Europa ha desarrollado una curiosa especialidad diplomática que debería estudiarse seriamente en las facultades de relaciones internacionales. Podríamos llamarla la diplomacia del comunicado solemne.
El procedimiento es sencillo.
Primero aparece un conflicto complicado en algún lugar del mundo. Luego un gobierno europeo convoca una rueda de prensa urgente. Después llega el comunicado: grave, lleno de palabras como “preocupación”, “valores”, “derecho internacional” y “profunda inquietud”.
Si el conflicto continúa, se emite un segundo comunicado para reforzar el primero.
Y si el problema persiste, siempre queda la herramienta final de la política exterior contemporánea: el tercero, aún más grave que los anteriores.
Hay países que exportan petróleo. Otros exportan tecnología.
Europa exporta declaraciones.
Pero el verdadero talento europeo no está en redactar comunicados.
Está en elegir cuidadosamente el destinatario de su indignación moral.
Porque el planeta ofrece una colección bastante amplia de regímenes autoritarios, teocracias, dictaduras militares y autocracias varias. El menú geopolítico mundial es sorprendentemente abundante cuando se trata de gobiernos poco interesados en la democracia liberal.
Sin embargo, cuando Europa siente la necesidad de demostrar su superioridad moral, hay un destino al que vuelve con la precisión de un reloj suizo.
Israel.
Siempre Israel.

No importa demasiado lo que esté ocurriendo en el resto del planeta. La brújula moral europea tiene una capacidad de orientación admirable.
La explicación oficial es que Europa actúa guiada por principios universales.
La explicación real es bastante más sencilla.
Israel es, diplomáticamente hablando, el adversario perfecto.
Es una democracia.
Puede parecer un detalle menor, pero en política internacional es decisivo.
Las democracias tienen una costumbre curiosa: toleran críticas.
No encarcelan periodistas por una columna incómoda. No expulsan embajadores por un editorial. No rompen relaciones diplomáticas porque alguien haya levantado la voz en una conferencia de prensa.
Criticar a una democracia es relativamente cómodo. Criticar a una dictadura puede complicar bastante la agenda diplomática.
Así que Europa ha descubierto una fórmula extraordinaria: mostrar una severidad moral impresionante con los países que toleran críticas mientras mantiene una prudente serenidad con aquellos que no toleran ninguna.
Es un equilibrio diplomático admirable.
Podríamos llamarlo la doctrina del riesgo cero.
No es un fenómeno nuevo.
Durante la Guerra Fría, muchos intelectuales occidentales denunciaban con enorme pasión los defectos del capitalismo mientras guardaban un silencio casi monástico sobre los gulags soviéticos.
No era hipocresía exactamente. Era cálculo político con barniz moral.
Hoy la tradición continúa.
Europa se indigna con intensidad cuando se trata de Israel, pero descubre una moderación notable cuando se trata de regímenes donde las elecciones libres son más bien un concepto teórico.
El contraste sería divertido si no fuera tan constante.
Hay países donde los opositores políticos desaparecen con una eficiencia administrativa notable.
Hay países donde la libertad de prensa consiste básicamente en repetir lo que dice el gobierno.
Ninguno provoca el mismo nivel de indignación diplomática que Israel.
Tal vez todo forme parte de una tradición europea más profunda.
A Europa le gusta ejercer autoridad moral. Le gusta proclamarla. Le gusta presentarse como árbitro universal de los conflictos del mundo.
Pero esa autoridad, como casi todo en política, se ejerce con un curioso sentido de la prudencia: criticar con valentía a los países que toleran críticas, y mantener una moderación exquisita con aquellos que no las toleran en absoluto.
Es una estrategia brillante.
Permite proclamarse defensor de los valores occidentales sin asumir riesgos diplomáticos demasiado serios.
Produce titulares. Produce discursos. Produce comunicados.
Muchos comunicados.

Quizá dentro de cien años los historiadores describan nuestra época como la edad dorada del comunicado moral europeo. Un periodo fascinante en el que el continente que inventó la Ilustración descubrió algo mucho más moderno: la posibilidad de ejercer enorme autoridad moral sin pagar prácticamente ningún costo político.
Europa confía profundamente en el poder de los documentos solemnes.
Los acuerdos firmados. Las declaraciones conjuntas. Los textos diplomáticos cuidadosamente redactados.
Es una fe admirable.
Y profundamente europea.
Porque la historia del continente ya ofreció una lección bastante clara sobre el destino de ciertos papeles.
En 1938, Neville Chamberlain regresó de Múnich agitando un documento firmado con solemnidad diplomática.
Aquel papel prometía algo extraordinario: paz para nuestro tiempo.
Europa celebró el acuerdo. Los periódicos lo publicaron. La diplomacia lo aplaudió.
La historia tardó muy poco en demostrar cuánto valían realmente aquellas firmas.
Hitler no necesitó discutir el documento. Ni reinterpretarlo. Ni convocar otra conferencia.
Le bastó con bombardearlo.
Y la historia tomó nota.
Europa, no.

