Medio Oriente

Israel y el error que no puede repetir

Escrito por Gustavo

Por Gustavo Beitler

En Medio Oriente las guerras casi nunca terminan.
Simplemente se detienen por un tiempo.
Israel ha aprendido a vivir entre esas pausas.
Por eso las diez observaciones publicadas recientemente por el ministro israelí Bezalel Smotrich sobre la etapa actual del conflicto provocaron tantas reacciones. Smotrich pertenece al ala más dura de la política israelí y muchas de sus posiciones no me representan. Pero más allá de su ideología, hay algo en su diagnóstico que obliga a detenerse a pensar.
Una pregunta simple, pero incómoda:
¿qué significa realmente ganar una guerra?
Durante años se habló de contención, de procesos diplomáticos, de acuerdos internacionales y de fuerzas externas que supuestamente garantizarían estabilidad. Sobre el papel todo parecía razonable: bajar la temperatura, administrar el conflicto, evitar nuevas escaladas.
En la práctica ocurrió otra cosa.
Cada pausa fue utilizada por el enemigo para prepararse para la siguiente guerra.
Esto no empezó ayer.


La Guerra de Independencia de 1948 terminó con armisticios, no con rendiciones. La Guerra de Suez de 1956 terminó con Israel retirándose bajo presión internacional pese a haber derrotado militarmente a Egipto. La Guerra de los Seis Días de 1967 fue una victoria militar fulminante, pero también terminó bajo presión diplomática antes de que esa victoria pudiera convertirse en una derrota estratégica duradera para los adversarios.
A diferencia de lo que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial —cuando Alemania nazi y Japón dejaron de ser una amenaza solo después de su rendición incondicional— en Medio Oriente las guerras rara vez terminan de esa manera.
Aquí terminan con pausas armadas.
El resultado político de 1967 llegó pocos meses después: la Resolución de Jartum. Tres “noes” categóricos del mundo árabe: no reconocimiento, no negociación y no paz con Israel.
Ese fue el saldo político de una guerra que Israel había ganado en el campo de batalla.
Años después llegó la Guerra de Desgaste y, en 1973, la guerra de Yom Kippur. Incluso entonces, cuando Israel logró revertir la situación militar y rodear al Tercer Ejército egipcio, la presión internacional volvió a detener el avance antes de que pudiera producirse una capitulación real.
La historia posterior siguió el mismo patrón.
El acuerdo que puso fin a la guerra del Líbano de 2006 no desarmó a Hezbollah. Las sucesivas rondas de combate en Gaza terminaron en altos al fuego que Hamás utilizó para reconstruir su capacidad militar.
Cada guerra fue presentada como el final del conflicto.
En realidad fue simplemente el descanso entre una guerra y la siguiente.
El núcleo del problema es bastante claro: cuando una guerra termina sin una rendición incondicional del enemigo, lo único que se consigue es postergar el conflicto.
Pero hablar de “victoria total” también obliga a hacerse otra pregunta incómoda.
¿Qué significa derrotar a organizaciones como Hamás o Hezbollah?
Derrotar a un ejército regular es una cosa. Desmantelar organizaciones ideológicas que están incrustadas en sociedades enteras es algo muy distinto. Incluso las operaciones militares más exitosas rara vez logran eliminar por completo los movimientos que las originaron.
Pero la alternativa —una política permanente de contención— tampoco ha funcionado.
El 7 de octubre de 2023 fue, entre otras cosas, el fracaso más brutal de esa doctrina.


Y hay otro elemento que no puede ignorarse: Irán.
Las amenazas que enfrenta Israel hoy no surgieron de la nada. Hezbollah, Hamás y otras organizaciones forman parte de una arquitectura regional que durante décadas fue financiada, entrenada y armada desde Teherán.
Son piezas de un mismo tablero.
Debilitar seriamente al régimen iraní tendría un impacto profundo sobre ese sistema. Tal vez no eliminaría todas las amenazas, pero alteraría de manera significativa el equilibrio estratégico de la región.
Atacar las ramas sin tocar la raíz tiene un alcance limitado.
Y aun así, la historia de Medio Oriente muestra otra cosa: las amenazas rara vez desaparecen. Lo que hacen es cambiar de forma.
Durante décadas los principales adversarios de Israel fueron los ejércitos convencionales de Egipto y Siria. El tratado de paz con Egipto cambió ese panorama. El colapso del poder militar sirio eliminó otra amenaza clásica.
Hoy Siria ya no representa un peligro militar directo.
Pero otros actores regionales empiezan a ocupar ese espacio.
Entre ellos Turquía —con uno de los ejércitos más poderosos de la OTAN y un liderazgo político cada vez más confrontativo hacia Israel— merece bastante más atención de la que suele recibir.
Israel enfrenta hoy un dilema que atraviesa toda su historia.
Terminar una guerra demasiado pronto puede significar repetir el mismo error que se ha repetido durante generaciones. Pero una guerra sin objetivos claros tampoco garantiza nada.
El verdadero debate no es entre consignas.
No es “alto al fuego” contra “rendición incondicional”.


La verdadera pregunta es otra: si Israel volverá a detenerse cuando el enemigo todavía pueda rearmarse, o si esta vez buscará terminar la guerra de una manera que no obligue a la próxima generación a pelear exactamente la misma batalla.
Porque si algo enseña la historia de este conflicto es bastante simple.
Las guerras que terminan demasiado pronto no traen paz.
Solo compran tiempo para la siguiente guerra.

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