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Petro en Madrid: El método Goebbels y la diplomacia del cachorro

Escrito por Gustavo

Gustavo Petro ha descubierto una ley física bastante conveniente: su valentía es directamente proporcional a la distancia que lo separa de Washington. Solo así se explica que, con el Atlántico de por medio y el confort de un estudio de televisión en Madrid, el presidente colombiano recupere ese tono de “líder global” que se le suele traspapela cuando pisa el asfalto del Distrito de Columbia. En su reciente paso por RTVE, Petro decidió jugar a ser el analista de Donald Trump, pero el verdadero veneno lo reservó para Marco Rubio, a quien despachó calificándolo de estar “imbuido de fundamentalismo sionista”.
Al soltar esa frase entre sorbos de cortesía diplomática, Petro no solo peca de una ignorancia enciclopédica; se revela como un alumno aventajado de la propaganda de Joseph Goebbels. El método es tan viejo como efectivo: tomar un concepto histórico, vaciarlo de contenido y convertirlo en un insulto para las masas. Petro necesita que su audiencia crea que el sionismo es un bloque monolítico y fanático para que su relato de “buenos contra malos” no se le desarme en las manos.


Es una mentira burda. El sionismo es, en realidad, un movimiento de liberación nacional donde conviven ateos, religiosos, feministas, colectivos LGTB, negros y blancos. Es un espectro tan diverso como cualquier democracia que se precie de serlo, pero reconocer esa pluralidad no le sirve a Petro para su consumo interno. Él necesita un villano de caricatura y, si no lo tiene, se lo inventa usando los mismos trucos que los jerarcas de la década del 30: la generalización deshumanizante como herramienta de control social.
Esta “valentía de estudio de televisión” es inversamente proporcional a la docilidad que Petro muestra cuando el poder real le frunce el ceño. La memoria es corta para algunos, pero los archivos son crueles. Durante la campaña, Petro se desvivía en ataques contra Trump, pintándolo como el apocalipsis. Sin embargo, en cuanto Trump apretó las tuercas contra el régimen de Nicolás Maduro, el Petro “revolucionario” sufrió una metamorfosis patética. Se transformó en un interlocutor dócil que buscaba la foto y la aprobación del norte con la misma urgencia con la que un cachorro busca la teta de su madre para calmar el miedo.


Su comportamiento evoca a esos líderes de pacotilla de la Segunda Guerra Mundial que se desgañitaban gritando con-signas de soberanía frente a sus ciudadanos mientras, por debajo de la mesa, enviaban notas de capitulación para salvar el pellejo. Es la política del animal que ladra furioso tras una reja, pero que mueve la cola en cuanto el dueño abre la puerta del jardín.
Hoy insulta a Rubio porque está lejos y el aire de Madrid lo envalentona, pero la experiencia nos dice que mañana podría estar abrazándolo y jurándole lealtad si la supervivencia política lo exige. Su “fundamentalismo” es, en última instancia, una cuestión de geografía: en España ruge como un león de cartón; en Washington se porta como un administrativo asustado por perder el empleo. Petro olvida que, al apagar las luces en Europa, tendrá que volver a una realidad donde sus ladridos de hoy se convertirán, inevitablemente, en los silencios cómplices de mañana.

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