No todo en política es un error.
A veces es simplemente una elección.
Pedro Sánchez ha ido definiendo la suya con bastante claridad: la dureza depende del interlocutor.
Con Israel, el tono no deja lugar a dudas. Ha hablado de “genocidio”. Ha señalado a su primer ministro como criminal de guerra. No son términos habituales en diplomacia. Y, cuando se usan, suelen tener consecuencias.
Después aparece Irán.

Y ahí el registro cambia.
España votó en Naciones Unidas en decisiones que facilitaron la presencia del régimen iraní en espacios vinculados a derechos humanos, incluso en ámbitos relacionados con la mujer.
No es una lectura. Es lo que figura en las votaciones.
A partir de ahí, el contraste se explica solo.
Irán no necesita demasiada interpretación. Las restricciones a las mujeres, la represión de protestas —como las que siguieron a la muerte de Mahsa Amini en 2022— y la criminalización de ciertas conductas están documentadas desde hace años.
No es una discusión nueva.
Lo que sí es más reciente es la forma en que algunos gobiernos eligen posicionarse frente a eso.
Varios países europeos han optado por marcar distancia con el régimen iraní en este terreno, apoyando sanciones o limitaciones en foros internacionales. España ha preferido otra posición.
No es necesariamente aislada.

Pero sí queda expuesta cuando se la compara.
Desde Israel, Benjamin Netanyahu respondió sin matices:
“España ha difamado a nuestros héroes… España ha elegido posicionarse en contra de Israel… quienes atacan a Israel en lugar de a los regímenes terroristas no serán socios nuestros en el futuro de la región”.
Más allá del tono, lo relevante vino después.
España fue excluida del centro de coordinación en Kiryat Gat, un espacio clave para la cooperación internacional en situaciones de crisis.
Ese tipo de decisiones no se toma por un titular.
Se toma cuando cambia la confianza.
Al final, la cuestión no es si un gobierno critica a otro.
Es si esa crítica se sostiene cuando se cambia de escenario.
Porque cuando el criterio varía, lo que queda en evidencia no es la posición.
Es el método.
Y ese método, tarde o temprano, se nota.

