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Como Hitler & Stalin, los ultras vuelven a darse la mano

Escrito por Gustavo

Hay ideas que se presentan como opuestas. Sirve para orientarse, para elegir bando sin demasiadas preguntas. Dos lados, dos relatos, todo bastante claro. Hasta que deja de serlo. Porque hay momentos en los que esa oposición empieza a aflojar. No desaparece, pero pierde consistencia. Y lo que parecía enfrentado empieza a mostrar coincidencias incómodas. No en lo que dice, sino en cómo actúa. Ahí la discusión deja de ser tan ordenada.

Ya pasó. Y no hace falta exagerarlo para que incomode. El acuerdo entre Adolf Hitler y Iósif Stalin no fue un accidente ni un episodio confuso que el tiempo acomodó mejor. Fue una decisión. Dos regímenes que se presentaban como enemigos irreconciliables encontraron la forma de entenderse cuando les resultó útil. No porque pensaran parecido, sino porque coincidían en algo más concreto: cómo ejercer el poder y qué hacer con el que queda del otro lado. El discurso podía cambiar. Los métodos, bastante menos.

Hoy no hay fotos para colgar ni firmas que mostrar. Todo es más prolijo. Más correcto. Pero no tan distinto. Sectores ubicados en extremos ideológicos opuestos reaccionan frente a ciertos conflictos de una manera que empieza a resultar familiar. Se indignan, denuncian, condenan. Con firmeza. Y con una claridad moral que se ajusta rápido cuando cambia el protagonista. Lo que en un caso es inadmisible, en otro aparece con explicaciones. O con contexto. O con paciencia. No parece un descuido.

El punto incómodo aparece ahí. No en lo que dicen, sino en cómo miran las cosas. La necesidad de tener siempre un enemigo claro, identificable, útil. La tendencia a reducir cualquier situación a dos bandos donde uno concentra todo lo correcto y el otro todo lo condenable. Los matices, en ese esquema, no ayudan. Molestan. Introducen dudas.

El problema no es que existan posiciones firmes. Eso es inevitable. El problema es cuando esas posiciones empiezan a justificar cualquier cosa sin demasiado esfuerzo. Cuando la intolerancia deja de incomodar. Cuando la censura encuentra razones. Cuando la violencia depende de quién la ejerza. En ese punto, las etiquetas empiezan a perder peso. Porque lo que define a los extremos no es cómo se presentan, sino hasta dónde están dispuestos a llegar.

La historia no suele avisar cuando insiste. Pero tampoco se esconde demasiado. Y una de sus señales más claras es esta: cuando los extremos empiezan a comportarse de manera parecida, la discusión deja de ser ideológica.

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