Hay una regla de oro que no figura en ningún manual de estilo. No está en el de la BBC, ni en los códigos deontológicos de Televisión Española, ni en los estatutos de la televisión pública francesa, y sin embargo se cumple con precisión de reloj suizo: para que un muerto le importe a un telediario de Londres, Madrid, París o Atlanta, tiene que haber un judío del otro lado del mostrador. Sin judíos no hay cámaras, no hay enviado especial con chaleco antibalas poniendo cara de pesar frente al micrófono, no hay flotilla solidaria con pasajeros que ensayan la frase para la foto. No hay noticia. No Jews, no news.
Durante años, el que señalaba esta obscenidad se encontraba con la misma escena: los sacerdotes del periodismo “objetivo” se ofendían, juntaban las manos y hablaban de sensibilidad humanitaria, como si la sensibilidad fuera una virtud que se ejerce con puntería. Hasta que a alguien se le ocurrió dejar de discutir percepciones y se puso a contar con un cronómetro. Y cuando la hipocresía pasa por la estadística, no queda debate. Queda vergüenza ajena, que es lo único que los editores no pueden desmentir con un comunicado.
Los números, entonces, que no entienden de consignas universitarias.
En España, la consultora GECA audita todos los años el “minutado” televisivo. En el balance de 2025 cronometró 832.000 minutos de emisión en las principales cadenas, con los Telediarios de TVE a la cabeza, y el conflicto entre Israel y Gaza salió quinto entre los temas más tratados de toda la televisión española. De toda, no de la sección internacional: ahí, codo a codo con los escándalos domésticos de la política madrileña, que se ve que a la hora de pelear por la pantalla son rivales de poca monta. Fueron 24.782 minutos, más de 413 horas para un territorio del tamaño de una provincia chica. Y Benjamin Netanyahu, primer ministro de un país de nueve millones de habitantes a cuatro mil kilómetros de Madrid, fue la décima persona con más horas de pantalla en España: 13.166 minutos, 219 horas. Hay presidentes de gobierno que dan menos tiempo de audiencia a su propia familia.
Ahora mirá lo que le tocó a la invasión rusa a Ucrania, una guerra de trincheras a gran escala en suelo europeo, con medio millón de bajas entre muertos y heridos. Puesto 13, con la mitad del tiempo que Medio Oriente. De África ni hablemos, porque ni Sudán, ni el Congo, ni las matanzas del Sahel llegaron siquiera a la lista de los treinta temas del año. Si te masacran en Jartum o en Kivu del Norte tenés el mal gusto de morirte sin valor editorial, que es como morirse dos veces.
Uno podría pensar que es un vicio ibérico. Pero la BBC, que se vende como faro moral de Occidente, está peor, y ese faro, al parecer, solo ilumina en una dirección.
En agosto de 2026 se publicó el estudio Center of Attention, dirigido por el investigador Jeremy Musighi, que procesó con la base global GDELT y el Internet Archive 14,6 millones de artículos y las transcripciones minuto a minuto de BBC News y CNN durante una década. Durante todo un año, Israel ocupó el 6,0 % del tiempo de aire total de la BBC. Hagan la cuenta: uno de cada diecisiete minutos, las veinticuatro horas, incluyendo el clima en Gales, la Premier League, la inflación y la familia real, dedicado al Estado judío. Que alguien le avise al pronóstico de Gales que lo están compartiendo con Jerusalén. En el mundo entero, sin contar la prensa israelí, una de cada cincuenta noticias lo tuvo de protagonista. En nueve de los últimos diez años, un país con el 0,1 % de la población mundial y menos del 0,02 % de la superficie terrestre ocupó el primer lugar en cobertura internacional per cápita. La única excepción fue 2022, cuando los tanques de Putin cruzaron la frontera ucraniana y le arrebataron el cetro, y por poco tiempo.

