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Regular las redes sociales: entre la persecución del delito, el riesgo de censura y la inutilidad del control absoluto

Algunos gobiernos sostienen que necesitan nuevas herramientas para combatir estafas, amenazas y contenidos ilegales en Internet. Entre ellos también existen gobernantes que ven en la regulación una oportunidad para ampliar su control sobre la conversación pública.

El problema comienza cuando esas iniciativas dejan de perseguir conductas concretas y empiezan a utilizar conceptos vagos como “desinformación”, “odio”, “información perjudicial”, “contenido dañino” o “daño social” para controlar opiniones, críticas e interpretaciones incómodas.

A esa amenaza contra la libertad se suma una realidad que suele ser ignorada por quienes prometen controlar las redes sociales: la legislación avanza lentamente, mientras que la tecnología cambia todos los días.

Cada nuevo bloqueo genera una alternativa. Cada filtro crea incentivos para modificar el lenguaje. Cada contenido eliminado puede reaparecer, en cuestión de minutos, en otra plataforma, otro servidor, otro país o bajo un formato diferente.

La censura digital no solamente amenaza la libertad. Como mecanismo de control absoluto, es técnicamente incompleta y está condenada a ser superada por nuevas vías de circulación.

Dos problemas completamente diferentes

La discusión sobre la regulación de las redes sociales suele mezclar dos cuestiones profundamente distintas: la persecución de delitos cometidos mediante Internet y el control de las opiniones, informaciones e interpretaciones que circulan en las plataformas digitales.

Las estafas, las amenazas, las extorsiones, las suplantaciones de identidad, la comercialización de productos robados, la venta de artículos falsificados, las infracciones a las normas sobre marcas, patentes y propiedad intelectual, la explotación sexual de menores, la trata de personas y otras conductas delictivas ya están prohibidas por las leyes de cada país.

El hecho de que esos delitos se cometan mediante un correo electrónico, Facebook, Instagram, TikTok, X, WhatsApp, Telegram o cualquier otra plataforma no modifica su naturaleza.

Una estafa continúa siendo una estafa aunque el contacto con la víctima haya comenzado en una red social. Una amenaza sigue siendo una amenaza aunque se publique en un comentario o se envíe mediante un mensaje privado. La venta de un producto robado no deja de ser ilegal porque se anuncie mediante una aplicación.

El problema principal, en esos casos, no suele ser la ausencia de legislación. Las dificultades aparecen al intentar identificar a los responsables, conservar pruebas digitales, determinar la jurisdicción aplicable y lograr que las autoridades investiguen con suficiente rapidez.

Ese problema debe ser enfrentado mediante mejores investigaciones, cooperación internacional, capacidad forense digital y procedimientos judiciales eficaces, no mediante el control general de las opiniones.

Los defensores de una regulación más estricta señalan correctamente que las plataformas poseen una capacidad de difusión que no existía en los medios tradicionales. Un contenido engañoso puede alcanzar a miles o millones de personas en pocos minutos, mientras sus autores pueden operar mediante identidades falsas, infraestructura extranjera o cuentas creadas específicamente para desaparecer después de una operación.

Por esa razón, resulta razonable exigir que las empresas tecnológicas respondan ante órdenes judiciales legítimas, conserven pruebas cuando exista una investigación, retiren materiales manifiestamente ilegales y colaboren con las autoridades en la persecución de delitos claramente tipificados.

Hasta ese punto, la discusión se refiere a aplicar la ley existente dentro de un nuevo entorno tecnológico.

El conflicto comienza cuando las normas dejan de hablar de delitos comprobables y empiezan a utilizar categorías amplias como “información falsa”, “desinformación”, “odio”, “contenido perjudicial” o “daño social”.

Esos términos pueden parecer razonables. El verdadero problema es quién recibe el poder de definirlos.

La diferencia entre probar un delito y calificar una opinión

Una amenaza concreta puede investigarse mediante pruebas, testimonios y procedimientos judiciales. Una estafa exige demostrar que existió un engaño destinado a obtener un beneficio indebido. La explotación de un menor, la extorsión y la trata de personas requieren establecer hechos, responsabilidades y víctimas.

