Mundo

Lindsey Graham, el senador que entendió que la libertad no se defiende sola

Escrito por Gustavo

Murió a los 71 años una de las figuras más influyentes del Senado estadounidense en política exterior. Conservador, militar, abogado y republicano, Graham defendió durante décadas una idea cada vez menos cómoda en Occidente: los pueblos libres necesitan aliados, poder y coraje para enfrentar a quienes quieren someterlos.

Lindsey Graham murió a los 71 años, tras una enfermedad breve y repentina. Con su muerte, Estados Unidos pierde a una de las voces más influyentes de su política exterior reciente. Y el mundo libre pierde a uno de esos dirigentes incómodos para una época que suele confundir prudencia con cobardía, diplomacia con parálisis y paz con rendición.

Graham no fue un político decorativo. Durante décadas ocupó un lugar reconocible en Washington: el del senador que creía que la libertad no se conserva por inercia, que las democracias no sobreviven por buena conducta y que los pueblos sometidos no necesitan discursos elegantes sino aliados reales.

Nacido en Carolina del Sur, Lindsey Olin Graham construyó su carrera desde una combinación poco frecuente: formación jurídica, servicio militar, oficio legislativo y una idea clara del papel de Estados Unidos en el mundo. Fue abogado de la Fuerza Aérea, sirvió en la reserva y alcanzó el rango de coronel. Antes de llegar al Senado, pasó por la Cámara de Representantes. En 2003 asumió como senador por Carolina del Sur, una banca que convirtió en plataforma de influencia nacional e internacional.

Su vida política atravesó presidencias, guerras, crisis internas y terremotos dentro de su propio partido. Fue republicano, conservador, aliado de Donald Trump en una etapa decisiva y, antes de eso, uno de sus críticos más duros. Esa relación ocupará muchos titulares, porque el periodismo político suele preferir el chisme de palacio a la pregunta de fondo. Pero Graham no se explica por Trump. Graham se explica por Graham.

Y Graham se explica, sobre todo, por aquello que eligió defender.

Defendió la idea de que Estados Unidos no podía retirarse del mundo sin dejar a otros pueblos a merced de los tiranos. Defendió la alianza transatlántica cuando muchos la daban por vieja, cara o innecesaria. Defendió a Ucrania frente a la invasión rusa cuando lo que estaba en juego no era solo una frontera, sino el derecho elemental de un país a no ser borrado por la fuerza. Defendió la presión contra Irán y contra el terrorismo islamista cuando buena parte de Occidente todavía insiste en creer que las amenazas desaparecen si se las pronuncia en voz baja.

No era una postura cómoda. Tampoco era una postura de moda. Era una postura adulta.

Graham pertenecía a una tradición política que todavía sabía distinguir entre una democracia imperfecta y una dictadura agresiva; entre un aliado discutible y un enemigo declarado; entre los errores de los pueblos libres y los crímenes sistemáticos de quienes quieren destruirlos. Esa distinción, que debería ser elemental, se ha vuelto casi revolucionaria en una época fascinada por las simetrías falsas.

Para Graham, Ucrania no era una causa lejana. Era el caso concreto de un pueblo que quería vivir libre frente a una potencia que pretendía decidir su destino con tanques, misiles y cementerios. Poco antes de su muerte, había vuelto a Kiev y seguía trabajando en nuevas sanciones contra Rusia.

Los saludos tras su muerte confirmaron la amplitud de ese reconocimiento. Volodímir Zelenski lo despidió como “un verdadero defensor de la libertad”. Mark Rutte, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, destacó su compromiso con la OTAN y la defensa de Ucrania. Cancilleres bálticos y europeos lo recordaron como un aliado firme de la seguridad transatlántica frente a Rusia. La congresista demócrata Debbie Dingell, desde la vereda política opuesta, lo recordó como “un amigo” y como un hombre bondadoso. No son detalles protocolares. Son el mapa de una vida política.

