Medio Oriente

Irán lanzó más de 150 misiles con bombas de racimo contra Israel

Escrito por Gustavo

Un ataque diseñado para dispersar miles de submuniciones sobre áreas urbanas vuelve a poner en primer plano una de las armas más controvertidas de la guerra moderna.

Una bomba cae y explota. Una bomba de racimo cae… y se multiplica. Esa es la diferencia. Y esa es la razón por la que el último ataque iraní contra Israel ha encendido una alarma particular.

Según evaluaciones del ejército israelí, más de 150 misiles balísticos lanzados por Irán incluían ojivas con municiones en racimo, un tipo de armamento diseñado para abrirse en el aire y dispersar múltiples explosivos sobre amplias superficies.

No es un arma pensada para un blanco puntual. Es un arma pensada para cubrir zonas enteras. Y cuando esas zonas incluyen ciudades, el riesgo para la población civil se multiplica.

Las bombas de racimo funcionan de una manera sencilla y peligrosa. El misil libera una ojiva que se abre durante el descenso. Dentro de ella hay múltiples submuniciones —pequeños explosivos independientes— que se dispersan sobre el terreno.

La información disponible indica que cada misil podría transportar alrededor de 20 submuniciones, con aproximadamente 3 kilogramos de explosivo cada una.

Si se toma como referencia el lanzamiento de más de 150 misiles, el ataque podría haber implicado la dispersión aproximada de 3.000 submuniciones explosivas. En términos de peso, esto representa cerca de 9 toneladas de explosivo distribuidas en miles de pequeñas cargas.

A diferencia de un misil convencional que impacta un objetivo concreto, este tipo de armamento satura áreas completas, lo que aumenta el peligro cuando se utiliza cerca de zonas pobladas.

El problema de las bombas de racimo no termina cuando caen. Muchas submuniciones no detonan al impactar y quedan en el terreno como pequeños artefactos activos.

Diversos estudios internacionales muestran que las tasas de fallo pueden situarse entre el 5% y el 30%, dependiendo del modelo y de las condiciones del terreno.

Aplicado a este ataque, eso podría significar alrededor de 150 submuniciones sin detonar en el escenario más bajo y hasta unas 900 en el escenario más alto. Cada una de ellas puede permanecer activa durante años, funcionando de hecho como una mina improvisada.

Según informes iniciales, muchos de los misiles impactaron en zonas civiles del centro de Israel. El 10 de marzo de 2026, uno de los ataques causó dos muertos en una obra de construcción, en uno de los primeros casos confirmados de víctimas mortales por este tipo de armamento en el conflicto actual.

El uso de municiones diseñadas para cubrir grandes superficies en entornos urbanos multiplica inevitablemente el riesgo para la población civil.

Las bombas de racimo llevan décadas generando controversia internacional. Su origen moderno suele situarse en la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi desarrolló las primeras municiones de dispersión aérea para atacar concentraciones de tropas y vehículos.

Décadas más tarde, este tipo de armamento reapareció a gran escala durante la guerra de Vietnam. Estados Unidos utilizó millones de submuniciones en operaciones aéreas en Vietnam, Laos y Camboya, dejando vastas áreas contaminadas con explosivos sin detonar durante décadas.

Estas experiencias históricas explican por qué, en 2008, más de 100 países firmaron la Convención sobre Municiones en Racimo, un tratado internacional que prohíbe su uso, producción y almacenamiento.

Sin embargo, ni Irán ni Israel forman parte de ese tratado. El derecho internacional humanitario sigue exigiendo a todas las partes en un conflicto distinguir entre objetivos militares y población civil y evitar ataques indiscriminados.

Las armas diseñadas para dispersar explosivos sobre grandes áreas en entornos urbanos plantean precisamente ese dilema.

Porque las bombas de racimo no solo explotan en el momento del impacto. Muchas veces siguen matando años después.

Las bombas de racimo no tienen ideología.

Pero en muchas guerras han terminado diciendo algo sobre quienes las usan.

Y casi siempre dicen lo mismo: huelen a desesperación.

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Gustavo

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