En todos esos casos existe una conducta específica que debe ser probada.

En cambio, determinar qué información es “perjudicial” o qué opinión constituye “desinformación” puede depender de criterios políticos, culturales o ideológicos.

Esas categorías pueden extenderse con facilidad a comentarios sobre la actuación de los gobernantes, críticas a las condiciones de vida en un país, cuestionamientos a políticas públicas, denuncias sobre el funcionamiento de las instituciones o simples opiniones desfavorables sobre las autoridades.

Una persona puede afirmar que considera ineficiente a un gobierno, que se siente insegura en su ciudad, que una política económica ha perjudicado su vida o que una autoridad está actuando de manera incorrecta.

Nada de eso constituye necesariamente un delito.

Sin embargo, bajo una legislación ambigua, esas expresiones pueden ser calificadas como información dañina, contenido desestabilizador o desinformación.

El riesgo se vuelve evidente cuando el mismo poder político que recibe las críticas adquiere la facultad de decidir cuáles de esas críticas son falsas, perjudiciales o peligrosas.

En ese momento, una norma presentada como protección puede convertirse en un instrumento para borrar cuestionamientos, limitar investigaciones periodísticas, perseguir opositores, silenciar denuncias o imponer una versión oficial de los hechos.

El teléfono celular cambió por completo la circulación de información

Cualquier discusión seria sobre regulación debe comenzar por reconocer que Internet ya no es una actividad desarrollada principalmente desde computadoras instaladas en oficinas o viviendas.

El acceso es masivamente móvil.

Aunque millones de personas también utilizan computadoras, el teléfono se ha convertido en el dispositivo más extendido y permanente de acceso a Internet. Para una parte considerable de la población mundial, no es un medio complementario: es su principal o única puerta de entrada a la red.

Un teléfono moderno es al mismo tiempo una cámara, una grabadora, una sala de edición, un archivo, una pantalla de televisión, una imprenta y un medio de difusión.

Con ese dispositivo, una persona puede registrar un acontecimiento, editarlo y distribuirlo antes de que una autoridad haya tenido tiempo siquiera de conocer su existencia.

La censura tradicional fue diseñada para un mundo en el que existían pocos emisores. Un gobierno podía presionar a un periódico, cerrar una radio, controlar una imprenta o intervenir un canal de televisión.

El teléfono celular destruyó esa estructura.

Ahora existen millones de emisores potenciales. Cada ciudadano puede registrar una actuación policial, una declaración pública, una protesta, una situación de escasez, un abuso de autoridad o una contradicción gubernamental.

El poder ya no enfrenta únicamente a medios organizados. Enfrenta a una población equipada con cámaras, conexión permanente y capacidad de publicación inmediata.

Una imagen puede reproducirse antes de que llegue la orden de borrarla

En el mundo físico, retirar una publicación exige localizar sus ejemplares. En Internet, una sola copia puede reproducirse indefinidamente con un costo prácticamente nulo.

Una fotografía tomada desde un teléfono puede enviarse a un grupo de mensajería, publicarse en una red social, guardarse en la nube y aparecer en decenas de cuentas antes de que se elimine la publicación original.

Un video puede descargarse, fragmentarse, subtitularse, comprimirse o volver a publicarse con otro nombre.

Un texto puede transformarse en una captura de pantalla. Una grabación puede convertirse en una transcripción. Una publicación bloqueada puede reaparecer dentro de un documento, una imagen, un archivo de audio, un enlace temporal o un código QR.

Incluso cuando una plataforma elimina el contenido original, las copias pueden continuar circulando durante años.

Esto altera por completo la naturaleza de la censura.

Eliminar una publicación ya no significa eliminar la información. Significa, en el mejor de los casos, retirar una de sus copias.

La ley se mueve en años; la tecnología, en horas

Una norma puede tardar meses o años en ser discutida, aprobada, reglamentada y finalmente aplicada.

Durante ese tiempo, las plataformas modifican sus sistemas, aparecen nuevos servicios, cambian los algoritmos y los usuarios desarrollan otras maneras de comunicarse.