Graham entendía que la libertad no es una palabra de ceremonia. Necesita instituciones, soldados, alianzas, presupuestos, inteligencia, sanciones, memoria y coraje político. Sin memoria, las democracias vuelven a negociar con sus verdugos en nombre de la moderación. Sin coraje, descubren demasiado tarde que la neutralidad frente a la opresión casi siempre trabaja para el opresor.

Su relación con Trump mostró otra dimensión de su carácter. En la política estadounidense de los últimos años, muchos dirigentes confundieron lealtad con obediencia y cercanía con genuflexión. Alrededor del poder siempre abundan los cortesanos: esos funcionarios del amén que aplauden antes de entender y se inclinan antes de pensar. Graham, con todas sus contradicciones, no perteneció del todo a esa especie.

Con Trump tuvo choques duros, reconciliaciones visibles y alianzas decisivas. Durante la interna republicana de 2015, Trump lo atacó públicamente e incluso difundió su número de teléfono celular en un acto de campaña. Graham, por su parte, fue entonces uno de sus críticos más severos. Años después, se convirtió en uno de sus aliados más importantes en el Senado, especialmente en asuntos judiciales y de política exterior. Pero esa cercanía no significó renunciar al juicio propio.

Tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, Graham tomó distancia con una frase que marcó su límite político: “Count me out. Enough is enough”. También reconoció que Joe Biden y Kamala Harris habían sido electos legalmente. Más tarde criticó los indultos a quienes habían participado violentamente en aquel ataque, especialmente a quienes agredieron a policías. Y volvió a discrepar públicamente con Trump cuando consideró que se equivocaba en asuntos sensibles de la agenda conservadora.

Ese dato importa porque ayuda a distinguir dos formas de estar cerca del poder. Una es la cercanía del adulador, que obedece por reflejo. La otra es la cercanía del político con carácter, que acompaña cuando coincide y se planta cuando considera que el poder se equivoca. Graham no fue un rebelde permanente ni un purista de museo. Fue algo más raro: un aliado capaz de incomodar.

En política, sobre todo cerca de líderes dominantes, esa condición suele costar más que la enemistad abierta. El enemigo declarado es previsible. El aliado que todavía piensa por cuenta propia es mucho más difícil de domesticar.

Su estilo podía ser áspero. Sus frases podían incomodar. Sus posiciones podían generar rechazo incluso entre aliados. Pero había en su trayectoria una coherencia profunda: los pueblos libres deben reconocerse entre sí y sostenerse cuando son atacados. No por sentimentalismo. No por romanticismo. Por supervivencia moral y estratégica.

Los enemigos de la libertad suelen entender esto mejor que sus defensores. Por eso avanzan cuando ven cansancio, dudan cuando ven fuerza y celebran cada vez que una democracia decide que defenderse es demasiado caro, demasiado complejo o demasiado incómodo para explicarlo en televisión.

Graham no fue ingenuo sobre el mundo. Sabía que hay conflictos que no se resuelven con una sonrisa, amenazas que no se apagan con comunicados y dictaduras que no se moderan porque alguien les ofrezca una silla más elegante en la mesa. La historia del siglo XX ya explicó varias veces qué ocurre cuando las democracias confunden deseo con estrategia. La factura siempre llega. Y suele llegar con intereses.

Por eso su muerte importa más allá de Carolina del Sur, del Partido Republicano y de Washington. Importa porque desaparece una voz que defendió una idea clara: la libertad no se hereda intacta; se protege, se financia, se argumenta y, cuando hace falta, se defiende.

En una época que suele premiar la ambigüedad, Lindsey Graham eligió muchas veces la incomodidad de tomar partido. Y cuando el mundo se divide entre quienes luchan por vivir libres y quienes quieren decidir por ellos, tomar partido no es extremismo. Es decencia política.

Murió un senador estadounidense. Pero también murió un aliado de los pueblos libres que resisten la opresión. Y eso, en este tiempo, no es poco.

Acerca del Autor

Gustavo

Deje un comentario