Historia

Midway y Stalingrado: el momento en que la guerra ya estaba decidida

Escrito por Gustavo

El 7 de diciembre de 1941 no comenzó una batalla. Comenzó algo más serio: una ruptura.
El ataque japonés contra Pearl Harbor no fue un enfrentamiento entre fuerzas equivalentes, sino un golpe preventivo diseñado para paralizar a la Flota del Pacífico de Estados Unidos y ganar tiempo. Tiempo para avanzar, tiempo para consolidar un imperio que Japón llevaba construyendo desde hacía años en Asia, particularmente desde el inicio de su guerra contra China en 1937.

El impacto fue devastador en lo inmediato y decisivo en lo político. Estados Unidos, hasta entonces reticente a entrar de lleno en la guerra, quedó empujado sin retorno al conflicto. Japón logró sorprender, destruir, incendiar. Pero no logró lo esencial.
Los portaaviones estadounidenses no estaban en el puerto.

Ese detalle, casi menor en aquel momento, terminaría siendo determinante. Pearl Harbor no resolvió la guerra. Apenas la puso en marcha.

Conviene detenerse un instante en el marco general. A diferencia de Europa, donde la Segunda Guerra Mundial comienza formalmente el 1 de septiembre de 1939 y termina en mayo de 1945, la guerra en el Pacífico tenía raíces más profundas. Japón ya combatía y conquistaba territorios desde años antes. En términos históricos, fue un conflicto más largo. Pero eso no significa que haya sido más incierto.

Durante los meses posteriores a Pearl Harbor, Japón avanzó con rapidez. Filipinas, Malasia, Singapur, las Indias Orientales Neerlandesas. El Imperio japonés parecía imparable y Estados Unidos todavía estaba recomponiendo su flota, reorganizando su aparato militar y digiriendo el golpe. En ese contexto se produjo el primer choque real entre ambos países.

Entre el 4 y el 8 de mayo de 1942 se libró la batalla del Mar del Coral. Fue una batalla extraña y moderna. Las flotas enemigas nunca se vieron. No hubo cañones disparando de barco a barco. Todo se decidió a distancia, por aviones lanzados desde portaaviones. La guerra naval había cambiado para siempre.

El combate fue duro y confuso. Estados Unidos perdió el portaaviones Lexington, inutilizado por incendios y explosiones internas que obligaron a su propia tripulación a hundirlo. El Yorktown, también dañado, logró retirarse. Japón, por su parte, sufrió daños importantes en dos de sus portaaviones, suficientes como para dejarlos fuera de la siguiente gran operación.

Desde el punto de vista táctico, nadie ganó con claridad. Desde el punto de vista estratégico, ocurrió algo distinto. Japón no logró avanzar sobre Port Moresby, una posición clave para aislar Australia. Por primera vez, la expansión japonesa se detuvo. No fue una derrota, pero sí una advertencia.

En Europa, casi al mismo tiempo, Alemania recibía una advertencia similar. El invierno de 1941–42 sorprendió a un ejército que no había logrado derrotar a la Unión Soviética cuando debía hacerlo. No fue todavía una derrota definitiva, pero sí la primera señal de que la guerra relámpago tenía límites y de que el conflicto sería más largo, más brutal y más incierto de lo previsto.

En el Pacífico, el vínculo entre el Mar del Coral y lo que vendría después tiene un nombre propio: el Yorktown. A pesar de los daños sufridos, el portaaviones regresó a Pearl Harbor y fue reparado de urgencia en un tiempo récord. No quedó intacto. Quedó operativo. Y eso alcanzó.

Un mes más tarde, en junio de 1942, se libró la batalla de Midway. Si el Mar del Coral había sido el primer freno, Midway fue el punto de quiebre. No la primera batalla entre Japón y Estados Unidos, pero sí la que decidió la guerra en el Pacífico.

Japón concibió Midway como una trampa. Buscaba atraer y destruir a los portaaviones estadounidenses supervivientes de Pearl Harbor. Confiaba en la experiencia de sus pilotos, en su doctrina naval y en una supuesta superioridad estratégica. Estados Unidos llegó con algo menos visible pero decisivo: información. Sabía qué iba a hacer Japón, cuándo y dónde.

