Mundo

Del Peugeot a la alcoba: La ruta de una banda que colonizó el Estado

Escrito por Gustavo

Hoy, 13 de abril de 2026, España se despertó con una noticia que ya no admite maquillaje ni escapatoria retórica. El juez Juan Carlos Peinado ha procesado a Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, y lo ha hecho en el único lenguaje que permanece cuando todo lo demás empieza a desmoronarse: el judicial. No es una filtración ni un titular inflado; es un auto que cierra una investigación y deja a la mujer del presidente a un paso del banquillo por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación y apropiación indebida.

Durante meses se habló de “fango”. Era una palabra útil, lo bastante vaga como para no explicar nada y lo bastante repetida como para sostener un relato. Hoy lo que hay es menos maleable: hechos. Y los hechos no negocian.

Para entender cómo se llega hasta acá, porque estas cosas no ocurren de golpe ni por accidente, conviene volver a una escena que durante años se presentó como épica. El Peugeot 407. El año 2016. Pedro Sánchez recorriendo España tras ser expulsado de su partido, envuelto en la narrativa del líder caído que regresa desde abajo. La historia funcionaba. Tenía víctima, tenía resistencia y tenía público.

Lo que no tenía era inocencia.

Porque en ese coche no viajaba solo. Viajaba con él un grupo que después sería conocido como la “Banda del Peugeot”, un núcleo de leales cuya principal virtud no era la capacidad ni el talento político, sino la fidelidad personal. Ese detalle, que entonces parecía menor, terminó siendo determinante. Cuando la lealtad sustituye al criterio, no se construye un equipo: se construye un sistema. Y los sistemas no se corrigen. Se expanden.

El tiempo hizo el resto. José Luis Ábalos, aquel copiloto imprescindible, terminó en prisión preventiva. Koldo García dejó de ser una anécdota para convertirse en estructura. Santos Cerdán sigue ahí, en ese punto donde la permanencia ya no equivale a normalidad. No son excepciones. Son confirmaciones. Y entre ambos mundos aparece un nombre que evita cualquier tentación de separar historias: Víctor de Aldama, asesor vinculado a Globalia y socio en la órbita de Koldo, el nexo que convierte episodios en sistema.

Lo de hoy introduce algo distinto. No necesariamente más grave, pero sí más revelador. El auto del juez Peinado describe indicios de que Begoña Gómez utilizó su posición como esposa del presidente para favorecer al empresario Juan Carlos Barrabés, también procesado, quien pasó de asesorar su cátedra a recibir adjudicaciones millonarias de ministerios controlados por el propio Gobierno. El recorrido es lineal, casi incómodo en su claridad. Incluye incluso el elemento más concreto del presunto beneficio: el registro a su nombre de un software desarrollado en el ámbito de la Universidad Complutense, financiado por grandes empresas tecnológicas para una institución pública. Lo que cambia es el escenario: reuniones en la sede de la Presidencia, en La Moncloa, en ese espacio que debería separar lo público de lo privado.

Al parecer, esa separación nunca fue más que un gesto.

En ese punto aparece la pregunta que se intenta evitar: ¿qué sabía Pedro Sánchez? Los testimonios lo sitúan en algunos de esos encuentros. No como figura lejana, sino como presencia. Y cuando el presidente está presente, la ignorancia deja de ser una defensa convincente.

Si sabía, permitió. Si no sabía, no entendía.

Y el problema no termina ahí. Porque cuando esas relaciones alcanzan decisiones de gobierno, la cuestión deja de ser doméstica. El rescate de Air Europa, aprobado por el Consejo de Ministros por 475 millones de euros, se produce en un contexto en el que directivos de esa misma empresa mantenían contactos con el entorno más cercano del presidente. Sánchez no se apartó de esa decisión. Y cuando el dinero público entra en escena, las zonas grises desaparecen.

Mientras ese dilema se vuelve evidente, hay otro movimiento que resulta igual de elocuente. En paralelo al deterioro interno, Sánchez ha decidido elevar el tono en política exterior, especialmente en relación con Israel, acusando de genocidio al gobierno de Benjamin Netanyahu. No es una diferencia diplomática; es una toma de posición que ha sido celebrada por Hamás y Hezbolá.

No es una compañía exigente.

Conviene recordar, aunque incomode, que esas organizaciones no operan en el terreno de las ideas, sino en el de la violencia: asesinatos masivos, secuestros y ataques deliberados contra civiles, como quedó documentado tras el 7 de octubre de 2023. Cuando actores de ese tipo encuentran afinidad en un dirigente europeo, la cuestión deja de ser diplomática.

El fenómeno no es nuevo. El antisionismo contemporáneo funciona como un esquema cerrado: Israel es culpable y la realidad se acomoda después. No se analizan hechos; se confirman prejuicios. En ese marco, el discurso de Sánchez encaja.

Y eso tiene consecuencias. Porque cuestionar o deslegitimar el derecho del pueblo judío a su autodeterminación, asumido como principio del orden internacional moderno, no es una crítica más. Es otra cosa.

Lo inquietante no es cada elemento por separado, sino su convivencia. Un entorno político bajo investigación, una esposa procesada, conexiones empresariales que atraviesan el poder, un presidente sin salida limpia y, al mismo tiempo, una proyección internacional que pretende ubicarse en el plano de la superioridad moral.

No es una contradicción. Es una puesta en escena.

El Peugeot deja de ser símbolo. La Moncloa deja de ser límite.

Y lo que queda ya no es una discusión política, sino una constatación incómoda: si esto fue una desviación o si, en realidad, fue el método desde el principio.

Porque cuando el método invade el corazón del poder, las explicaciones sobran.

Y en ese punto, sostener la situación deja de ser estrategia para convertirse en un problema de credibilidad. No se puede gobernar un país mientras la justicia avanza sobre el entorno más íntimo del presidente, mientras sus colaboradores caen uno tras otro y mientras su discurso internacional es celebrado por quienes practican la violencia contra civiles.

No se puede.

Y cuanto más se intenta sostener lo contrario, más evidente se vuelve que el problema no está afuera.

Está adentro.

Y a esta altura, ya no parece una excepción.

Acerca del Autor

Gustavo

Deje un comentario