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Matemáticas mata relato. Realidad versus propaganda

Escrito por Gustavo

Europa y la crisis de la autoridad moral

Por Redacción – Historia y Noticias
31 de marzo de 2026

Hay discusiones que parecen complejas hasta que alguien se toma el trabajo de ordenar los datos. La palabra de moda es “proporcionalidad”: Europa la repite con cierta comodidad cada vez que Israel responde a un ataque, como si se tratara de una categoría técnica, neutra, casi matemática. Sin embargo, cuando uno efectivamente hace las cuentas, el tono cambia.

Antes de entrar ahí, conviene despejar una confusión frecuente. Poner números sobre la mesa no deshumaniza; al contrario, evita el engaño. Cada cifra representa una vida, y justamente por eso importa entender la escala de lo que se está discutiendo. Las matemáticas, en este contexto, no reducen a las personas a números: permiten que la realidad no se diluya en relatos. Sirven para dimensionar, para ordenar, para hacer comprensible lo que de otro modo se vuelve abstracto. Sin esa escala, todo parece equivalente. Y no lo es.

Y tampoco se trata de otra simplificación habitual: no es que menos muertos justifiquen más muertos. No es un permiso. Es algo bastante más básico: el derecho de un Estado a no desaparecer.

El 7 de octubre no fue un episodio aislado, sino parte de un conflicto en el que uno de los actores plantea, sin rodeos, la eliminación de Israel . A partir de ese punto, la respuesta deja de ser una discusión teórica. Sin embargo, el debate internacional tiende a correrse de ese eje y prefiere concentrarse en cómo responde Israel, evitando la pregunta más incómoda: por qué responde.

Ahí es donde entra Europa.

El mismo continente que hoy invoca la proporcionalidad —con la serenidad de quien se sabe en posición de dar lecciones— acumula, desde el siglo I hasta hoy, aproximadamente 90.500.000 muertos en guerras. No es una cifra simbólica: cuando se la desarma, el peso se vuelve evidente. Durante casi dos mil años —del siglo I al XIX— Europa produjo unos 24.000.000 de muertos en conflictos internos, religiosos e imperiales. El siglo XX llevó esa cifra a otra escala: 65.000.000 de muertos, no solo por dos guerras mundiales, sino por una capacidad inédita de organizar la destrucción. Y el siglo XXI, lejos de cerrar ese ciclo, ya suma otros 1.500.000 muertos.

El total no necesita adjetivos. 90,5 millones alcanzan.

Frente a ese registro, el conflicto árabe-israelí, desde 1948 hasta hoy, acumula aproximadamente 280.000 muertos. Ese es el conflicto que Europa señala como “desproporcionado”. Si se proyecta ese nivel de violencia a dos mil años —el mismo marco histórico con el que se mide a Europa— la cifra alcanzaría los 7,2 millones de muertos. Es decir, menos del 8% de lo que produjo el continente que hoy dicta estándares.

Ni siquiera en una hipótesis extrema las escalas se acercan.

Hay otro dato que rara vez entra en la conversación. Desde el año 700, los conflictos internos dentro del mundo musulmán han causado alrededor de 50.000.000 de muertes. En ese contexto, el conflicto con Israel representa aproximadamente el 0,56%. Y, sin embargo, el foco del debate global permanece fijado, de manera casi exclusiva, en ese margen.

Cuando se incorpora la dimensión histórica, la incomodidad deja de ser numérica y pasa a ser estructural. Europa no solo fue escenario de guerras; también fue el principal espacio de persecución sistemática contra los judíos durante dos mil años. Se estima que unos 10.000.000 de judíos fueron asesinados en suelo europeo en ese período.

En 1939, la población judía mundial era de 16.000.000. Hoy es de aproximadamente 15.800.000. Es un dato simple, pero difícil de sostener sin incomodidad: el pueblo judío todavía no ha recuperado su tamaño previo al Holocausto. No se trata solo de una tragedia histórica, sino de una ruptura en su continuidad demográfica.

Y aun así, desde ese mismo continente se establecen parámetros sobre cómo debería defenderse ese pueblo.

En ese contexto, el sionismo deja de ser una idea abstracta y se vuelve una conclusión histórica. Theodor Herzl lo formuló con claridad: sin soberanía, no hay seguridad . Israel nace de esa premisa y se desarrolla en una región donde el conflicto no es únicamente territorial, sino que incluye un rechazo explícito —y sostenido— a la existencia misma de un Estado judío .

En ese punto aparece otra simplificación persistente: la idea de un “pueblo palestino” como identidad nacional milenaria. La evidencia histórica muestra algo distinto. Esa identidad, en términos políticos, se consolida en el siglo XX, en paralelo a la redefinición de fronteras y nacionalismos tras la caída del Imperio Otomano. Antes de ese proceso, la población árabe de la región se identificaba de otras formas.

Esto no niega su existencia ni su sufrimiento. Pero sí obliga a ubicarlo en su escala histórica.

Y esa escala incluye un elemento que rara vez se aborda con la misma claridad: la continuidad judía en esa tierra. Desde los antiguos reinos de Israel y Judá hasta la actualidad, existe una relación persistente —religiosa, cultural y también humana— entre ese pueblo y ese territorio . No es algo frecuente. Tampoco comparable con facilidad.

Por eso, presentar el conflicto como un enfrentamiento simétrico entre dos nacionalismos equivalentes simplifica más de lo que explica.

A esto se suma un factor que tampoco puede ignorarse. Desde 1979, Irán ha planteado de manera explícita la eliminación de Israel, no como consigna retórica sino como política sostenida. Y no quedó en palabras.

En 1992, la embajada de Israel en Buenos Aires fue atacada.
En 1994, la AMIA: ochenta y cinco muertos, en su mayoría civiles.

No ocurrió en Medio Oriente. Ocurrió en Sudamérica.

A eso se agrega una larga serie de atentados en Europa y Estados Unidos en las últimas décadas. Contextos distintos, sí, pero en muchos casos con conexiones que remiten al mismo entramado de financiamiento y apoyo.

Nada de esto elimina el sufrimiento palestino. Pero tampoco se lo entiende si se lo separa de ese marco más amplio.

Europa, mientras tanto, observa y opina.

El continente que acumuló decenas de millones de muertos, que persiguió durante siglos a los judíos y que llevó esa persecución a una escala industrial, hoy se presenta como referencia moral para evaluar cómo ese mismo pueblo debería defenderse.

Lo hace sin que su propia historia parezca incomodarlo demasiado.

Las matemáticas no resuelven conflictos, pero sí los ponen en escala. Y cuando eso ocurre, la discusión cambia de lugar.

Deja de girar en torno a Israel.

Y empieza, inevitablemente, a girar en torno a la autoridad —o a la falta de ella— de quien pretende juzgarlo sin detenerse demasiado en sí mismo.

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Gustavo

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