Medio Oriente

La soledad del ejecutor frente al circo de los bocones

Escrito por Gustavo

Tú y yo sabemos que la realidad no se escribe con mayúsculas en una red social, por más que el actual inquilino de la Casa Blanca lo intente. Para entender el tablero actual, primero hay que limpiar el ruido de fondo: esa mezcla de incontinencia verbal, demandas maximalistas y amenazas apocalípticas que, con una puntualidad casi cómica, terminan siempre en concesiones y treguas. Es un récord olímpico en recular que solo engaña a quien quiere ser engañado.

Pero el problema no es solo un hombre con la boca grande y el coraje táctico pequeño. El problema es una estructura de pensamiento occidental que se niega a ver que esta guerra no comenzó en febrero, ni con el último intercambio de misiles. Comenzó en 1979. Fue entonces cuando Teherán juró destruir al “Pequeño Satán” y al “Gran Satán”. No hace falta que te lo explique: cuando dicen Israel y Estados Unidos, están hablando de todo Occidente. Nosotros somos solo el muro de contención.

Mientras ese muro recibe los impactos, los herederos de Goebbels en el siglo XXI —impecablemente vestidos en los estudios de la BBC o Radio Televisión Española— se encargan de lavar la cara al terror. Actúan como repetidoras de la propaganda de Hamás y Qatar, ignorando que el mismo veneno que justifican en Medio Oriente es el que ya ha regado de sangre las estaciones de Atocha, las redacciones de París y los mercados de Berlín.

La ceguera es global. En Argentina lo sabemos bien: el ataque a la Embajada en 1992 y la voladura de la AMIA en 1994 no fueron “conflictos ajenos”. Fueron actos de guerra en suelo americano donde la mayoría de las víctimas ni siquiera eran israelíes. Irán no distingue pasaportes cuando se trata de aniquilar al infiel.

Fíjate en la farsa de la “disuasión” estadounidense. Mientras el líder del mundo libre lanza fuegos artificiales en Truth Social prometiendo destrucciones “nunca antes vistas”, la realidad espacial cuenta otra historia. Un análisis de The Washington Post y Ynet revela que los ataques iraníes han causado daños severos en al menos 15 instalaciones militares de EE. UU., destruyendo radares y sistemas de defensa en el corazón de su propia Quinta Flota. El Pentágono, atrapado en su soberbia burocrática, intentó ocultarlo, demostrando que su capacidad de escucha está tan atrofiada como su voluntad de combate.

El corolario es una verdad incómoda que muchos prefieren no pronunciar: a pesar de los tratados y las fotos oficiales, Israel está solo. El Pentágono no escucha a la inteligencia israelí —la única realmente preparada para entender la psicopatía estratégica de los ayatolás— y Europa prefiere señalar a Jerusalén antes que admitir su propia invasión silenciosa.

Nuestra supervivencia no depende de un posteo furioso en internet ni de la aprobación de un burócrata en Londres. Depende, hoy más que nunca, de la precisión quirúrgica de nuestra propia fuerza y de la claridad de saber que, frente a los bocones y los cómplices, solo nos tenemos a nosotros mismos.

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Gustavo

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