El futuro de la vida judía no se asegurará persuadiendo al mundo, sino inspirando a nuestros hijos.
Pesaj es la mayor obra de teatro educativo jamás creada.
En todo el mundo, la misma noche, familias judías se reúnen alrededor de una mesa y realizan el mismo ritual que nos ha unido durante siglos. Comemos matzá, saboreamos la amargura, nos reclinamos como personas libres y bebemos como aquellos que recuerdan tanto el sufrimiento como la redención. Hablamos palabras que han viajado con nosotros a través del exilio, la persecución y la supervivencia.
Pero el momento más importante de la velada no es lo que hacemos, sino lo que pedimos.
Mah Nishtanah.
¿Por qué esta noche es diferente?
El Seder se basa en una idea radical: que la supervivencia del pueblo judío no depende de las instituciones o la política, sino de una conversación entre generaciones. Los niños preguntan, los padres responden, los mayores explican.
Una historia no se recuerda. Se transfiere, de voz en voz, de padres a hijos, a través del tiempo. La Torá no nos ordena simplemente recordar el Éxodo, sino que nos ordena enseñarlo.
“Y le dirás a tu hijo aquel día…”
Durante miles de años, esa instrucción ha sido el motor de la continuidad judía. Los imperios surgieron y cayeron. Los judíos fueron expulsados, perseguidos, masacrados y dispersados. Sin embargo, la historia perduró porque cada generación se sentó con la siguiente y dijo “esto es lo que somos”.
Pesaj no es simplemente la historia de la liberación de Egipto. Es el plan para la supervivencia judía y este año ese plan parece más urgente que nunca.
Desde el 7 de octubre de 2023, los judíos de todo el mundo se han visto obligados a afrontar algo profundamente inquietante. No sólo el horror de ese día en sí, sino la reacción que siguió. La velocidad con la que se minimizó el sufrimiento judío, la facilidad con la que resurgieron odios antiguos, la inquietante voluntad, en demasiados lugares, de celebrar el dolor judío en lugar de condenarlo.
Reveló algo que muchos de nosotros habíamos sido reacios, incluso temerosos, de aceptar.
Durante décadas, gran parte de nuestra energía la hemos gastado tratando de explicarnos al mundo exterior. Explicando el sionismo, Israel, la historia judía. Explicando por qué es importante la seguridad judía.
Explicando. Disculpándose. De diluido. Contracción.
Pero el 7 de octubre y sus consecuencias expusieron los límites de esa estrategia. Porque ningún mensaje, por mucho que se envíe, convencerá a quienes están decididos a no escuchar.
El futuro de la vida judía no se asegurará convenciendo al mundo. Se conseguirá inspirando a nuestros hijos.
Alguien entendió esto hace miles de años y lo codificó en el propio Seder. El Seder no nos ordena permanecer en las esquinas y defender nuestra historia ante extraños. Nos indica que nos sentemos con nuestros hijos y nos aseguremos de que lo entiendan.
La Hagadá describe a cuatro niños: el sabio, el que pregunta, el sencillo y el que aún no sabe preguntar.
Cada niño hace una pregunta. Cada niño merece una respuesta.
En ese marco se encuentra una de las verdades más profundas del judaísmo: no tememos las preguntas de la próxima generación. Les damos la bienvenida, nos relacionamos con ellos y, sobre todo, les respondemos con sinceridad.
No hacerlo significa no asumir la responsabilidad de la educación de nuestros hijos, porque las preguntas sin respuesta no permanecen sin respuesta por mucho tiempo. Alguien más siempre llenará el silencio.
Hoy en día, nuestros niños se enfrentan a esas preguntas en todas partes, en las aulas, en los campus universitarios, en línea y entre sus compañeros. Están escuchando versiones distorsionadas de la historia judía, viendo el sionismo tergiversado, siendo testigos de un mundo que con demasiada frecuencia trata la identidad judía como algo sospechoso en lugar de algo que celebrar.
Así que la responsabilidad recae directamente sobre nosotros. Una responsabilidad no simplemente de defender el judaísmo, sino de enseñarlo. No simplemente para responder a los ataques, sino para infundir orgullo.
No simplemente reaccionar, sino liderar.
Debemos hablar a nuestros hijos sobre Israel no con disculpas, sino con confianza, como la expresión moderna de una conexión de tres mil años entre un pueblo y su patria. Debemos explicar que el sionismo no es extremismo; es la creencia de que el pueblo judío merece el mismo derecho a la seguridad y la autodeterminación que cualquier otra nación.
Debemos mostrarles que la fuerza judía y la humanidad judía no son contradicciones, son inseparables.
Pesaj nos recuerda que el Éxodo no comenzó con poder, sino con fe. Un grupo de esclavos primero tuvo que creer que la libertad era posible antes de poder caminar hacia ella. Esa creencia es lo que debemos transmitir ahora.
Nuestros hijos nos observan más de cerca de lo que creemos. Ven si nos mantenemos firmes o retrocedemos. Escuchan si hablamos con claridad o con vacilación. Es a partir de esas señales que deciden en quién se convertirán.
Pesaj nos ofrece el momento perfecto para restablecer esa conversación. Mientras nos sentamos en una mesa rodeados de generaciones, rodeados de preguntas formuladas con curiosidad y teniendo la oportunidad de responder con orgullo.
Pero no se equivoque y trate esto como una ocasión única, porque el Seder nunca fue pensado para ser un ejercicio anual. Su objetivo es modelar algo mucho más grande: un diálogo continuo entre padres e hijos sobre identidad, historia y responsabilidad.
La continuidad judía nunca ha dependido del silencio, ha dependido de la confianza. Nuestros antepasados susurraron esta historia cuando no tuvieron otra opción. Lo transmitieron en guetos, en campos, en campos de batalla, en el exilio, en la clandestinidad. Tenemos el privilegio de decirlo en voz alta y no debemos traicionar esa herencia al no hacerlo.
Entonces, en este Pesaj, cuando nuestros hijos hagan sus preguntas, debemos responderlas con claridad y orgullo. Debemos explicar quiénes somos, de dónde venimos y por qué continúa la historia del pueblo judío. Debemos darles algo más fuerte que el miedo, debemos darles fe.
Creencia en su identidad, en su historia y en la justicia duradera de la autodeterminación judía.
El público más importante de la historia judía nunca fue el mundo exterior. Siempre ha sido el niño sentado al otro lado de la mesa.
Si los inspiramos, si los educamos, los empoderamos y les mostramos lo que significa mantenerse orgullosos como judíos y sionistas, entonces la promesa de Pesaj seguirá viva, no sólo en el ritual, sino en las generaciones venideras.
Al final del Seder, decimos las mismas palabras que los judíos han dicho durante siglos:
El año que viene en Jerusalén.
Durante gran parte de nuestra historia, esas palabras fueron un sueño. Hoy también son una responsabilidad. Un recordatorio de que la historia judía avanza cuando los judíos creen en su futuro. Un recordatorio de lo que hemos recuperado y cuál sería el coste de perderlo.
Por eso, cuando nuestros hijos pregunten por qué esta noche es diferente, debemos responder con orgullo.
Porque el futuro del pueblo judío se decidirá por cómo respondamos.
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