Europa

La estatua, la intifada y la memoria frágil de Europa

Escrito por Gustavo

La estatua de Winston Churchill amaneció vandalizada en Londres con consignas contra Israel. No es el primer monumento atacado ni será el último. Pero conviene detenerse un momento antes de despacharlo como un episodio más del clima inflamado que rodea al conflicto en Medio Oriente.

Porque no fue un acto contra una política puntual. Fue un gesto contra una legitimidad.

Churchill no gobierna Israel. No decide operaciones militares. No participa de negociaciones. Es, ante todo, el símbolo británico de la resistencia frente al nazismo. Que su figura sea utilizada como lienzo para acusar al Estado judío de “genocidio” y para llamar a “globalizar la intifada” no es una casualidad estética. Es un mensaje.

El conflicto ya no está “allá”. Está acá.

Cuando el lenguaje se vuelve absoluto

La palabra “genocidio” no es un adjetivo fuerte. Es una categoría jurídica creada después de Auschwitz. Implica intención deliberada de destruir a un pueblo. Usarla como consigna automática vacía el término y, al mismo tiempo, coloca al acusado fuera del campo de lo discutible.

Cuando una sociedad empieza a usar palabras absolutas para describir conflictos complejos, deja de debatir y comienza a condenar.

Eso no es nuevo en Europa.

En la década del treinta, el deterioro no comenzó con trenes hacia el este. Comenzó con frases repetidas hasta volverse normales. “El judío es culpable”. “El judío es el enemigo”. No eran argumentos. Eran etiquetas morales totales.

Goebbels escribía en 1933 que el judío debía ser eliminado de la vida alemana. No hablaba aún de exterminio físico. Hablaba de exclusión moral. Primero se lo convirtió en problema esencial; después, en objetivo.

La Shoá no nació de un estallido irracional. Nació de una narrativa sostenida.

La inversión cómoda

Hay algo particularmente inquietante en la consigna “Never Again is now”. “Nunca Más” fue la promesa europea tras el exterminio. Convertir esa memoria en arma contra el único Estado judío del mundo es una inversión que permite algo psicológicamente cómodo: desplazar la culpa histórica.

Si el judío vuelve a ser presentado como encarnación del mal, la historia se reorganiza. Ya no es víctima. Es culpable.

Ese mecanismo no requiere odio explícito. Requiere convicción moral.

Y cuando la acusación es total —“Estado genocida”, “criminal por definición”— ya no se discuten decisiones. Se cuestiona el derecho mismo a existir.

“Globalizar la intifada”

No se trata de una consigna inocente. La intifada incluyó autobuses explotados y civiles asesinados en cafés. Convertirla en eslogan exportable no es pedir un debate en el Parlamento británico. Es trasladar el conflicto al espacio interno de las democracias europeas.

Eso también tiene historia.

En los años treinta, muchos creyeron que las marchas, los boicots y las pintadas eran desahogos políticos. No lo eran. Eran ensayo cultural. El terreno se preparaba.

Nadie sugiere que Europa esté al borde de repetir 1938. Las instituciones son otras, el contexto es distinto. Pero el patrón retórico es reconocible: acusación absoluta, deslegitimación total, normalización del lenguaje extremo.

La historia no se repite copiando fechas. Se repite cuando las sociedades dejan de percibir los deslizamientos.

Lo que realmente está en juego

Una estatua puede limpiarse en pocas horas. Lo difícil es limpiar el clima intelectual que hace que ciertas palabras suenen razonables.

Cuando el conflicto israelí deja de discutirse en términos políticos y empieza a formularse en términos morales absolutos —cuando se transforma en lucha contra el mal encarnado— el problema deja de ser diplomático.

Se vuelve cultural.

Europa prometió que el antisemitismo no volvería a camuflarse con ropaje respetable. La pregunta no es si este acto aislado lo confirma. La pregunta es si el lenguaje que lo acompaña empieza a parecer normal.

Y cuando algo empieza a parecer normal, la historia aconseja prestar atención.

No por alarmismo.

Por memoria.

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