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La historia no se toca

Escrito por Gustavo

Hay épocas en las que la discusión pública deja de girar en torno a los hechos y pasa a girar en torno a su manipulación. No se debate qué ocurrió, sino qué conviene que haya ocurrido. En ese terreno resbaladizo, la historia deja de ser una herramienta para comprender y se convierte en un arma para acusar. Y cuando eso sucede, casi siempre hay un mismo resultado: los judíos vuelven a ocupar el lugar del villano necesario y los palestinos el del damnificado eterno, aun cuando la realidad histórica se resista a ese guion.

Conviene empezar por lo elemental, precisamente porque es lo primero que se intenta borrar. A comienzos del siglo XX no existía un Estado palestino. No había soberanía, ni instituciones nacionales, ni fronteras propias. El territorio que hoy concentra tantas pasiones formaba parte del Imperio otomano, un entramado multinacional que administraba provincias sin identidad estatal moderna. La población era mayoritariamente árabe, sin duda, pero escasa, rural y organizada en términos locales, religiosos o tribales, no como nación política independiente./https://youtu.be/_bxnJnQ6jcI

Recordar este punto no es un ejercicio de negación, sino de precisión. No se trata de desconocer la presencia árabe ni su vínculo con la tierra, sino de rechazar una ficción retrospectiva: la idea de que Israel nació sobre las ruinas de un Estado palestino soberano. Ese Estado nunca existió. Lo que sí existió fue un vacío político heredado del colapso imperial, similar al que dio origen a decenas de conflictos en el siglo XX.

Ese vacío fue mal gestionado. Gran Bretaña, potencia mandataria, prometió más de lo que podía cumplir y menos de lo que debía aclarar. Habló de autodeterminación árabe en unos escenarios y de un hogar nacional judío en otros, sin definir límites claros ni construir un marco institucional viable. No hubo una conspiración sofisticada, sino una combinación peligrosa de ambigüedad, paternalismo y retirada irresponsable.

Durante el Mandato Británico convivieron dos procesos reales que hoy muchos prefieren presentar como uno solo. Por un lado, el movimiento sionista, con inmigración legal, compra de tierras —en su mayoría privadas o estatales— y construcción de instituciones económicas, sociales y políticas. Por otro, una población árabe local mayoritaria, sin liderazgo nacional consolidado, que percibió esos cambios como una amenaza al orden existente. El choque no fue metafísico ni inevitable; fue político y mal administrado.

Hay, además, un dato que suele incomodar a quienes insisten en un relato monocorde: Palestina fue, entre 1917 y 1948, una tierra de inmigración doble. Llegaron judíos, de manera visible y documentada, pero también llegaron árabes de regiones vecinas, atraídos por el crecimiento económico y las oportunidades laborales. Negar esta realidad no es tomar partido por los palestinos; es renunciar al rigor.

La revuelta árabe de 1936 a 1939 terminó de desarticular cualquier posibilidad de liderazgo coherente. Fue violenta, también hacia adentro, y dejó a la sociedad árabe palestina debilitada justo antes del momento decisivo. Mientras tanto, el mundo avanzaba hacia su mayor catástrofe moral.

El Holocausto no inventó el sionismo, pero lo despojó de toda abstracción. Seis millones de judíos asesinados, fronteras cerradas, barcos devueltos, refugiados sin refugio. Pretender que el Estado de Israel es una compensación tardía por ese crimen es una forma más de despojar a los judíos de su historia política y reducirlos, otra vez, a víctimas pasivas de decisiones ajenas.

En 1947, la ONU propuso la partición del territorio. No era un plan justo para nadie y era incómodo para todos. El liderazgo judío lo aceptó como un punto de partida. El liderazgo árabe lo rechazó como principio, no por sus defectos, sino porque implicaba reconocer soberanía judía alguna. A partir de allí, la guerra dejó de ser una hipótesis.

El resultado de 1948 fue trágico y complejo. Israel nació en guerra. Cientos de miles de árabes palestinos huyeron o fueron expulsados en distintos contextos. Comunidades judías milenarias desaparecieron del mundo árabe. No hubo pureza moral ni relato simple. Hubo decisiones, errores, rechazos y consecuencias.

Nada de esto absuelve injusticias posteriores ni clausura debates legítimos. Pero sí impone un límite. La historia no puede ser reescrita para convertir un conflicto nacido del colapso imperial y de decisiones humanas concretas en una fábula moral con culpables hereditarios. Cuando se fuerza el pasado para demonizar a unos y santificar a otros, no se busca justicia: se busca munición ideológica.

La historia no se toca. No porque sea sagrada, sino porque es frágil. Y cada vez que se la manipula para hacerla encajar en consignas contemporáneas, se pierde algo más que precisión: se pierde la posibilidad de entender por qué seguimos atrapados en el mismo conflicto. Y sin comprensión, no hay salida posible.

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Gustavo

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