Cuando la regulación finalmente entra en vigor, muchas veces intenta controlar una realidad tecnológica que ya dejó de existir.

Una ley puede mencionar las redes sociales conocidas en el momento de su redacción. Poco después puede aparecer una plataforma nueva, una aplicación descentralizada o un sistema de mensajería con características completamente diferentes a las disponibles cuando la norma fue elaborada.

También pueden transformarse las herramientas ya existentes. Una aplicación creada para compartir fotografías puede incorporar transmisiones en vivo, mensajería privada, canales públicos, almacenamiento de archivos y sistemas de pago.

La ley permanece igual. La tecnología deja de ser la misma.

Esa diferencia de velocidad crea una desventaja estructural para cualquier intento de control generalizado.

El Estado necesita redactar normas, aprobar presupuestos, contratar personal, abrir expedientes y respetar procedimientos administrativos.

Los desarrolladores y los usuarios solamente necesitan descubrir una nueva forma de compartir información. Con frecuencia, eso sucede en cuestión de horas.

La parafernalia tecnológica disponible

Las alternativas para modificar la ruta de una conexión, cambiar la ubicación de un contenido o distribuirlo por otros medios son numerosas.

A disposición de los usuarios existen redes privadas virtuales o VPN, servidores proxy, navegadores basados en redes de anonimato como Tor, servidores privados virtuales o VPS, servicios de mensajería cifrada, cambios de DNS, sitios espejo, plataformas alojadas en el extranjero, almacenamiento distribuido y redes entre pares.

Ninguna de estas herramientas fue creada necesariamente para infringir la ley.

Las empresas utilizan VPN para permitir el trabajo remoto y proteger sus comunicaciones. Millones de sitios funcionan sobre VPS. Los servidores proxy se emplean para administrar redes. El cifrado protege operaciones bancarias, información médica, comunicaciones empresariales y conversaciones privadas.

Pero esa misma infraestructura permite modificar rutas, cambiar servidores, replicar contenidos y trasladar información fuera del alcance inmediato de una autoridad nacional.

Si un dominio es bloqueado, el contenido puede aparecer bajo otro nombre.

Si un servidor es retirado, una copia puede ser instalada en otra jurisdicción.

Si una cuenta es suspendida, el material puede difundirse desde otras cuentas o plataformas.

Si una aplicación deja de estar disponible, puede aparecer una versión web, un servicio semejante o un nuevo método de distribución.

Nada de esto significa que todos los ciudadanos utilicen esas herramientas ni que cada mecanismo sea imposible de bloquear.

Significa que no existe un único interruptor capaz de apagar la circulación de información.

Para controlar todas las vías posibles sería necesario vigilar proveedores de Internet, servidores, tiendas de aplicaciones, servicios de nube, sistemas de nombres de dominio, conexiones cifradas y dispositivos individuales.

Y aun así quedarían las comunicaciones directas, las redes privadas, las copias fuera de línea y las tecnologías que todavía no han sido desarrolladas.

No hace falta una herramienta sofisticada para alterar un mensaje

La evasión de los filtros no depende únicamente de VPN, VPS, proxies o redes descentralizadas.

En muchos casos alcanza con cambiar la forma del contenido.

Una palabra puede escribirse con números, símbolos o errores deliberados. Una frase puede convertirse en una imagen. Una denuncia puede expresarse mediante humor, metáforas o referencias indirectas.

Un video puede recortarse, acelerarse, reducirse o combinarse con otros elementos para evitar que coincida con la versión que intenta detectar un algoritmo.

Los usuarios aprenden rápidamente qué términos son castigados y comienzan a reemplazarlos por códigos reconocibles para su comunidad.

Cuando el sistema aprende un código, aparece otro.

Cuando reconoce una imagen, la imagen se modifica.

Cuando identifica un video, se altera el tamaño, la velocidad, el sonido o los subtítulos.

La tecnología no necesita derogar la ley para volverla ineficaz. Le alcanza con cambiar la forma en que circula la información.

Los algoritmos tampoco comprenden siempre el contexto

Los gobiernos suelen presentar la moderación automatizada como una solución sencilla: identificar determinado contenido y eliminarlo.

