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España y el arte de no mirar: cuando la neutralidad empieza a parecerse demasiado al pasado

Escrito por Gustavo

Hay decisiones que no se anuncian. Se sugieren.

No aparecen en discursos oficiales ni en comunicados diplomáticos. Se perciben en algo más sutil: en qué hechos se recuerdan… y cuáles se dejan fuera del encuadre.
España conoce bien ese lenguaje.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Francisco Franco sostuvo una neutralidad que, vista desde lejos, parecía prudente. Vista de cerca, tenía forma, dirección y hasta uniforme. La División Azul no fue un accidente ni un gesto menor: fue la manera concreta en que un régimen supuestamente neutral decidió acompañar —sin decirlo del todo— a uno de los actores centrales del conflicto.
No hacía falta firmar nada. Alcanzaba con mirar hacia dónde marchaban los hombres.
Hoy no hay divisiones ni frentes abiertos en Europa. Pero hay otra forma de alineamiento, más sofisticada, más contemporánea: la narrativa.
Y en esa narrativa, la política exterior del gobierno de Pedro Sánchez empieza a mostrar una lógica inquietantemente reconocible.
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no es nuevo ni improvisado. Tiene raíces claras, fechas precisas y una arquitectura ideológica definida. En 1979, la Revolución Islámica no solo transformó a Irán: redefinió su relación con Occidente. Desde entonces, la hostilidad hacia Estados Unidos y la negación del derecho a existir de Israel no han sido deslices retóricos, sino pilares del sistema.
Ese dato, sin embargo, aparece cada vez menos en el centro del relato.
En cambio, el foco se desplaza. La responsabilidad se reorganiza. Y lo que debería ser punto de partida pasa a ser, en el mejor de los casos, un detalle de contexto.
Algo similar ocurre con los antecedentes que conectan directamente ese pasado con el presente. En 1992, la embajada de Israel en Buenos Aires fue destruida en un atentado que dejó decenas de muertos. Dos años después, la AMIA sufrió el mismo destino. Ambos ataques fueron investigados como operaciones vinculadas a estructuras iraníes.
No son episodios lejanos. Son parte de una misma secuencia.
Una secuencia que llega, sin interrupciones, hasta el 7 de octubre de 2023.Ese día, Hamás —organización financiada, armada y entrenada por Irán— cruzó la frontera israelí y ejecutó una masacre que dejó más de 1.200 muertos y cientos de secuestrados. No fue un estallido espontáneo ni una reacción aislada. Fue una operación planificada dentro de una estrategia más amplia, que incluye a Hezbolá en el norte y a los hutíes en el sur, todos bajo la misma órbita de influencia.
Nada de esto es opinable. Lo interesante es cuánto pesa en el discurso.
Porque en política internacional, el problema no suele ser lo que se dice. Es lo que se elige no decir.
Ahí aparece la paradoja.
Un gobierno que se presenta como progresista comprometido con derechos, libertades y valores democráticos— adopta una posición que, en los hechos, suaviza la lectura de un régimen teocrático que reprime, persigue y ejecuta a sus propios ciudadanos.
Y no solo eso.
Llega incluso a coincidir, en tono o en énfasis, con organizaciones como Hamás, cuya concepción del poder, de la mujer o de la disidencia política no es simplemente distinta: es incompatible con cualquier estándar democrático contemporáneo. No es una contradicción estridente. Es más incómoda que eso. Es silenciosa.
Franco también entendía el valor de esa ambigüedad.
Durante años, evitó definiciones explícitas mientras construía una posición perfectamente legible para quienes sabían observar. Su neutralidad no era ausencia de alineamiento. Era una forma más elegante de ejercerlo.
Hoy, el gobierno español parece moverse en un terreno parecido. No hay declaraciones de apoyo directo ni alianzas formales. Hay algo más moderno: una “tercera vía” que pretende situarse entre bloques, pero que al reorganizar responsabilidades y omitir antecedentes, termina inclinando la balanza.
No por lo que afirma.
Por lo que decide dejar fuera.
Al final, la política exterior no se define solo por las decisiones visibles, sino por el marco en el que esas decisiones se explican.
Y cuando ese marco empieza a borrar el origen de los conflictos, a diluir responsabilidades y a normalizar actores que han hecho de la violencia su herramienta central, la neutralidad deja de ser prudencia.Se convierte en posición.
Y España, una vez más, parece saber exactamente hacia dónde está mirando… incluso cuando finge no hacerlo.

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Gustavo

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