Busca una silla cómoda. Sé que compartimos esta fascinación morbosa por ver cómo el mundo se empeña en fracturarse el cráneo contra la misma pared, pero hay madrugadas en las que uno revisa la prensa y confirma que la estupidez humana, especialmente cuando se disfraza de piedad absoluta, no tiene fondo. Te escribo ahora porque si lo dejo para mañana, el veneno me va a nublar la vista.
Israel ha decidido que no tiene suficientes frentes abiertos y que la mejor forma de innovar es importar el modelo de gestión espiritual de Teherán. Mientras el mundo civilizado intenta entender cómo convivir en pluralidad, aquí algunos iluminados pretenden transformar el Kotel en un club privado con derecho de admisión y penas de cárcel para el que no rece con el acento aprobado por el Gran Rabinato. La propuesta de Maoz (diputado del partido ultraortodoxo Noam) es de un pragmatismo aterrador: si no rezas como él manda, estás “profanando”. Proponer siete años de prisión por ceremonias no ortodoxas es lo más cerca que hemos estado de las leyes de blasfemia que tanto criticamos en nuestros vecinos; es, básicamente, ponerle un uniforme al libre albedrío y mandarlo a un calabozo.
Pero el circo no termina en el Muro. Rothman (presidente de la Comisión de Constitución, Derecho y Justicia de la Knesset) quiere que el Estado decida quién es lo suficientemente judío para volver a casa, limitando el reconocimiento de conversiones para la Aliá. Es pegarse un tiro en el pie mientras se insulta a la Diáspora en la cara. Si se elimina la diversidad judía, el Estado deja de ser el hogar de un pueblo para convertirse en la propiedad de un consorcio de sombreros negros. La comparación es incómoda pero necesaria: una democracia que legisla sobre la fe y el castigo espiritual termina pareciéndose más a una teocracia persa que a la única democracia de Medio Oriente.

Fíjate en lo básico, en lo que debería ser el sentido común del respeto mutuo. Si en Shabat yo decido usar mi teléfono móvil, lo uso. Si tú consideras que usarlo rompe la santidad del día, simplemente no lo tocas. En esa libertad, ambos somos respetados. Pero el equilibrio se rompe cuando aparece la coacción. Obligar a quien no quiere usar el celular en Shabat a hacerlo es una aberración, un atropello a su conciencia. Sin embargo, prohibirle por ley a quien desea usarlo que lo haga es exactamente la misma clase de tiranía. La libertad no es un menú a la carta donde uno elige qué parte de la vida del prójimo quiere recortar para sentirse más santo.
Ya que estamos en el terreno de las comparaciones que hacen transpirar a los diplomáticos, hablemos de la tentación de la “perfección”. En otros tiempos y otros lodos, algunos apelaban a la pureza de la sangre para justificar el desprecio por lo diferente. Hoy, en ciertos pasillos de la Knesset, asoma una soberbia similar disfrazada de santidad obligatoria. Es la superioridad del “religioso perfecto”, ese espécimen que cree que su nivel de observancia lo sitúa un escalón por encima de los demás. Es casi una eugenesia espiritual donde, si no cumples el estándar de Maoz (el legislador de Noam) o Rothman (el arquitecto de la reforma judicial), simplemente no calificas para el club de los elegidos.
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Es fascinante y aterrador ver cómo quienes más deberían recordar el peligro de las clasificaciones humanas terminan adoptando la misma lógica excluyente. Apelar a la superioridad de una casta religiosa es el prólogo de cualquier tragedia autoritaria. Cuando el Hadar, esa dignidad que Jabotinsky defendía, se reemplaza por el desprecio hacia el judío secular o el reformista, lo que estamos construyendo no es una nación, sino un gueto con pretensiones de Estado.
Parece que para algunos la lección de la historia no fue “nunca más a la persecución”, sino “ahora nos toca a nosotros decidir quién es puro”. Al final del día, el cordero no debería tener que pedirle permiso al lobo para hablar con Dios, por más que el lobo use un uniforme sagrado y tenga un despacho oficial con aire acondicionado pagado por todos nosotros.
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