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Más vale mal acompañado que solo

Escrito por Gustavo

Hay un viejo refrán que dice que más vale solo que mal acompañado. A Israel se lo podría dar vuelta: está mal acompañado, y sin embargo, solo no puede.

Estados Unidos sigue siendo su aliado principal, su respaldo militar y diplomático más importante, y en demasiadas ocasiones la única potencia dispuesta a entender que un país amenazado de destrucción no puede defenderse solo hasta el punto en que su defensa incomode a los demás. Pero hoy Estados Unidos lo conduce Donald Trump, capaz de amenazar con destruir al enemigo por la mañana, buscar un acuerdo por la tarde y anunciar por la noche que todo quedó solucionado. Israel depende de un presidente que convierte con demasiada facilidad la estrategia en negociación personal, y cuando la supervivencia está en juego, la imprevisibilidad del amigo puede resultar casi tan peligrosa como la previsibilidad del enemigo.

Pakistán acaba de dar un ejemplo difícil de superar. Su ministro de Defensa, Khawaja Asif, calificó a Israel de Estado ilegítimo, lo vinculó con la Declaración Balfour y reclamó un frente militar musulmán unido contra él. No es un predicador perdido en una mezquita de provincia: es el ministro de Defensa de una potencia nuclear, y encima el mismo Pakistán al que Washington usa como intermediario de confianza en las negociaciones con Irán. Días atrás, Pakistán, Turquía y Arabia Saudita firmaron un pacto de defensa mutua: un ataque contra uno será considerado un ataque contra los tres. Israel tiene que aceptar que uno de los canales elegidos para hablar de su futuro tiene, del otro lado, a alguien que le niega el derecho a existir.

Europa ofrece otra versión del mismo desamparo. España está gobernada por Pedro Sánchez, cuyo entorno familiar y político lleva años cercado por procesos judiciales: su esposa Begoña Gómez irá a juicio por tráfico de influencias y malversación, su hermano fue condenado por prevaricación administrativa, y su ex ministro José Luis Ábalos, hombre de máxima confianza en su ascenso al poder, terminó condenado a 24 años de prisión. En ese mismo ecosistema aparece Pablo Iglesias, que trabajó como presentador para HispanTV, la televisión del régimen iraní, mientras una productora vinculada a él recibía, según un informe policial de la UDEF, millones de euros llegados desde Teherán a través de sociedades instrumentales con base en Dubái. El mismo Iglesias que acusó a las familias que elegían colegio privado de no querer que sus hijos convivieran con inmigrantes, gitanos o niños de familias trabajadoras, y que después, cuando le tocó a él, mandó a los suyos a uno privado. Pedro Sánchez tampoco necesita explicar demasiado qué lugar ocupa Israel en su política exterior: Irán ya lo hizo por él, cuando difundió imágenes de misiles con la foto del presidente español pegada al fuselaje, agradeciéndole por calificar la guerra de “ilegal” e “inhumana”. Nadie dice que Sánchez haya ordenado ese misil. Alcanza con que el régimen que lo dispara haya decidido que sus palabras merecían viajar sobre el arma.

Supongamos, ahora, que mañana desaparece la República Islámica. No Irán: Irán, gobernado por gente dispuesta a aceptar una regla elemental de convivencia, que puede organizar su sociedad como quiera siempre que no pretenda imponérsela al resto del mundo. ¿Se apaga la amenaza? No del todo. Sigue Turquía, con un Erdogan que empuja un proyecto neo-otomano poco amigable con Israel. Sigue Pakistán, con un ministro de Defensa nuclear que le niega la legitimidad. Y sigue ese pacto recién firmado con Arabia Saudita, que confirma algo más allá de sus intenciones declaradas: la amenaza no depende de un ayatolá puntual, sino de una manera de entender el poder que le sobrevive a cualquier régimen.

Ahí está la línea de verdad, y no es religiosa ni racial: de un lado, sociedades donde el individuo puede discutirle al poder, cambiar de religión, votar distinto, publicar en contra del presidente y sobrevivir para contarlo. Del otro, regímenes que creen tener acceso a una verdad revelada por encima de la voluntad de cualquier ciudadano, y que consideran legítimo someter o aniquilar a quien no se las acepta. Ahí entra el régimen iraní. Ahí entran los yihadismos. Ahí entra el islamismo político que gobierna con mano de hierro, y cuya primera víctima suele ser el propio musulmán que se niega a arrodillarse.

China y Rusia no pertenecen a esa tradición ni comparten sus valores democráticos. Tienen sus propios intereses y, en el caso de Moscú, una relación estratégica con Teherán que muchas veces lo coloca frente a Israel. Pero tampoco aceptarían que una teocracia religiosa les dictara cómo organizar sus sociedades. La línea de esta guerra, entonces, tampoco pasa exactamente entre Oriente y Occidente.

Jabotinsky desconfiaba de la supervivencia basada en el favor de los extraños. No rechazaba a los aliados: entendía que eran necesarios. Lo que rechazaba era entregarles la responsabilidad final por la existencia judía. Casi un siglo después, Israel vuelve al mismo dilema. Necesita a un Trump errático, a una Europa cómoda y a unos socios árabes con límites propios, sabiendo que ninguno le garantiza nada para siempre.

Más vale solo que mal acompañado, dice el refrán. Israel está aprendiendo una versión más cruel: mal acompañado, y sin embargo, solo no puede. Y lo más absurdo es que buena parte de los que deberían acompañarlo todavía no entendieron que Israel no está peleando solo por Israel.

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Gustavo

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