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Marchan el día después. Son unos hijos de Goebbels.

Escrito por Gustavo

Hoy, 8 de octubre, una coalición que se presenta como defensora de la causa palestina sale a marchar por Montevideo. De todos los días del calendario, eligieron este. Será casualidad, como tantas otras. La fecha no recuerda ningún hito de la breve historia del pueblo palestino. Es, simplemente, el día después del 7 de octubre, la jornada en que fueron asesinados más judíos desde el Holocausto.

Elegir el 8 de octubre no es un descuido de calendario. Es una declaración. Quienes convocan, con Mirza al frente de la Coordinadora por Palestina en Uruguay, no marchan contra una política concreta del gobierno israelí ni contra Netanyahu. Marchan pegados al aniversario de una masacre, y cuando una coincidencia se repite, deja de serlo y pasa a ser un mensaje. Uno imagina la reunión de organización: el 6 llovía, el 9 había feria, y el 8 quedaba libre.

Se suma el Frente Amplio, partido de gobierno, con Fernando Pereira a la cabeza, aunque el presidente de la República no ha fijado posición. Tiene todo el derecho a hacerlo, pero lo hace por cálculo político y no por convicción ideológica. Se suma también el PIT-CNT, encabezado por Marcelo Abdala, y también tiene derecho a defender causas en otros países. Lo que no puede es pretender que cada uno de sus afiliados comparta esas ideas. Esos trabajadores pagan una cuota mensual para que el sindicato defienda sus salarios y sus condiciones de trabajo, no para financiar posturas políticas que nadie les consultó. Sus dirigentes son libres de opinar lo que quieran. Costear esas opiniones con el dinero de los trabajadores es otra cosa. Con tanto tiempo libre para la geopolítica, les vendría bien ocuparse un poco más de los salarios de los más débiles, que es, al fin y al cabo, la razón de ser de un sindicato.

Es probable que muchos de los que marchen lo hagan de buena fe, convencidos de que defienden una causa justa. Pero basta pedirles que definan qué es el sionismo para que esa certeza se desarme. Sería el examen oral más corto de la historia. Casi ninguno ha conversado alguna vez con un palestino, y eso que, según dicen, es su causa. Lo que conocen es propaganda, y parte de ella viene con sello de garantía moral: israelíes antisionistas que recorren el circuito de entrevistas con el libreto aprendido y el pasaje pago, para que los organizadores puedan decir “esto lo dice un judío”, como si un pasaporte cerrara la discusión. La misma lógica que convierte en autoridad moral al judío que critica a Israel convierte en sospechoso al judío que lo defiende. Eso no es coherencia, es conveniencia.

Hay además una contradicción que prefieren no mirar. Un judío que vive en Israel, protegido por sus leyes, su ejército y su pasaporte, es beneficiario del proyecto sionista, lo reconozca o no. Si camina como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, es un pato. Los judíos a quienes hoy aplauden también son sionistas, por más que no quieran llamarse así.

Conviene recordar, también, que muchos de los que dicen estar contra Netanyahu y no contra Israel son los mismos que se oponían al Estado de Israel cuando gobernaban Isaac Rabin o, antes, Golda Meir y Shimon Peres. Cambia el nombre en el cargo, no la condena. Y no hay en Uruguay un solo izquierdista más izquierdista que ellos. Meir y Peres vivieron en kibutzim, y los tres no solo predicaron el socialismo: lo practicaron, ese socialismo que hoy no practican quienes dicen ser socialistas. Basta mirar a la izquierda de América Latina y de Europa, con España como ejemplo, para ver una izquierda secuestrada por quienes la usan como trampolín al poder y jamás la vivieron. En Estados Unidos ocurre algo parecido: no gobierna la izquierda, pero un sector del Partido Demócrata aplaude todas estas causas, y está financiado por Qatar.

Lo que queda, entonces, no es una marcha pro-palestina, ni antiderecha, ni anticolonialista. Es una fecha elegida con precisión, dirigentes de primera línea prestando su nombre y una multitud que no puede sostener un debate mínimo, porque detrás de la consigna no hay nada, salvo la repetición de sus propias mentiras. Pancartas sobran, argumentos faltan. Eso no es activismo. Es la forma contemporánea de un antisemitismo que ya conocimos en otro siglo y bajo otra bandera.

Uno se pregunta qué habrían hecho esos mismos que hoy marchan la noche de los cristales rotos. Quizás habrían elegido la fecha del día siguiente, con la misma convicción y el mismo desconocimiento de lo que estaban aplaudiendo.

No son hijos de la causa palestina. Son hijos de Goebbels con otro disfraz.

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Gustavo

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