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La ONU debe destituir a Albanese

Escrito por Gustavo

No todo es diplomacia. Hay momentos en los que una frase basta para entender que alguien ha ido demasiado lejos. Francesca Albanese lo hizo.

No estamos hablando de una activista cualquiera ni de una comentarista ideológica. Hablamos de una Relatora Especial de Naciones Unidas, una funcionaria investida de autoridad moral y jurídica para examinar violaciones de derechos humanos. Esa investidura no es decorativa. Exige mesura. Exige rigor. Exige, sobre todo, memoria histórica.

En octubre de 2025 afirmó que “Israel es la encarnación del mal”. En enero de 2026 fue aún más lejos: habló de “mal puro como el mundo nunca ha visto”. Poco después, ante un foro internacional, describió al Estado judío como un “enemigo común” de la humanidad.

Ese no es el lenguaje del derecho internacional. Es otra cosa.

Cuando se convierte a un Estado —y por extensión a su sociedad— en una categoría metafísica de maldad, ya no se está analizando una política ni evaluando una conducta concreta. Se está construyendo una narrativa absoluta. Se está trasladando el debate del terreno jurídico al terreno moralizante. Y ese desplazamiento no es inocente.

La historia europea sabe bien cómo funciona ese mecanismo.

La propaganda nazi, bajo la dirección obsesiva de Joseph Goebbels, no se apoyaba en análisis complejos. Se apoyaba en fórmulas simples. Simplificar hasta borrar matices. Señalar a un enemigo único. Repetir la acusación hasta que la repetición sustituya al argumento. Moralizar al adversario hasta convertirlo en amenaza esencial.

No se discutían decisiones; se condenaban naturalezas.
No se examinaban hechos; se proclamaba perversión inherente.

Goebbels comprendió algo inquietante: que la repetición constante termina anestesiando el pensamiento crítico. Si una idea se repite con suficiente carga emocional, deja de necesitar pruebas. El enemigo ya no es un actor político dentro de un conflicto; es la encarnación del mal mismo.

Escuchar a una relatora especial hablar de “mal puro” y de “enemigo común” despierta inevitablemente esa memoria. No porque las circunstancias históricas sean idénticas —no lo son— sino porque el método es reconocible. Simplificación radical. Reducción a culpable absoluto. Reiteración que clausura cualquier complejidad.

No es una analogía teatral. Es un paralelismo metodológico.

El 26 de febrero de 2026, UN Watch presentó una carta formal ante el Consejo de Derechos Humanos cuestionando la renovación de su mandato y señalando violaciones al Código de Conducta que exige moderación e imparcialidad. Estados como Estados Unidos, Alemania, Francia, Canadá y Argentina expresaron objeciones formales. No es ruido pasajero. Es una advertencia seria.

Se puede criticar a Israel. Se pueden investigar hechos concretos. Se pueden denunciar abusos con base jurídica. Lo que no se puede hacer, desde una oficina de Naciones Unidas, es declarar que el único Estado judío del mundo es la encarnación del mal.

Esa categoría no es neutra. Está cargada de memoria. Y esa memoria no es teórica: es la memoria de la deshumanización sostenida desde tribunas oficiales que terminó justificando lo injustificable.

Cuando un funcionario internacional adopta los mecanismos clásicos de propaganda —enemigo único, repetición emocional, simplificación moral extrema— el problema ya no es de estilo. Es de estructura. Porque la universalidad de los derechos humanos descansa en una premisa básica: ningún pueblo puede ser reducido a esencia maligna.

Si ese límite se cruza, el sistema pierde su fundamento.

Albanese no habla desde la periferia del debate. Habla desde el centro del sistema internacional. Y cuando desde ese centro se reproducen técnicas discursivas que la historia asocia con la ingeniería propagandística de Goebbels, el silencio institucional deja de ser prudencia y empieza a parecer complicidad.

El Consejo de Derechos Humanos debe decidir qué quiere preservar. Si el derecho. O la propaganda. Si la investigación rigurosa. O la condena moral absoluta.

No estamos ante un desliz aislado. Estamos ante un patrón reconocible. Un método que reduce, simplifica, repite y moraliza hasta borrar toda complejidad.

Y cuando el método es ese, el nombre que inevitablemente emerge no es literario ni exagerado.
Es político. Es histórico. Es preciso.
Es hija de Goebbels.

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Gustavo

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