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El oleoducto que puede romper el poder de Ormuz: el plan secreto de Arabia Saudita para que el petróleo siga fluyendo

Escrito por Gustavo

Durante décadas, el Estrecho de Ormuz fue algo más que un paso marítimo. Fue, en la práctica, el interruptor de la economía mundial.
Por ese corredor de apenas treinta kilómetros de ancho circula cerca de un tercio del petróleo transportado por mar en el planeta. Cada vez que las tensiones entre Irán y Occidente aumentan, el mundo vuelve a mirar ese estrecho con la misma pregunta: qué pasaría si se cerrara.
El impacto sería inmediato. Los mercados energéticos entrarían en shock y el precio del petróleo se dispararía en cuestión de horas.
Pero Arabia Saudita aprendió hace tiempo que depender de un único punto de salida es una vulnerabilidad estratégica. Y decidió resolver el problema mucho antes de que el mundo empezara a hablar seriamente de ello.
Hoy el reino dispone de una alternativa gigantesca que permite exportar millones de barriles diarios sin pasar por el Golfo Pérsico.
Una especie de puerta trasera energética.


La arteria que atraviesa el desierto

La pieza central de esta estrategia es el oleoducto Este-Oeste, conocido dentro de la industria como Petroline.
Se trata de una infraestructura colosal que recorre aproximadamente 1.200 kilómetros a través del desierto saudí. Parte desde las instalaciones petroleras del Golfo Pérsico —donde se concentra buena parte de la producción del reino— y termina en el puerto de Yanbu, en la costa del Mar Rojo.
La lógica detrás de este proyecto no nació en un despacho académico. Nació en una guerra.
A comienzos de los años ochenta, la guerra entre Irán e Irak convirtió el Golfo en un escenario de ataques contra petroleros. Aquella “guerra de los petroleros” dejó claro que el transporte marítimo podía transformarse en un objetivo militar.
Para Arabia Saudita el mensaje fue evidente: si el Golfo se volvía demasiado peligroso, el petróleo debía poder salir por otro océano.
Así nació el Petroline.
Con el paso del tiempo el sistema fue ampliándose hasta alcanzar una capacidad cercana a siete millones de barriles diarios. En circunstancias normales se utiliza sólo parcialmente —porque transportar petróleo por mar desde el Golfo sigue siendo más barato—, pero en una crisis podría convertirse en la arteria que mantenga abierto el flujo energético del reino.


Del Golfo al Mediterráneo

Llevar el petróleo hasta el Mar Rojo es sólo el primer paso. El desafío real empieza después: cómo hacer que ese crudo llegue a Europa o a Asia sin encontrarse con nuevos cuellos de botella.
Aquí aparece una red de infraestructuras que conecta tres países clave del Medio Oriente: Arabia Saudita, Egipto e Israel.
Una combinación que, hace apenas veinte años, habría parecido políticamente imposible.
Cuando los petroleros salen del puerto saudí de Yanbu y navegan hacia el norte, pueden atravesar el Canal de Suez para entrar en el Mediterráneo. Pero el canal tiene limitaciones: no todos los buques pueden cruzarlo y el tráfico suele ser intenso.
Por eso Egipto mantiene una alternativa estratégica: el oleoducto SUMED.
Este sistema conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo atravesando territorio egipcio. El petróleo se descarga en Ain Sokhna, cruza el país por tuberías y vuelve a cargarse en Alejandría, listo para continuar su camino hacia Europa.
Para el mercado energético internacional, SUMED funciona como un seguro adicional cuando el canal se congestiona o enfrenta riesgos.


El corredor israelí

Existe además otra ruta menos conocida, pero estratégicamente interesante.
El oleoducto que une Eilat con Ashkelon atraviesa Israel desde el Mar Rojo hasta el Mediterráneo. Fue construido en los años sesenta en cooperación con Irán, mucho antes de la revolución islámica de 1979.
Hoy esa infraestructura vuelve a cobrar relevancia.
En términos prácticos, permite mover petróleo entre Asia y Europa sin depender ni del Canal de Suez ni del oleoducto egipcio. En un escenario de crisis regional, esa opción podría convertirse en una alternativa importante para el transporte energético.
La existencia de esta red refleja hasta qué punto el mapa energético del Medio Oriente está cambiando silenciosamente.


El nuevo punto vulnerable

Evitar el Estrecho de Ormuz no significa eliminar todos los riesgos.
Cuando los buques que salen del Mar Rojo se dirigen hacia Asia deben atravesar otro paso estrecho: Bab el-Mandeb, entre Yemen y el Cuerno de África.
Ese corredor conecta el Mar Rojo con el océano Índico y es una de las rutas comerciales más importantes del planeta.
Pero también se ha convertido en un punto caliente.
Las milicias hutíes en Yemen, respaldadas por Irán, han demostrado en los últimos años que pueden atacar buques utilizando drones, misiles antibuque y embarcaciones explosivas no tripuladas. Son armas relativamente baratas, pero capaces de amenazar barcos que transportan cargamentos de enorme valor.
La paradoja estratégica es evidente.
Arabia Saudita logró reducir su dependencia geográfica del Golfo, pero el transporte marítimo sigue expuesto a nuevas formas de guerra tecnológica.


Un corredor protegido

Para proteger esta red energética se ha desarrollado una arquitectura defensiva cada vez más sofisticada.
Arabia Saudita opera sistemas Patriot y THAAD para interceptar misiles y drones de largo alcance. Estados Unidos aporta inteligencia, vigilancia aérea y capacidades de guerra electrónica.
Israel, por su parte, está desarrollando nuevas tecnologías de defensa contra drones, incluyendo sistemas láser diseñados para neutralizar ataques masivos a bajo costo.
Egipto mantiene en el Mar Rojo una de las bases navales más grandes de la región, desde donde supervisa la seguridad del tráfico marítimo.
En conjunto, estas capacidades forman una especie de escudo alrededor del corredor energético que conecta el Golfo con el Mediterráneo.


Un cambio silencioso en la geopolítica del petróleo

Durante años Irán ha contado con una carta poderosa en la geopolítica regional: la posibilidad de amenazar el cierre del Estrecho de Ormuz.
Esa amenaza sigue siendo real. Pero ya no es tan determinante como antes.
La combinación del oleoducto saudí que cruza el desierto, las rutas energéticas egipcias y las infraestructuras israelíes está creando algo nuevo: una red alternativa capaz de reducir el peso estratégico del Golfo Pérsico.
Ormuz sigue siendo crucial.
Pero ya no es el único interruptor de la economía mundial.
El mapa energético del siglo XXI empieza a dibujarse como una red de oleoductos, estrechos, puertos y alianzas. Y en esa red el Mar Rojo está adquiriendo un papel cada vez más central.
A veces los grandes cambios geopolíticos no llegan con discursos ni tratados, empiezan con una tubería que cruza silenciosamente el desierto.

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Gustavo

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