Tras casi cuatro décadas de ausencia papal en Uruguay, más de 70.000 personas colmaron el mítico Estadio Centenario en una vigilia que combinó mística futbolera, elogio a la laicidad republicana y un mensaje frontal contra el aislamiento digital.
Hacía décadas que el cemento del Parque Batlle no albergaba una liturgia semejante. El Estadio Centenario, templo civil donde los uruguayos suelen medir sus glorias futbolísticas y sus desvelos colectivos, cambió las banderas de clubes y los cantos de tribuna por una marea de bufandas celestes, guitarras criollas y miles de velas que desafiaron la brisa fresca del Río de la Plata.
Desde temprano en la tarde, las inmediaciones de la avenida Ricaldoni eran un hervidero de ómnibus llegados desde Salto, Rivera, Tacuarembó, Maldonado y cada rincón del interior. La procesión de jóvenes y familias avanzó con termo y mate bajo el brazo, en un ambiente que combinaba la sobriedad republicana propia de Montevideo con la euforia contenida de una comunidad católica que se sabe minoritaria en las estadísticas, pero que decidió hacerse notar.
La antesala del cardenal: «Tener al Papa es un golazo»
A las 19:30, la emblemática Torre de los Homenajes se tiñó de luces cálidas mientras sobre el césped —cubierto por una tarima blanca con maderas nativas y flores del campo uruguayo— tomaban posición los coros juveniles. El cardenal Daniel Sturla, visiblemente conmovido tras meses de gestiones complejas para financiar y coordinar el evento sin vulnerar los estrictos equilibrios laicos del Estado, subió al estrado para calentar los ánimos antes del arribo pontificio. Fiel a su estilo coloquial y directo, rompió el protocolo solemne para conectar con el ADN del lugar.
«Así como la celeste reúne a todo un país entero sin importar de dónde venga cada uno, hoy la fe nos convoca como un solo pueblo de Dios. Miren estas tribunas: tener al papa León entre nosotros, en nuestra casa, es un auténtico golazo». — Daniel Sturla, Cardenal y Arzobispo de Montevideo
El ingreso y la mística del monumento
A las 20:15, el vehículo descubierto ingresó por la puerta de la Platea América. León XIV, con una sonrisa serena que no delataba el desgaste de una jornada intensa iniciada por la mañana en Paysandú y continuada por la tarde en el barro y las capillas de Casavalle, recorrió el anillo olímpico entre ovaciones.
Los celulares iluminaron el estadio de punta a punta. En las pantallas gigantes se proyectaban los rostros de adolescentes de colegios públicos y privados, ancianos que recordaban las visitas de Juan Pablo II en 1987 y 1988, e integrantes de las comunidades de inmigrantes que han dinamizado las parroquias montevideanas en los últimos años. Tras escuchar el testimonio de dos jóvenes, el pontífice tomó la palabra.
Un mensaje sin complejos: equipo, laicidad y soledad
El discurso del pontífice duró casi cuarenta minutos y combinó una afinada lectura de la cultura uruguaya con interpelaciones éticas de fondo. Arrancó jugando de local con la metáfora futbolera: «Ustedes saben bien lo que significa este suelo. Aquí se jugó el primer Mundial; aquí se aprendió que la gloria no pertenece al que gambetea para sí mismo, sino al que sabe tocar la pelota y confiar en el compañero».
«La laicidad de este país no es una muralla que deba temerse; es un patrimonio cívico hermoso cuando garantiza que todos podamos encontrarnos en la plaza pública en pie de igualdad. Los católicos uruguayos no tienen por qué acomplejarse ni replegarse a las sacristías por ser minoría». — Papa León XIV, durante la vigilia en el Centenario
El estadio enmudeció por completo cuando el pontífice tocó la herida del aislamiento moderno y la salud mental: «No cambien el calor de un abrazo, la sobremesa compartida o el mate con un amigo por el brillo frío y engañoso de una pantalla. La epidemia de soledad no se cura con más conexiones virtuales, sino con presencia real, con ternura cotidiana y con las manos sucias por ayudar al hermano que tropieza».
El fuego en la noche montevideana
Hacia el final, las torres lumínicas se apagaron y el fuego de un gran cirio pascual fue transmitiéndose hasta encender las miles de pequeñas velas en las gradas. El Centenario pareció un mar de brasas flotantes bajo el cielo despejado de noviembre, mientras los coros entonaban estrofas litúrgicas rioplatenses al son de guitarras y cajones.
Al filo de las 22:00, las puertas del Centenario volvieron a abrirse hacia la avenida Ricaldoni. La desconcentración fue lenta y reflexiva. Montevideo retomaba su ritmo habitual de sábado por la noche, pero sobre el césped quedaba flotando la certeza de que, aun en una de las sociedades más laicas del planeta, la búsqueda de sentido y comunidad sigue llenando estadios.

