Mundo

El que pide recibos

Escrito por Gustavo

Brecha salió esta semana con su portada de cabecera: Rony Kaplan, el uruguayo-israelí que hoy es vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel. “El emprendedor” es el título de una nota que rastrea los millones que supuestamente sostienen la diplomacia pública del Estado hebreo, a la que el semanario prefiere llamar, por supuesto, propaganda.

Rastrear dinero es una tarea legítima del periodismo. Lo que importa es a quién se lo aplica y a quién se lo ahorra.

Hoy hay más de cincuenta conflictos armados activos en el mundo. En Sudán se cometen masacres a cielo abierto. En el Congo, la violencia financia los minerales de nuestros teléfonos. Ninguno de esos dramas ha merecido, en la prensa progresista local, el despliegue de tinta, portadas e indignación que se reserva para un solo Estado. La indignación es un recurso escaso y se raciona, y parece que solo vale la pena cruzar el océano cuando el destino es Jerusalén.

Hasta ahí, un sesgo. Lo que lo vuelve un problema es la vara con que se mide.

Brecha exige transparencia financiera a una empresa privada, a un vocero y a un Estado. Es su derecho, y también el nuestro evaluar con qué autoridad lo hace. El semanario se sostiene, entre otras vías, con el aporte de lectores y simpatizantes que llama “mecenas”. Es una fórmula noble, pero deja sin responder lo esencial: quiénes son, cuánto aportan y qué esperan a cambio. Quien convierte la auditoría ajena en género periodístico asume, de hecho, la obligación de someterse a la propia.

Nadie está afirmando que haya intereses oscuros detrás. Lo que se afirma es más simple y más difícil de rebatir: no hay forma de saberlo. Y un medio que dedica su prestigio a reclamarle cuentas claras a otros no puede pedir, para sí, el beneficio de la confianza que les niega.

Si los recibos de los demás son noticia, los propios no pueden ser un asunto privado. Exigir transparencia desde la opacidad no es periodismo de investigación. Es un doble estándar, y de los más cómodos.

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Gustavo

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