Las guerras de cohetes tienen una característica brutal que la historia del Medio Oriente ha mostrado una y otra vez: las armas que se disparan con consignas ideológicas rara vez obedecen a esas consignas cuando caen. La física no entiende de propaganda.
En las últimas horas esa realidad quedó expuesta con crudeza en dos hechos que, puestos uno junto al otro, explican mejor que cualquier discurso lo que realmente está ocurriendo en la frontera norte de Israel.
Un misil iraní impactó en Zarzir, una aldea árabe-israelí del norte del país donde viven comunidades drusas y beduinas. El proyectil golpeó y dejó 58 personas heridas. No se trató de una base militar ni de un objetivo estratégico. Fue una aldea árabe.
La cifra de heridos podría haber sido muy distinta.
Gran parte de la oleada de misiles fue interceptada por la Cúpula de Hierro, el sistema defensivo israelí diseñado precisamente para destruir proyectiles en vuelo antes de que alcancen zonas pobladas. Ningún escudo es perfecto, pero sin esa red defensiva el resultado habría sido otro. No 58 heridos. Probablemente cientos de muertos.
La escena contiene una paradoja que atraviesa toda la guerra actual: el misil dirigido contra Israel terminó golpeando a ciudadanos árabes israelíes.
Mientras tanto, desde el otro lado de la frontera surgía otra información reveladora.
El portavoz en árabe de las Fuerzas de Defensa de Israel, Avichay Adraee, afirmó que alrededor del 40% de los cohetes lanzados por Hezbolá durante la gran ofensiva del miércoles cayeron dentro del propio territorio libanés.
La declaración iba dirigida directamente a la población del Líbano: según Israel, una parte significativa de los proyectiles disparados contra su territorio ni siquiera logró cruzar la frontera.
La historia muestra que esto no es una anomalía.
Durante años, distintos grupos armados de la región han utilizado cohetes no guiados o sistemas con márgenes de error elevados. En Gaza ocurrió repetidamente con proyectiles de Hamás. En el Líbano ha sucedido en enfrentamientos anteriores con Hezbolá. Los problemas de combustión, estabilización o lanzamiento pueden hacer que un cohete caiga pocos kilómetros después de despegar.
El resultado es una ironía trágica: armas disparadas en nombre de la “resistencia” que terminan cayendo sobre la propia población.
La historia del conflicto árabe-israelí está llena de estas contradicciones. Desde las guerras convencionales del siglo XX hasta la actual era de misiles y milicias, la retórica política suele hablar de pueblos y causas. La balística habla de trayectorias y errores.
Y esas trayectorias no distinguen entre judíos, musulmanes o drusos.
Lo ocurrido en Zarzir y lo que Israel denuncia sobre los cohetes que caen en el Líbano muestran el mismo fenómeno desde dos lados distintos de la frontera. Los misiles lanzados contra Israel pueden herir a árabes israelíes. Los cohetes disparados por Hezbolá pueden terminar cayendo sobre libaneses.
En la guerra moderna de cohetes hay una constante que se repite desde hace décadas: quienes viven más cerca del lugar desde donde se dispara o del lugar donde cae el misil suelen ser los primeros en pagar el precio.
La diferencia es que un lado ha invertido durante años en proteger a su población con sistemas como la Cúpula de Hierro. El otro ha invertido en arsenales.
Y esa diferencia, muchas veces, es la que separa a los heridos de los muertos.
El presente sólo se entiende mirando esa elección estratégica que se viene construyendo desde hace años.

