Comunidades Plus, el medio que dirige con oficio Natalio Stainer, publicó una noticia que pide a gritos algo más que el pataleo de ocasión en redes sociales. No traigo esto para robarles la primicia, sino para usarla como bisturí sobre un paciente que hiede a cobardía estatal.
Llega a ser tierno ver cómo la justicia alemana se desgarra las vestiduras por los derechos humanos. Teniendo toda la maldita geografía de Hamburgo a disposición, los jueces tuvieron el exquisito tacto de habilitar un campamento antiisraelí justo en el parque Moorweide. Suena a pulmón verde para pasear al perro, claro. Pero en 1941, ese mismo pasto era la sala de espera del exterminio. Ahí amontonaban a los judíos antes de tirarlos en trenes de ganado hacia la muerte. Hay que reconocerles la coherencia: ochenta años después, firman los papeles para que acosarnos tenga sello oficial y parezca un simple trámite administrativo.

Si hay que repartir culpas, el primer puesto no es para los que clavan las estacas de las carpas. Es para los tipos de toga. Esos magistrados, a los que se les presupone capacidad para distinguir entre libertad de expresión y libertinaje institucional, actúan hoy como socios garantes del odio. Tienen la obligación de entender que prohibir la infamia también es impartir justicia, sobre todo para garantizarnos a los judíos el derecho a no fumarnos estas agresiones en la cara. Habilitar este circo sobre las cenizas de la Shoá no es defender un derecho cívico. Es avalar un acto nazi. Y dejémonos de eufemismos de diseño. No hablo de universitarios confundidos ni de neonazis de cotillón. Es nazismo puro, duro y con fallo a favor.
Lo que acaban de legalizar se parece bastante más a un homenaje a los matones de la Cervecería de Múnich que a una vigilia por los oprimidos. Dándole a esta provocación una pátina legal, vuelven a acomodar a Alemania, con una naturalidad que asusta, exactamente del lado equivocado de la historia.

No seamos idiotas creyendo que esto es pura indignación popular espontánea. Los campamentos no brotan del asfalto por arte de magia. Esta maquinaria pide a gritos billetes. Hablamos de miles de banderas impecables que huelen a tinta fresca, logística unificada, sonido y viáticos para la militancia a sueldo. ¿Quién pone la plata? ¿Qué individuos, corporaciones o Estados abren la chequera desde la sombra para pagar la función? Es gracioso ver cómo el Estado te rastrea hasta el último centavo de la declaración de impuestos, pero de pronto sufre de cataratas cuando toca investigar los cientos de miles de dólares que cuesta fletar una flotilla o montar estas kermeses antisemitas en las plazas europeas.
El fondo del asunto es simple. Todo esto funciona porque Occidente decidió ser ciego y sordo por voluntad propia. Es esta negación clínica la que le impide a Europa ver la lápida que le están tallando para su propio futuro. Prefieren mirar al techo, aplaudir la tolerancia hacia los intolerantes y no procesar lo que tienen enfrente. Que sigan durmiendo la siesta de la corrección política. Cuando se decidan a abrir los ojos, el campamento ya no va a estar en el parquecito histórico. Lo van a tener armado adentro del living.