Pero los algoritmos no interpretan necesariamente el sentido completo de una publicación.

Un sistema puede confundir una denuncia con una defensa del delito. Puede interpretar una cita histórica como adhesión ideológica, una sátira como afirmación literal o una investigación periodística como promoción del contenido investigado.

Cuanto más amplia y ambigua sea la norma, mayor será la cantidad de errores.

El resultado es una combinación inevitable de falsos positivos y falsos negativos: se elimina material legítimo mientras parte del contenido que se pretendía bloquear continúa disponible.

Los sistemas automáticos también presentan una dificultad política. Permiten que la censura sea ejercida a gran escala sin que exista una decisión humana individual para cada publicación.

Un ciudadano puede perder una cuenta, una publicación o su acceso a una audiencia sin conocer con claridad qué norma infringió, quién tomó la decisión o ante quién puede apelar.

La ley es territorial; Internet es internacional

Las leyes nacionales se aplican dentro de fronteras concretas. Internet permite que una persona publique desde un país, utilice un servidor ubicado en otro y llegue a usuarios distribuidos por decenas de jurisdicciones.

¿Qué legislación debe aplicarse a una publicación realizada por un ciudadano extranjero, alojada en un servidor remoto y visible simultáneamente en múltiples territorios?

¿Qué ocurre cuando un contenido es ilegal en un país, pero está protegido por la libertad de expresión en otro?

¿Qué autoridad posee competencia para ordenar su eliminación mundial?

Los gobiernos pueden solicitar cooperación internacional o presionar a las grandes plataformas, pero esa capacidad disminuye cuando el servicio no tiene representación local o cuando la legislación del país donde está alojado protege el contenido.

En muchos casos, el Estado solamente puede dificultar el acceso desde su propio territorio.

El contenido no desaparece. Permanece disponible fuera del bloqueo y puede regresar mediante otras rutas.

La censura afecta primero al usuario común

Este es uno de los resultados más paradójicos de las restricciones digitales.

El ciudadano común utiliza las aplicaciones de manera directa. No configura servidores, no cambia rutas de conexión ni busca sistemas alternativos. Por esa razón, es quien queda sometido con mayor facilidad a bloqueos, filtros e identificaciones obligatorias.

El actor decidido a evadir las restricciones, en cambio, tiene incentivos para migrar hacia servicios privados, plataformas extranjeras, redes cifradas o sistemas descentralizados.

La regulación termina produciendo una desigualdad.

Las personas que cumplen las reglas pierden acceso, privacidad y capacidad de expresión. Los infractores más persistentes buscan otras formas de operar.

Cerrar una cuenta pública puede trasladar a sus integrantes hacia grupos privados. Bloquear una plataforma puede impulsar el uso de aplicaciones cifradas. Prohibir un dominio puede generar sitios espejo. Exigir identificación puede aumentar el uso de identidades ficticias, cuentas intermediarias o infraestructura extranjera.

La regulación no necesariamente elimina el problema. Puede expulsarlo de los espacios visibles y trasladarlo hacia lugares más difíciles de investigar.

Una carrera tecnológica interminable

Cada nueva restricción crea incentivos para desarrollar una respuesta.

El gobierno bloquea dominios; aparecen dominios alternativos.

Bloquea direcciones IP; los servicios cambian de infraestructura.

Exige identificación; aumentan las identidades ficticias y las cuentas intermediarias.

Detecta palabras; los usuarios modifican el lenguaje.

Retira una aplicación de una tienda; aparecen versiones web, instalaciones alternativas o servicios con funciones semejantes.

La regulación entra así en una carrera permanente contra la innovación.

La respuesta habitual del poder político ante el fracaso de una medida es reclamar una medida todavía más amplia: más identificación, más vigilancia, más responsabilidad para las plataformas, más bloqueos y más control sobre la infraestructura.

La ineficacia inicial se utiliza como argumento para ampliar el poder del Estado.

El precio lo pagan también las empresas pequeñas

Las grandes plataformas pueden contratar abogados, moderadores, especialistas en cumplimiento y sistemas automáticos de detección.

Las empresas pequeñas no siempre poseen esos recursos.