Mientras la BBC, la CNN y Deutsche Welle saturaban el éter con cada metro cuadrado de Gaza, en Sudán estaba ocurriendo la peor catástrofe humanitaria de lo que va del siglo: más de 13,6 millones de desplazados, hambruna declarada oficialmente, y carnicerías como la caída de El Fasher a fines de 2025, donde las milicias mataron a más de 6.000 civiles en setenta y dos horas. Sudán recibió, según los registros de GDELT, el 0,06 % del tiempo de antena de las grandes cadenas occidentales. Cien veces menos que Israel. Con ese porcentaje, ni el parte meteorológico de un pueblo chico se queda tan corto.
Y alguien se tomó el trabajo de ponerle precio a la diferencia. Cruzando el Tyndall Report con el monitor War Costs se puede calcular cuántas muertes hacen falta para comprar un 1 % de cobertura en los noticieros occidentales, una especie de lista de precios del dolor ajeno. Si el conflicto involucra a Israel, bastan entre 59 y 3.300 muertos, según el momento del año: oferta de temporada. En la invasión rusa a Ucrania, ese mismo 1 % exige 33.000, diez veces más caro. En Sudán o en Somalia, entre 100.000 y 125.000 muertos antes de que un productor se digne a darles aire. Y en Tigray, Etiopía, donde murieron alrededor de 600.000 personas ante el silencio de las redacciones europeas y norteamericanas, la proporción equivale a 6.000.000 de muertos africanos para empatar ese mismo 1 %. En la bolsa de la BBC, la CNN o TVE, un cadáver africano cotiza cientos de veces menos que uno de Gaza, y uno ucraniano, diez. Ningún analista financiero se atrevería a presentar un mercado tan manipulado.
Algún defensor del sistema va a decir que Israel tiene prensa libre y los corresponsales trabajan ahí cómodos, que Jerusalén es santa para media humanidad, que es aliado de Washington. Está bien, algo de eso pesa. Pero Kiev, bajo misiles que cayeron hasta sobre los hoteles de los periodistas, vale la décima parte, y un país entero en llamas como Sudán vale cien veces menos. Ni la comodidad logística, ni el lugar sagrado, ni la alianza militar alcanzan para explicar una distancia de cien a uno. Si el criterio fuera la comodidad del corresponsal, Kiev y Jartum tendrían que agradecer que los periodistas no les cobran el hotel. Eso no es geografía. Es dónde se posa la mirada.
El Instituto Nacional del Audiovisual de Francia terminó de confirmarlo. Midió las emisiones de la televisión pública francesa, France Info TV incluida, y encontró que tras el cese al fuego de octubre de 2025 las menciones a Gaza cayeron un 92 % hacia mediados de 2026. Cuando callan las armas, dirán, baja la noticia. Puede ser. Pero esos minutos liberados no fueron a Darfur, donde la gente seguía muriéndose de hambre, ni a ninguno de los diez conflictos africanos que el informe Breaking the Silence, de CARE International, vuelve a listar este año como los más ignorados del planeta. Se evaporaron, nomás. Cuando Gaza dejó de servir de garrote diario contra Israel, la vida cotidiana de los palestinos dejó de interesarle a casi todos esos canales de un día para otro. La solidaridad, vista de cerca, resultó un servicio con horario de atención.
Los números de GECA, de GDELT y del INA no descubren nada que no supiéramos, pero le ponen sello notarial a la farsa. A las grandes cadenas no les quita el sueño el sufrimiento de los civiles, ni el derecho internacional, ni los chicos bajo los escombros. Si les importaran los chicos, sabrían pronunciar el nombre de las ciudades de Sudán y del Congo, que no es tan difícil, ya aprendieron a deletrear Rafah. Lo que les interesa es quién aprieta el gatillo, y cuando del otro lado no está el Estado judío para señalarlo con el dedo y sentirse moralmente superiores durante el informativo de las nueve, apagan la cámara, guardan el micrófono y pasan a los deportes, que por lo menos ahí el árbitro sabe quién tiene la culpa.
No Jews, no news.

