En las guerras modernas no solo se disparan misiles. También se disparan titulares. Y, como suele ocurrir, algunos viajan mucho más rápido que los hechos.
Esta semana volvió a repetirse una escena conocida. Human Rights Watch publicó un informe según el cual Israel habría utilizado fósforo blanco en el sur del Líbano.
No pasó mucho tiempo antes de que varios medios internacionales transformaran esa posibilidad en una certeza.
“Israel usa fósforo blanco”.
“Israel emplea arma ilegal”.
Titulares firmes, rotundos, casi judiciales.
El problema es que nadie ha demostrado que Israel haya utilizado fósforo blanco en ese episodio. De hecho, el propio informe reconoce que no pudo confirmar si había civiles en la zona ni si hubo heridos.
Pero ese tipo de matices rara vez llega a los titulares. Para cuando aparecen, la sentencia ya está escrita.
El fósforo blanco es una sustancia utilizada por muchos ejércitos del mundo. Su función principal no es incendiaria, sino generar cortinas de humo o iluminar el campo de batalla.
No está prohibido por el derecho internacional de manera absoluta.
Lo que está prohibido es utilizarlo de forma indiscriminada contra población civil.
La diferencia es importante, aunque muchas veces desaparece en la cobertura mediática.
En el caso concreto del sur del Líbano, Human Rights Watch analizó imágenes que, según la organización, podrían corresponder a municiones de fósforo.
Pero incluso en ese mismo informe se admite algo relevante: no se pudo determinar si había civiles en la zona ni si alguien resultó herido.
Israel, por su parte, no confirmó el uso de fósforo blanco y reiteró que, cuando emplea municiones con esa sustancia, lo hace para generar cortinas de humo.
Hay otro dato que rara vez se menciona.
Antes de operaciones militares en zonas donde operan milicias armadas, Israel suele emitir avisos de evacuación para la población civil.
En el caso del sur del Líbano, el portavoz militar israelí en árabe difundió mensajes advirtiendo a los residentes que se alejaran de determinadas áreas.
No es el comportamiento típico de un ejército que pretende atacar civiles, aunque ese detalle suele quedar fuera de la historia.
Mientras el debate internacional giraba alrededor del supuesto fósforo blanco israelí —todavía no confirmado— ocurrió algo bastante menos discutido.
Irán lanzó misiles contra Israel con cabezas de racimo.
Las bombas de racimo funcionan de manera sencilla: el misil se abre en el aire y dispersa decenas de submuniciones sobre un área amplia.
Muchas de esas submuniciones no explotan al impactar y quedan activas en el terreno, como pequeñas minas.
Por esa razón, más de cien países firmaron la Convención sobre Municiones en Racimo, que prohíbe su uso.
Ni Irán ni Israel forman parte de ese tratado.
Pero hay algo que sí está claro en el derecho internacional humanitario: los ataques indiscriminados contra zonas civiles están prohibidos.
Las Fuerzas de Defensa de Israel informaron que varios misiles iraníes utilizaron este tipo de cabezas.
Videos analizados por especialistas muestran el patrón característico de dispersión de submuniciones.
Eso significa decenas de pequeños explosivos cayendo sobre zonas urbanas.
Sobre barrios donde viven millones de personas.
Judíos.
Cristianos.
Musulmanes.
Todos ciudadanos de Israel.
Cuando una ONG afirma que Israel podría haber utilizado fósforo blanco, el tema se convierte rápidamente en escándalo internacional.
Cuando Irán lanza misiles con submuniciones sobre ciudades, la cobertura es bastante más discreta.
El fenómeno no es nuevo.
Forma parte de un patrón que se repite desde hace años: acusaciones rápidas, titulares contundentes y, si aparecen matices o rectificaciones, lo hacen mucho después y con mucha menos visibilidad.
Algo parecido ocurrió durante la guerra de Gaza de 2009.
El llamado Informe Goldstone acusó a Israel de graves crímenes de guerra y fue ampliamente difundido por la prensa internacional.
Años después, el propio juez Richard Goldstone reconoció públicamente que algunas de las conclusiones más duras del informe no se sostenían con la evidencia disponible.
La rectificación existió.
Pero llegó tarde, y con una repercusión incomparablemente menor que la acusación original.
La lección es simple: las acusaciones vuelan; las correcciones caminan.
También conviene mirar otro detalle.
Israel suele advertir antes de atacar zonas donde operan grupos armados.
Irán no avisa a nadie.
Los civiles israelíes reciben una única advertencia: las sirenas del sistema de defensa civil.
Cuando suenan, millones de personas tienen segundos para buscar refugio.
Ese es el aviso.
No viene de Teherán.
Viene de las sirenas.
Nadie discute que Israel, como cualquier otro Estado, debe ser investigado cuando se lo acusa de violar el derecho internacional.
Pero el escrutinio debería ser equilibrado y basado en hechos comprobados, no en conclusiones apresuradas.
Porque si algo muestran estos episodios es que, en ciertas coberturas internacionales, las acusaciones contra Israel suelen viajar muy rápido.
Las confirmaciones, en cambio, parecen moverse bastante más despacio.
Mientras tanto, los misiles siguen cayendo.
Y las sirenas siguen sonando.
Curiosamente, esas sirenas casi nunca llegan a los titulares.