El choque fue breve y devastador. En cuestión de horas, Japón perdió cuatro portaaviones de primera línea. Con ellos se hundieron pilotos veteranos, técnicos especializados y una capacidad ofensiva que no podía ser reemplazada. Estados Unidos también sufrió pérdidas, incluido el propio Yorktown, pero el resultado fue claro.

En Midway, Japón no perdió solo barcos. Perdió la iniciativa. Perdió la capacidad de marcar el ritmo de la guerra. Perdió el margen de error.

Midway fue, en sentido literal, un giro de timón. Un giro naval que cambió el rumbo de la guerra en el Pacífico. A partir de allí, el avance japonés se detuvo y comenzó el retroceso. No inmediato, no rápido, pero irreversible.

Ese mismo quiebre, con otra forma y en otro escenario, se produjo en Europa pocos meses después. Stalingrado fue para Alemania lo que Midway fue para Japón. No una derrota instantánea, sino la pérdida definitiva de la iniciativa estratégica.

En Stalingrado, entre fines de 1942 y comienzos de 1943, Alemania perdió un ejército entero y, con él, la certeza de que podía ganar la guerra en el Este. A partir de ese momento, el Ejército Rojo pasó a la ofensiva y ya no se detuvo. Alemania no volvió a recuperar el control del curso de la guerra.

El Mar del Coral y el invierno de 1941–42 fueron advertencias.
Midway y Stalingrado fueron confirmaciones.

Desde esos momentos, tanto Japón como Alemania supieron que la guerra estaba perdida. No en el sentido inmediato de una rendición automática, sino en el sentido más profundo: la ecuación estratégica ya no tenía solución. La capacidad industrial del enemigo, la pérdida de hombres irremplazables y el cambio de iniciativa hacían imposible revertir el desenlace.

Y aun así, la guerra continuó.

Aquí aparece una de las preguntas más incómodas de todo el conflicto. ¿Por qué seguir luchando cuando el resultado ya está decidido?

En una partida de ajedrez entre maestros, hay un momento previo al jaque mate en el que ambos jugadores saben que la partida terminó. No es intuición ni corazonada. Es cálculo. En ese punto, el jugador derrotado se rinde, no para evitar la derrota, sino para evitar el sinsentido de prolongar lo inevitable.

Japón llegó a ese punto en 1942. Sus generales y almirantes lo sabían. Sabían que no podían igualar la capacidad industrial estadounidense. Sabían que cada batalla futura sería peor que la anterior. Sabían que no había un camino real hacia la victoria.

Y aun así, decidieron continuar.

A diferencia de Alemania, donde la prolongación de la guerra estuvo atada en gran medida a la voluntad de un solo hombre, en Japón la decisión fue colectiva. No fue la locura aislada de un líder, sino la obstinación de una estructura que eligió seguir luchando en nombre del emperador, incluso arrastrándolo a esa lógica.

Lo más grave es que ni Alemania ni Japón luchaban por su supervivencia como pueblos. Una vez perdida la guerra, ambos países siguieron existiendo. Sus sociedades no iban a desaparecer. Sus culturas no iban a ser erradicadas. No era una guerra para evitar la extinción. Era una guerra para evitar aceptar la derrota.

Continuar una guerra ya perdida no es heroísmo. Es negación.
Y esa negación se paga con vidas.

Cada mes adicional de guerra significó miles de muertos innecesarios. Soldados enviados a combates sin posibilidad real de victoria. Civiles propios expuestos a bombardeos, hambre y destrucción. Civiles del enemigo que pagaron decisiones tomadas muy lejos del frente.

Pearl Harbor despertó a Estados Unidos.
El Mar del Coral mostró que Japón podía ser frenado.
Midway decidió la guerra en el Pacífico, del mismo modo en que Stalingrado decidió la guerra en Europa.

No porque todo terminara allí, sino porque desde esos puntos de quiebre ya se sabía cómo iba a terminar.
Lo que siguió fue, en gran medida, el precio de no haber querido aceptar una realidad que ya estaba escrita.

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Gustavo

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