La dictadura imaginaria o cuando las palabras pierden su peso
La escena no tuvo dramatismo. Fue, precisamente por eso, más inquietante.
Un encuentro casual en la calle. Saludos, comentarios sobre el clima político y esa conversación interminable que en el Río de la Plata ocupa el lugar que en otras latitudes ocupa el clima real.
Y entonces, con la naturalidad con la que se menciona una fecha o una efeméride, mi amigo comienza una frase:
—Durante la dictadura de Perón…
No fue una provocación. Fue una afirmación tranquila.
Lo interrumpí.
—¿Qué dictadura?
No hubo titubeo. Me explicó, con paciencia didáctica, que se trató de años terribles, de opresión, de persecuciones.
La palabra “dictador” flotaba en el aire como una verdad asumida.
En ese instante comprendí que el problema no era histórico. Era metafísico.

Juan Domingo Perón fue elegido en 1946, reelegido en 1951 y volvió al poder por elecciones en 1973.
Podrá discutirse su estilo, su vocación hegemónica, su relación conflictiva con la oposición.
Pero jamás podrá discutirse su elección por voluntad pupular, aquello de que las urnas hablan y mandan.
Pero una dictadura, en términos formales, es otra cosa.
Argentina conoció una con precisión quirúrgica entre 1976 y 1983, bajo la junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla.
Allí no hubo elecciones, pieza fundamental en la definición de dictadura.
Y además hubo censura, desapariciones, terror sistemático.
La palabra tiene peso.
O lo tenía.
Mi amigo no ignoraba los hechos; los desplazaba.
Había sustituido la definición por la sensación.
Por “su” sensación.
La palabra “dictadura” ya no describía una estructura institucional sino una antipatía moral. Era una condena emotiva, no una categoría histórica.

Vivimos en una época donde la intensidad suplanta al archivo. Donde el algoritmo recompensa la indignación y castiga la precisión. Las redes no nos mienten: nos simplifican.
Nos entregan versiones comprimidas de la realidad, listas para ser adoptadas como propias.
Y cuando una versión se repite lo suficiente, adquiere la textura de la memoria.
Lo inquietante no es el error. Es la certeza.
La seguridad con la que se pronuncian las palabras más graves.
La facilidad con la que se invoca una “dictadura” sin advertir que, al hacerlo, se diluye la experiencia histórica de quienes realmente la padecieron.
Si todo es dictadura, nada lo es.
Si cada adversario es un tirano, el tirano auténtico se vuelve una figura decorativa.
Tal vez la tragedia contemporánea no sea la mentira organizada, sino la convicción automática.
Esa forma de fe laica que convierte cualquier fragmento leído en un dogma personal.
Antes, la ignorancia se sospechaba; hoy se afirma con seguridad pedagógica.
Mientras caminaba, pensé que hemos perfeccionado una forma inédita de ficción: la realidad adaptada al temperamento del lector.
Cada cual edita el pasado hasta que encaje con su indignación presente.
Y así, sin decretos ni tanques, sin censura oficial ni policía secreta, asistimos a una inversión silenciosa: la palabra deja de obedecer al hecho.
Debe entenderse que no discutíamos sobre Perón ni el peronismo.
Discutíamos sobre el derecho de las palabras a significar algo.
Y sospeché que el verdadero autoritarismo de nuestra época no proviene del Estado, sino del lenguaje degradado. Cuando las palabras pierden su precisión, la memoria pierde su defensa.
En la vereda no hubo vencedor.
Solo una constatación discreta: la historia, en el siglo XXI, ya no necesita ser falsificada.
Basta con ser adjetivada.
A.P.