Una regulación compleja puede terminar fortaleciendo a las mismas compañías tecnológicas que dice combatir. Los gigantes pueden absorber el costo del cumplimiento, mientras las plataformas nuevas, los medios independientes y los pequeños emprendimientos quedan expuestos a obligaciones y sanciones que no pueden afrontar.

El resultado es una mayor concentración.

Las empresas establecidas sobreviven. Los competidores desaparecen. Los usuarios quedan dependientes de un número reducido de plataformas capaces de negociar directamente con los gobiernos.

La regulación puede terminar creando un sistema en el que pocas empresas deciden qué puede publicarse bajo la presión de pocas autoridades.

Lejos de democratizar Internet, ese modelo concentra el poder político, tecnológico y económico.

La alternativa no es una Internet sin ley

Reconocer la inutilidad del control absoluto no significa afirmar que Internet deba quedar fuera de la legislación.

Los delitos deben investigarse. Las víctimas deben recibir protección. Las plataformas deben colaborar ante órdenes judiciales legítimas y conservar pruebas en casos de estafa, amenazas, explotación de menores, extorsión, trata de personas y otras conductas claramente tipificadas.

Pero existe una diferencia fundamental entre perseguir al responsable de un delito y pretender controlar preventivamente toda la circulación de información.

La primera opción se concentra en conductas concretas y exige pruebas.

La segunda convierte a cada usuario en sospechoso, a cada plataforma en censor y a cada opinión incómoda en un posible objeto de vigilancia.

Una política eficaz debería fortalecer la investigación criminal, la cooperación internacional, la capacidad forense digital y la protección de las víctimas.

También debería exigir órdenes judiciales, establecer mecanismos de apelación y obligar a las plataformas y autoridades a explicar por qué retiran un contenido.

No debería basarse en la ilusión de que el Estado puede decidir qué información circula dentro de una red global, móvil y en transformación permanente.

La regulación puede dificultar, pero no puede borrar

La censura digital puede reducir temporalmente el alcance de una publicación. Puede dificultar su acceso para el usuario común. Puede obligar a una empresa a retirar una copia o bloquear una cuenta.

Pero no puede garantizar que la información desaparezca.

Mientras existan teléfonos celulares, capturas de pantalla, servidores distribuidos, cifrado, copias, plataformas extranjeras y capacidad para desarrollar nuevas herramientas, la información encontrará otras vías de circulación.

Para intentar cerrar todas esas vías, un gobierno tendría que identificar a los usuarios, inspeccionar comunicaciones, limitar programas, bloquear servicios extranjeros y vigilar permanentemente la infraestructura.

Es decir, tendría que transformar Internet en un sistema cerrado y supervisado.

La censura puede dificultar temporalmente la circulación de una información, pero no puede garantizar su desaparición sin convertir Internet en un sistema de vigilancia permanente.

La regulación absoluta solamente puede acercarse a su objetivo mediante una vigilancia igualmente absoluta.

Y aun así no alcanzaría un control completo.

Conclusión

Internet no se encuentra fuera de la ley. Pero aplicar la ley a las redes sociales no debería significar entregar al poder político la facultad de decidir qué ideas pueden circular.

Perseguir un delito exige demostrar una conducta concreta, una responsabilidad y un daño.

Controlar una opinión puede depender únicamente de cómo la interprete quien gobierna.

A ello se suma una realidad técnica imposible de ignorar: miles de millones de personas poseen dispositivos capaces de registrar, copiar, transformar y distribuir información instantáneamente.

La ley avanza lentamente. La tecnología se adapta.

El Estado bloquea una publicación. Los usuarios conservan cien copias.

Elimina una cuenta. El contenido aparece en otras plataformas.

Cierra un dominio. La información cambia de servidor.

Prohíbe una palabra. La sociedad inventa otra manera de expresarla.

La censura no elimina la información. La desplaza.

No destruye la tecnología. La obliga a transformarse.

No detiene la comunicación. La vuelve más opaca.

Y en ese proceso, quien más pierde no suele ser el delincuente decidido a evadir la ley, sino el ciudadano común que desea informarse, opinar y expresarse libremente.

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Atlántico Pacífico

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