Medio Oriente

NETANYAHU, ¿SÍ O NO?

Escrito por Gustavo

Nota de los autores: Este artículo no busca juzgar ni emitir un veredicto electoral. Nace de un trabajo conjunto de investigación entre el redactor responsable Gustavo y el sistema de inteligencia artificial Gemini. Nuestro objetivo es desarmar el tablero político israelí para el público que observa la realidad desde el exterior, traduciendo un partido de ajedrez donde cada movimiento responde a la pura supervivencia, la memoria histórica y la matemática del poder.

En 2015, la televisión israelí transmitió un anuncio político inusual por su sencillez. Un matrimonio joven esperaba a la niñera; al abrir la puerta, se encontraban con el mismísimo primer ministro en el umbral. Con una sonrisa cómplice, Benjamín Netanyahu explicaba que solo él podía cuidar lo más valioso: la seguridad de sus hijos. Aquel spot, conocido como el “Bibi-sitter”, se transformó en un clásico de la propaganda electoral. Sin embargo, la promesa de protección absoluta sufrió un quiebre definitivo el 7 de octubre de 2023. Para muchos ciudadanos, el capitán del barco no vio venir la tormenta. Hoy, ese mismo comercial es el principal búmeran que la oposición lanza contra su gestión. Entender la política israelí desde fuera exige apagar el ruido de los titulares internacionales y mirar la trastienda doméstica. No es un asunto de buenos y malos; es un tablero complejo donde la supervivencia comunitaria y la ambición personal se cruzan constantemente.

La gobernabilidad en Israel depende siempre de una matemática fría: conseguir 61 escaños en la Knesset. La reciente votación preliminar para disolver el Parlamento, aprobada por 110 votos, activó la cuenta regresiva hacia las urnas. La escena dejó un detalle sugerente: el asiento de Netanyahu y los de sus ministros clave estaban vacíos. Para sostenerse en el cargo, el primer ministro aceptó condiciones severas de partidos minoritarios que apenas arañaron el umbral electoral. El ejemplo más nítido es Itamar Ben-Gvir, hoy ministro de Seguridad Nacional. A los 18 años, las propias Fuerzas de Defensa de Israel lo rechazaron por su extremismo político radical. Ante la ley, Ben-Gvir tiene antecedentes penales por apoyar al terrorismo e incitar al odio, pero no tiene una clasificación individual de terrorista ni antecedentes de haber cumplido penas de prisión en el sistema penitenciario. Su vinculación con el terrorismo es estrictamente legal y heredada por asociación: su condena del año 2007 fue específicamente por el delito de “apoyo a una organización terrorista” y posesión de propaganda de un grupo ilegal. El tribunal lo condenó por distribuir panfletos y portar pancartas a favor de Kach (el movimiento de Meir Kahane) cuando este partido ya había sido proscrito y declarado grupo terrorista por el gobierno israelí. El peso de su partido, Otzma Yehudit, con apenas seis escaños, resulta sin embargo decisivo: sin ellos, la coalición oficialista pierde la mayoría de 61 asientos y el gobierno cae. Resulta llamativo que alguien descartado en su juventud para ser soldado raso termine poseyendo la llave de la gobernabilidad y controlando las fuerzas de seguridad del país.

El mapa de la oposición se completa con el surgimiento de Los Demócratas, una plataforma nacida de la fusión de lo que quedaba del histórico Partido Laborista (Avoda) y Meretz. Los laboristas y sus predecesores gobernaron de forma ininterrumpida desde la declaración de independencia en 1948 hasta el histórico vuelco electoral de 1977 (exactamente veintinueve años), ocupando luego el poder de forma intermitente. Tras décadas de desgaste, y después de que Meretz quedara fuera del Parlamento en 2022 al no superar el umbral mínimo, ambas fuerzas se agruparon bajo un solo paraguas. Quienes critican a esta coalición sostienen que su discurso sigue anclado en las ideas de los años sesenta, asemejándose a los viejos partidos de izquierda europeos o latinoamericanos enterrados en la historia. Al frente de esta estructura se encuentra Yair Golan, un exgeneral y antiguo subjefe del Estado Mayor. Si bien su trayectoria militar le otorga experiencia en defensa, su desempeño en la arena política ha estado marcado por declaraciones que generaron profundas controversias. Entre los episodios más recordados figura su discurso del Día del Holocausto en 2016, donde sugirió paralelismos entre los procesos de la Alemania de los años treinta y la sociedad israelí actual, un comentario que fue catalogado de ultrajante y que debió rectificar de inmediato. En mayo de 2025, sus polémicas declaraciones radiales acusando al Estado de realizar operaciones sistemáticas contra civiles provocaron el rechazo tanto de aliados como de adversarios, convirtiéndose en otra de sus intervenciones infelices que luego debió salir a matizar ante el revuelo interno.

La oposición, ahora nucleada principalmente en la alianza Beyachad, tampoco juega con las manos limpias. El oficialismo los acusa de quebrar un pacto implícito en la cultura israelí: pausar las batallas partidistas y respaldar al liderazgo en tiempos de guerra. Para un sector del electorado, los líderes opositores se concentraron más en derribar a Netanyahu que en resguardar la cohesión del Estado en plena crisis. El archivo también pesa sobre Naftali Bennett. Todavía se recuerda la entrevista donde miró a la cámara y pidió que le leyeran los labios al asegurar que jamás formaría coalición con la lista árabe; una línea roja que borró rápidamente cuando los números le dieron la oportunidad de convertirse en primer ministro.

Desde el exterior se suele repetir que Israel sufre un aislamiento total, pero la trastienda geopolítica muestra hilos mucho más sólidos. A pesar de la presión regional, los Acuerdos de Abraham siguen en pie. Los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos mantienen intactos sus lazos diplomáticos con Jerusalén. El pragmatismo estratégico resiste la tensión bélica. En Europa, mientras los cancilleres ventilan sus diferencias en Bruselas, las fuerzas armadas operan bajo otra lógica. El despliegue del portaaviones nuclear francés Charles de Gaulle en el Mar Rojo no busca presionar a Jerusalén, sino neutralizar las amenazas de las milicias proiraníes. Cuando la situación se vuelve crítica, las potencias occidentales saben exactamente dónde ubicarse. Esta complejidad se desfigura en los medios de comunicación. El diario Haaretz, con su durísima postura antigubernamental, terminó siendo la fuente predilecta de la propaganda internacional, que traduce sus columnas para usarlas como ariete externo, asumiendo que el crudo debate democrático interno equivale a una condena unánime del Estado. En la otra acera, el Canal 14 funciona como un árbitro condicionado que siempre pita a favor de Netanyahu. Carece de relevancia fuera del país, pero es efectivo para cohesionar al voto conservador y religioso. La elección que se avecina no se decidirá con estadísticas frías. Al final, cada ciudadano votará según la realidad en la que decida creer: la del estadista inquebrantable que sostiene las alianzas de fondo contra viento y marea, o la del capitán que no pudo evitar el naufragio aquella mañana de octubre.

Posdata: Entrando en el juego político, le solicité a Gemini que me contestara poniéndose en la piel del editorialista de Haaretz y luego en la del editorialista del Canal 14. Las respuestas lo único que hacen es confirmar lo que pienso: ambos ponen por delante sus intereses personales sobre los intereses del Estado. Por lo tanto, me quedo muy tranquilo con la nota escrita por Historia y Noticias.

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