Israel y el récord invisible de los proyectiles
Mientras el mundo mide las guerras por ciudades destruidas, Israel acumula otro récord: décadas de intentos de bombardear a su población civil. La paradoja es que su éxito defensivo ha vuelto invisible esa agresión.
La historia militar tiene una obsesión comprensible: los escombros.
Dresde, Hiroshima, Coventry, Hanoi. Las guerras aéreas se cuentan en toneladas de explosivos, en fotografías de ciudades convertidas en ceniza, en mapas que muestran barrios enteros borrados del suelo.
Los escombros son fáciles de narrar.
Y sobre todo, son fáciles de fotografiar.
Pero existe otra forma de medir la guerra: cuántas veces alguien intenta bombardearte, incluso cuando no lo logra.
Si aplicáramos esa métrica, aparecería un caso incómodo para muchas narrativas contemporáneas: Israel.
Desde su creación en 1948, el Estado judío vive bajo una condición estratégica bastante singular: una lluvia persistente de proyectiles dirigidos deliberadamente contra su población civil. No es un apocalipsis concentrado como el Blitz sobre Londres. Es algo más lento, más repetitivo y, por eso mismo, más fácil de ignorar.
No es una tormenta.
Es una llovizna que dura generaciones.
La etapa moderna comenzó en 2001, cuando militantes palestinos en Gaza lanzaron los primeros cohetes Qassam contra la ciudad israelí de Sderot.
Los Qassam eran armas rudimentarias: tubos metálicos, explosivos improvisados y una precisión aproximada al azar. Su objetivo tampoco era un secreto: zonas civiles.
El cálculo estratégico era simple.
Un cohete Qassam cuesta unos cientos de dólares.
Interceptarlo cuesta decenas de miles.
La lógica es la del vandalismo trasladado al campo militar: arrojar piedras esperando que el otro pague el parabrisas.
Para 2006, el número de cohetes lanzados desde Gaza ya superaba los mil al año.
Para 2008, antes de la operación israelí Plomo Fundido, organizaciones armadas palestinas habían disparado más de 8.000 cohetes y morteros contra el sur de Israel.
La tendencia no se frenó.
Se volvió estructural.
Durante la guerra de 2014, conocida como Margen Protector, Hamás y otros grupos armados dispararon más de 4.500 cohetes y morteros en apenas cincuenta días.
Las sirenas antiaéreas dejaron de ser una anomalía.
Pasaron a formar parte del paisaje sonoro de ciudades enteras.
El punto de inflexión llegó el 7 de octubre de 2023.
Hamás abrió su ataque con una andanada inicial estimada en más de 3.000 cohetes en pocas horas, seguida por miles más durante los días posteriores.
Fue una de las mayores descargas simultáneas de proyectiles contra población civil registradas en la historia reciente.
Si se suman los lanzamientos desde Gaza entre 2001 y 2024, la cifra total alcanza decenas de miles de cohetes y morteros.
Si se agregan los ataques provenientes de Hezbolá en el Líbano y otros actores regionales desde 1948, el número acumulado supera los 100.000 proyectiles dirigidos contra Israel.
Un detalle que rara vez aparece cuando se discute la palabra “proporcionalidad”.
Aquí aparece el elemento que distorsiona la percepción exterior.
Israel no figura entre los países devastados por bombardeos.
La razón es sencilla: la defensa funciona.
Desde 2011, el sistema antimisiles Domo de Hierro intercepta gran parte de los proyectiles dirigidos hacia zonas pobladas. El resultado es que muchos cohetes explotan en el aire en lugar de hacerlo sobre edificios.
Consecuencia inmediata:
no hay ruinas espectaculares.
Y en la cultura mediática contemporánea, si no hay ruinas, parece que no hubo ataque.
El paraguas borra la lluvia.
En cualquier otro escenario, lanzar miles de proyectiles contra ciudades sería considerado un acto sostenido de guerra contra civiles. Pero en el caso israelí ocurre una inversión curiosa: cuanto más eficaz es la defensa, menos visible se vuelve la agresión.
La guerra desaparece de la imagen.
Conviene recordar algo básico.
Cada cohete tiene un destino.
Cada lanzamiento apunta a una ciudad.
Cada sirena obliga a familias enteras a correr hacia refugios en cuestión de segundos.
La ausencia de destrucción no significa ausencia de ataque.
Significa que el ataque no logró su objetivo.
Durante más de dos décadas, ciudades israelíes como Sderot, Ashkelon, Ashdod, Beer Sheva o Tel Aviv han sido blanco recurrente de proyectiles lanzados deliberadamente contra población civil.
Pocas democracias industrializadas aceptarían semejante realidad durante veinte años.
Israel lo ha hecho.
En gran parte porque desarrolló la tecnología para sobrevivir a ella.
En buena parte del discurso internacional, Israel suele ser presentado como una potencia militar desproporcionada frente a actores irregulares.
Puede discutirse.
Lo que resulta más difícil de discutir es otro dato: ningún otro país desarrollado vive desde hace décadas bajo un flujo tan persistente de proyectiles dirigidos contra su población civil.
La historia militar suele medir la violencia por el daño causado.
Pero existe otra métrica.
La cantidad de veces que alguien intenta causar ese daño.
En ese registro menos visible, Israel posee un récord singular.
No es el país más destruido por bombardeos.
Es, probablemente, uno de los más bombardeados en intención.
Y la razón por la que ese récord pasa desapercibido tiene un matiz casi irónico:
la tecnología israelí ha sido demasiado eficaz evitando que los misiles hagan su trabajo.

