de combates, la guerra se define por algo más difícil de medir: la capacidad de cada sociedad para sostener el esfuerzo durante más tiempo que su adversario.

