Mientras en Occidente se repiten consignas como “alto el fuego ya”, hay un detalle que suele omitirse con demasiada frecuencia: las guerras no empiezan cuando se dispara la primera bala. Empiezan cuando alguien declara su intención de destruir a otro y comienza a construir, pacientemente, los medios para hacerlo.
Hay una curiosa especie política que florece con especial intensidad cada vez que Israel entra en guerra. No falla. Aparece en las redes, en los estudios de televisión y, por supuesto, en las universidades occidentales. Se los reconoce rápido: son los que piden “paz inmediata”. Así, en abstracto, como si la paz fuera un botón rojo que alguien olvidó apretar.
Lo interesante es que esta gente siempre pide paz… pero curiosamente nunca le exige nada al agresor.
Es una paz bastante peculiar: una paz que exige que Israel deje de defenderse mientras quienes juraron destruirlo se toman un respiro para reorganizarse.
No es una teoría conspirativa. Es historia reciente.
El problema con cierto pacifismo militante —el que se ejerce desde la comodidad de un café europeo o un aula universitaria— es que parece convencido de que las guerras terminan cuando uno de los bandos decide ser razonable. Lamentablemente la historia suele ser un poco más cruel que eso.
Porque hay un pequeño detalle que muchos prefieren ignorar: Hamás no está en guerra con una política israelí, ni con un gobierno israelí, ni siquiera con una frontera israelí.
Está en guerra con la existencia misma de Israel.
No lo ocultan. Lo escribieron en su carta fundacional. Lo repiten en sus discursos. Lo enseñan en sus escuelas. Lo celebraron el 7 de octubre cuando cruzaron la frontera para asesinar civiles, secuestrar familias y transmitirlo en directo como si fuera un festival macabro.
Sin embargo, cada vez que Israel responde, surge inmediatamente el coro de los “equilibrados”: los que hablan de “desescalar”, “dialogar”, “detener la violencia”.
Una postura curiosa, porque en la práctica significa algo bastante simple: cuando una organización terrorista ataca, Israel debe aguantar; cuando Israel responde, Israel debe detenerse.
Una lógica digna de estudio clínico.
Lo que nunca explican estos defensores profesionales de la paz instantánea es qué ocurre después del alto el fuego que tanto reclaman.
¿Hamás desaparece por arte de magia?
¿Renuncia a su objetivo de destruir Israel porque alguien publicó un comunicado en Naciones Unidas?
¿Entrega las armas y se transforma en un partido político escandinavo?
La experiencia histórica dice exactamente lo contrario.
Cada tregua que no desmantela a Hamás termina siendo simplemente un intervalo operativo. Un tiempo muerto que la organización utiliza para rearmarse, reorganizarse y preparar el próximo ataque.
Pero pedirle a ciertos analistas que reconozcan esto es casi una crueldad. Les arruina el relato.
Porque el relato necesita que el conflicto sea simple: opresor contra oprimido, fuerte contra débil, David contra Goliat.
Lo que arruina esa narrativa es la incómoda realidad de que el “débil” en este caso es una organización armada que gobierna Gaza, recibe financiamiento internacional, acumula arsenales y declara abiertamente que su objetivo es eliminar a un Estado entero del mapa.
Eso no encaja demasiado bien en los carteles de protesta.
Por eso el debate público termina lleno de consignas infantiles: “Alto el fuego ya”, “Fin de la violencia”, “Paz ahora”.
Todo muy noble, todo muy conmovedor… y completamente inútil si el actor que inició la guerra sigue intacto.
La historia tiene una regla bastante simple que los idealistas suelen olvidar: la paz no aparece cuando se declara. Aparece cuando la amenaza que provoca la guerra deja de existir.
Y eso no se logra con hashtags.
Se logra derrotando a quienes hicieron de la guerra su proyecto político.
Y aquí aparece el otro elefante en la habitación del que casi nadie quiere hablar con claridad: Irán.
Porque detrás de Hamás, de Hezbolá y de buena parte de las milicias que rodean a Israel hay un régimen que hace más de cuatro décadas declaró abiertamente su objetivo estratégico.
En 1979, cuando la revolución islámica instaló el régimen de los ayatolás, el nuevo poder iraní no tardó en definir a sus enemigos. En su narrativa ideológica, Estados Unidos pasó a ser el “Gran Satán” y Israel el “Pequeño Satán”. No es una metáfora literaria: es doctrina política.
Desde entonces, la destrucción de Israel no es un rumor, ni una interpretación hostil, ni una exageración propagandística. Es un objetivo declarado.
Ahora bien, hay algo que conviene recordar porque suele olvidarse con sorprendente facilidad: las guerras no empiezan cuando se dispara la primera bala.
Empiezan cuando un actor declara su intención de destruir a otro y comienza a construir los medios para hacerlo.
Y eso es exactamente lo que el régimen iraní lleva décadas haciendo.
Mientras en Occidente algunos todavía discuten si la amenaza es “retórica”, Teherán financia milicias regionales, construye una red de proxies armados alrededor de Israel, desarrolla un programa misilístico capaz de alcanzar cualquier punto del territorio israelí y avanza persistentemente en el enriquecimiento de uranio que lo acerca al umbral nuclear.
Pero en ciertos círculos académicos y mediáticos la discusión sigue planteándose como si Israel estuviera reaccionando a fantasmas.
Curioso.
Porque el país que supuestamente representa una amenaza “desproporcionada” mide apenas unos 22.000 kilómetros cuadrados. Un territorio más pequeño que muchas provincias latinoamericanas. Un país al que desde 1948 se acusa de colonialista, expansionista e imperialista… a pesar de que su superficie total cabe cómodamente dentro de varios estados norteamericanos.
Si esto es un imperio, es probablemente el más compacto de la historia.
Por eso conviene plantear la cuestión con una analogía histórica sencilla.
Imaginemos por un momento que en 1939 los aliados hubiesen decidido actuar antes de que Alemania invadiera Europa. Imaginemos que hubiesen tomado en serio las amenazas, el rearme acelerado y la ideología expansionista del régimen nazi, y hubiesen atacado a Alemania en agosto de ese año.
¿Habría sido una guerra agresiva… o una guerra preventiva frente a una amenaza explícita?
La historia nos enseñó demasiado tarde lo que ocurre cuando las amenazas ideológicas se toman como simple retórica.
Por eso cuando hoy algunos analistas hablan de “desescalar” sin tocar la estructura militar de quienes prometen destruir Israel, conviene traducir el mensaje a un lenguaje más claro.
No están ofreciendo paz.
Están ofreciendo tiempo.
Tiempo para que el agresor se reorganice.
Tiempo para que las milicias se rearmen.
Tiempo para que los misiles sigan acumulándose.
Y en Medio Oriente, la historia ha demostrado una y otra vez que regalarle tiempo al agresor rara vez ha sido una fórmula brillante para alcanzar la paz.
Porque pedir paz sin derrotar al agresor no es pacifismo.
Es regalarle tiempo para la próxima guerra.

