Mirémoslo así: en el punto más alto del amor, una pareja se jura de todo frente al altar. Es ese momento donde el termómetro marca el máximo, donde todo es perfecto y el futuro parece un camino despejado. Pero vos y yo sabemos que la realidad es otra cosa. Aparecen las discusiones, las crisis y, finalmente, el divorcio. En nuestra vida cotidiana, el divorcio es la salida de emergencia. Si la relación se vuelve tóxica o violenta, te mudás. Te vas a otra ciudad, a otro país; ponés distancia y borrás al otro de tu vida para siempre.
Pero Israel no tiene esa opción. Israel no puede cargar sus ciudades en un barco y mudarse de planeta. Está anclado a una geografía donde sus vecinos —por mandato de sus propias cartas fundacionales— juraron exterminarlo. Sin posibilidad de mudanza, lo único que queda es la supervivencia.
Es muy fácil caer en discursos moralmente correctos. El otro día, un amigo me decía: “Gustavo, yo lo único que quiero es que no mueran más mujeres y niños”. Es un deseo noble, claro, ¿quién no querría eso? Pero es ingenuo. Ni Netanyahu ni Trump quieren ver morir civiles; el objetivo es evitarlo. El problema es que uno puede ser “bueno y bobo”, mientras que el enemigo es “malo y brillante”. Y ojo, que ser brillante y ser malo no son opuestos; al contrario, suelen ir de la mano. Goebbels lo demostró con la propaganda nazi: supo potenciar la paranoia de Hitler para arrastrar a todo un pueblo.

Y acá hay que ser claros: una cosa es el pueblo alemán y otra muy distinta la Alemania de Hitler, esa enfermedad ideológica. Lo mismo pasa hoy con Irán. Una cosa son los ayatolas y otra el pueblo persa, que es el primero en sufrir bajo ese régimen. Ese mismo veneno es el que hoy se filtra en los medios, a veces financiado por Qatar o Irán, para que vos veas como agresor al que simplemente intenta no morir.
Pensalo un segundo: si tu vecino te tira misiles, tu obligación es detenerlo. Primero destruís la lanzadera. Si insiste, vas por la fábrica. Pero si ese vecino decide construir su fábrica debajo de un hospital, adentro de una escuela o en medio de tu barrio, el mundo entra en una hipocresía total. No solo tenés que soportar que te quieran matar; encima tenés que aguantar el bullying internacional que te acusa de genocidio mientras luchás por tu propia vida. Es una injusticia doble: te condenan a vos por destruir la amenaza y no al vecino por esconderla, a propósito, entre los chicos. No podés sentarte a esperar que te peguen un tiro en la cabeza para recién ahí defenderte. Ahí ya es tarde.
Y acá está el punto donde quiero que te detengas: no podemos esperar. China sabe perfectamente que hoy está veinte años atrás de Estados Unidos en tecnología militar. Por eso no se mete de frente; prefiere la guerra comercial mientras le entrega sus “inventos” a terceros, como Irán o Pakistán. Los usa como un banco de pruebas para ver cómo funcionan sus radares y misiles en el mundo real.
Pero la realidad ya le dio una bofetada a esa tecnología: los sistemas chinos y rusos fueron barridos por los aviones israelíes como si fueran de papel. Lo vimos también entre Pakistán e India; allí donde la tecnología israelí estuvo presente, los sistemas chinos fueron destruidos. Occidente tiene hoy una ventaja técnica que no debe dejar cerrar. No podemos permitir que sigan perfeccionando sus armas a través de estos peones, porque el día que lleguen a nuestro nivel, derrotarlos, costará sangre, sudor y lágrimas.

La historia ya nos dio un aviso de muerte y no podemos ignorarlo. Chamberlain volvió de Alemania con un papel firmado por Hitler prometiendo paz. Fue un sueño hermoso que terminó con un tiro en la frente simbólico para Chamberlain: su política de agachar la cabeza lo aniquiló políticamente apenas cayeron las bombas. Tuvo que venir Churchill a decirnos que con el mal no se negocia cuando el mal ya decidió tu fin. Hoy pasa lo mismo con Rusia. Muchos te dicen que la que se defiende es Ucrania, pero la realidad es que Rusia no invadió Ucrania; Rusia invadió Europa.
La verdadera moralidad, la que cuenta, no es decir qué linda sería la paz mientras el de enfrente afila el cuchillo bajo un hospital. La verdadera moralidad es tener el coraje de defender tu casa antes de que el ataque sea imparable. Quien no defienda su libertad hoy, mañana no tendrá nada que defender.
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